martes, 31 de julio de 2012

Lolita: ¿Una historia de amor?



“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.”

Vladimir Nabokov es el autor de una de las novelas más conocidas en el mundo de la literatura universal. Una historia que cuenta la fascinación de un hombre adulto por una niña de escasos 12 años y de lo que eso representó para él. Leerla es viajar por los rincones de la ilusión amorosa de su personaje principal, que en esa niña, ve el renacer de su amor de infancia. Es conocer la locura homicida del amante burlado. Es vivir al lado de Humbert, los afanes de su pasión por las nínfulas. A propósito de su lectura, resulta este texto. 

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Siempre, cuando de amor se trata, creemos que debemos remitirnos a una forma única de amar: llena de belleza y de formas no hirientes que desborden los corazones.  Sin embargo, el amor es mucho más de lo que podemos calcular. Como imaginario y como construcción social, es más.

Lolita nunca pensó que en aquel hombre despreciable que “arruino su vida” pudiese existir un sentimiento  tal, que aún en el final, lo llevó a querer verla hecha eternidad en las letras de una memoria escrita. Por su parte,  Humbert nunca quiso encarar la realidad de sus actos y lo que ellos producían en esa niña.

Es en este punto, cuando la cuestión del amor se vuelve un laberinto que no podemos descifrar. Porque puede dañar. Porque puede doler. Porque tiene tanta grandeza que nos puede enloquecer. Si Humbert amo a Lolita con tanta tenacidad y de tal forma que la lastimó en lo más profundo, Lolita lo odio tanto como el corazón de una niña podía hacerlo. Y luego, huyó tan lejos como pudo para curar su alma y entonces, poder “dejar todo atrás”.

La dualidad de esta historia sólo permite leerla y entender que cada parte tiene sus motivos y sus verdades, y por lo tanto, los sucesos conllevarían a una suerte de caminos con dirección al abismo. Como un laberinto que aparenta tener la salida y siempre termina donde menos creíamos. Sin mencionar los juegos del azar, que terminaron por encausar las vidas que luchaban por separarse.  Lolita, una niña precoz, coqueta y deseosa de entrar en terrenos que sabía, quizás, eran prohibidos para ella. Humbert, un pederasta, totalmente consciente de ello, que disfrutaba de las lascivas insinuaciones de esa Dolores Haze, que en medio de su infantil jugueteo, lo deleitaba con sus intentos de ser mujer.

Por lo cual, resulta, a mi modo de ver, casi imposible juzgar a uno u otro. Solo resta entrar en la historia y descubrir en medio de la narración que las acciones que se cometen  bajo la nube gris- ante los ojos- del deseo y el placer, pueden resultar altamente peligrosas.

Lolita, insatisfecha de su vida, privada de una niñez normal; tempranamente inducida a las prácticas sexuales, no encuentra otra salida para su profundo rencor y su vacío emocional – incluso existencial – que el deseo por las revistas insulsas, los vestidos y zapatos, las películas, y con cualquier cosa que lograra desconectarla de un mundo que para ella  era una total miseria.

Mientras, Humbert, descubría en aquella niña la locura de la pasión; de un amor que jamás imaginó; de una historia  de la que también resultó herido. Una fantasía que al volverse real, lo llevo a límites que jamás supuso. La prueba de ello, es el llanto de un hombre de su edad, por la impotencia de no poder retener a alguien que creía suya – así lo había imaginado – y que sin que él se diera cuenta, había labrado su camino a la libertad - lejos de él-.

El amor no es cuestión de definiciones atadas a posturas sentimentales y patéticas. En el fondo, es cuestión de fuerzas en contra-posición, en una lucha constante y consciente – a veces inconsciente-  por no dañar, aunque sabemos que puede pasar;  de hacer feliz al otro, aunque entendemos, que quizás, no seamos capaces de hacerlo. El amor, es en todo momento, un constante choque.

Y Humbert encontró el amor – no correspondido- en su nínfula adorada; en la niña dueña de sus sueños; en su Lolita. En la Dolores Haze, que –aún sin quererlo- lo llevo al cielo con cada uno de sus encuentros clandestinos.  Y Lolita, escapó a su vida de desgracia, para hallar en la pobreza – lejos de los vestidos nuevos y de los caprichos-  una calma, una vida, una madurez prematura, tan prematura como fue su vida; así como un renacimiento en el hijo que llevaba en su vientre.  

