viernes, 22 de junio de 2012

Rompecabezas.


"- ¿Qué hace ud todo el día? - 
  - Me soporto- " E.M.Cioran. 





En efecto somos eso, nada. La sospecha de una futura muerte. ¿Futura?, no lo sabemos con exactitud.  Somos una manzana mordida lentamente por dientes débiles que temen romperse, una uva que se traga entera el 31 de diciembre como agüero para la buena suerte, un puñado de lentejas en los bolsillos. Ajo machacado en agua con sal, para los parásitos; el coco suficiente para el arroz. Somos, en parte, el rostro que aún conserva la foto que cuelga en la sala. El beso que le damos a mamá al despedirnos.  ¿Y qué más da? Si el tiempo, por más que intentemos atraparlo, se escapa a nuestro dominio. Se vuelve como el aire que se siente y hace estragos, pero se nos va por entre los dedos. Somos, en efecto, la suma de todas nuestras dudas. El perdón que nunca dimos y el olvido que no nos llegó. Esa mirada que nunca nos  dieron, el pedazo de corazón que nos robaron, la muela que nos sacaron y una canción de rock inolvidable en la cabeza.


Por: Márquez. 

miércoles, 6 de junio de 2012

Los zapatos rojos de Dorothy.


Los veinte son una edad complicada en la que todos esperan que empieces a madurar y tú sigues teniendo esos impulsos por hacer  todo lo contrario a lo que te dicen los mayores. Es el momento en el que quieren desprenderte de las faldas de mamá, pero sin dar fin a su constante supervisión. Además, con la llegada de los veinte, el conteo de los años cobra otro sentido. Todos te  empiezan a decir: ya casi tiene treinta. ¡Dejen vivir las etapas!

Para entonces, llevas varios años lejos de la escuela y cuando te reencuentras con los amigos  son largas horas recordando momentos pasados y poniéndose al día sobre la vida del resto del grupo. Reconoces en esas conversaciones, los mismos deseos de volver el tiempo  atrás por unas horas. Imaginar el mundo como en aquel entonces lo veían, para poder contemplar una vez más el salón de clases en pleno. Dejar atrás lo que en ese momento te agobia y pensar en los ejercicios sobre Identidades Trigonométricas.

Con los veinte, llega la nostalgia de los años anteriores. Con la adultez a la vuelta de la esquina, deseas correr a recuperar la adolescencia. Pero las baldosas amarillas ya no conducen a Oz. El león, el espanta pájaros y el hombre de hojalata se han marchado para convivir con sus penas en un lugar más seguro. No existe bruja que atemorice al pueblo, ni mucho menos hadas que concedan deseos ni castillos. Sólo queda eso que te rodea: una cuidad gris y sin magia. Ya los cuentos no tienen el mismo efecto, ante la constante perorata de los adultos diciéndote que debes aprovechar tu vida, y que ese camino que has elegido no era el indicado.


Abres el álbum de fotos y  ves a todos tus amigos sonrientes. Tienen las sonrisas propias de los 17, sin tantos contratiempos y con la vida en aceleración constante. Recuerdas que armaban el futuro en las hojas de atrás de los cuadernos y que cambiaban de sueños, con cada nueva historia que se inventaban. Ahora, viajas en el bus, imaginando que un torbellino te lleva de regreso a esa tierra irreal en la que se te era permitido pensar, soñar, tener esperanzas.  Pero la realidad es otra, sigues inmóvil, allí, en el bus con más o menos 39 personas más, que quizás también sueñan con escapar de alguna forma, - quizás la misma -.

Sólo te queda, entonces, añorar los zapatos rojos de Dorothy, para dar tres golpes con ellos y poder desaparecer rumbo a casa.  Y es que ese lugar al que llaman hogar, es mucho más que cemento y varilla – cuando no, tablas y clavo-. Tu casa siempre será, dónde dejaste enterrado el corazón. Ese lugar con el que sueñas cuando deseas un poco de paz; en el que armaste mundos imposibles que te hacían creer en el futuro. Antes, mucho antes, de que te empezaran a moldear las alas. Deseas volver el tiempo, a esos años en los que lo más terrible era comprender tu propio desarrollo hormonal. Y no ahora, cuando quieren que te gradúes para que trabajes, y al ver tu desempleo te piden que estudies algo y luego, que nuevamente te gradúes y trabajes.

Los veinte se vuelven, si así lo queremos ver, en la excusa perfecta para perseguir sueños. Para escapar de esta Kansas amurallada que poco a poco pierde su magia. Para seguir nuestro propio camino a algún destino desconocido y luego, cuando queramos descansar, si tenemos los zapatos de Dorothy, dar tres golpes y regresar a casa.

Y es que esta edad, maldita edad, nos condena a estar alejados de la irracionalidad de la adolescencia y de la madurez aparente de los adultos. Nos vuelve islas en medio de un océano de críticas absurdas y sin sentido que buscan orillarte. Te das golpes contra paredes enteras y continúas. Te equivocas y te deprimes, pero vuelves a intentarlo. Crees en el amor aunque duela. Luego, ya no creerás tanto. Tener veinte o veinte tantos… es como haber subido hasta el último piso del rascacielos – en la adolescencia- y ahora, tener ganas de tirarte. ¡Lanzarnos es el mejor riego, cuando los lazos de los demás intentan atarnos!


El vídeo para esto es: PhotoGraph


Por: Márquez.