El autor del texto nos permite dudar acerca de la veracidad de la narración de Humbert, pues, ¿quién nos dice que la historia no es producto de las alucinaciones de un pederasta, que vio en aquella niña la lascivia que quería ver? Y nos deja deseos de saber cómo hubiese contado la historia Lolita. Qué hubiese dicho sobre Humbert, sobre sus encuentros, de esa “violación” como la llamó en una ocasión frente a él.

 Lolita, ¿será acaso una historia de amor? ¿De un amor incorrecto? ¿De amor incomprendido? Muchos aseguran que es una novela erótica, sin embargo, sin ningún tipo de pretensiones me atrevería a decir que es una historia de amor en donde el placer, fue tratado con tal detalle estético que resulta una verdadero deleite leerla.  Una historia que termina por enredarnos tanto que, al final, no sabemos  qué postura tomar. Por un lado, si señalar al pederasta o entender lo que llegó a sentir. Ó por otro lado, creer que aquella Lolita,  merecía ese destino.
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“Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva. Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangres en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacía Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tú marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque  de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio. Y no tengas lástima de C.Q. Había que elegir en entre él y H.H. y era preciso que H.H. viviera al menos un par de meses más, para que tu vivieras después en la mente de generaciones venideras. Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmeos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita. “


Por: Márquez. 

jueves, 19 de julio de 2012

Entre Somewhere y Madagascar 3: dar la vuelta a la vida.


El cine no es uno de mis fuertes. Eso de las estéticas propias de este arte o de la crítica ácida y concienzuda, no es algo en lo que me especialice. Sin embargo, me gusta dejarme llevar. Entrar en el juego de la película y empezar a descubrir mis propias emociones en cada cuadro. Como si un espejo estuviese frente a mí, trato de hallar en medio de la narración mi vínculo con la historia. 

En ese proceso, llegó Somewhere. Un film de Sofía Coppola que cuenta la historia de Johnny Marco (Stephen Dorff), quien es un actor famoso de Hollywood que vive una vida sin sentido en la que la rutina lo tiene atrapado. Con su gran fortuna se pasa la noche en bares y alquilando prostitutas. Y en medio de todo ese exceso, es presa de sí mismo. Entonces, llega su hija Cleo (Elle Fanning), con sus once años y la vida del actor tendrá otro color. Así, al cabo de dos semanas de estar juntos la niña tiene que irse a un campamento y se separan, sintiendo que nunca antes habían estadio tan cercanos, lo que para Johnny representa volver a su vida como venía antes. Pero le resulta imposible.


Por otro lado, está Madagascar 3: los fugitivos, una película animada y muy divertida de esas que  suponen solo ven los niños. Pero que  a mí en particular me gustan mucho. En esta ocasión, la historia de  Alex el león, Marty la cebra, Melman la jirafa y Gloria la hipopótamo gira en torno a su deseo de volver al zoológico del que escaparon en la primera entrega de esta saga. En compañía de un circo ambulante recorren algunas ciudades de Europa, huyendo de  Madame Chantel Dubois, una experta funcionaria en control de animales que se obsesiona con la cabeza del león como trofeo para ponerla en su pared junto con las otras cabezas de animales que posee. Pero justo en medio de ese viaje, también vamos conociendo la historia de los animales que viven en el circo y al final, las cosas que deseaban los fugitivos del zoológico de New York parecen no estar donde ellos creían.

En este punto, viene mi reflexión sobre el asunto. Para Jhonny su vida iba bien – o al menos eso pensaba él – hasta que su hija rompe con la normalidad de las cosas. En ese momento, todo empieza a cobrar otro sentido y existe, para él, un motivo para ver más allá de la burbuja en la que se hallaba. Por eso al final, termina en el mismo lugar dónde comenzó la película pero decididamente deja su auto lujoso atrás para seguir el camino a pie mientras una sonrisa iba ocupando su rostro. Quizás había entendido que en algún lugar había alguien que esperaba verlo nuevamente, que quizás Cleo merecía más tiempo del que le había estado dando.

Y para los animales del zoológico, al llegar a la entrada del mismo, les embargó una duda acerca de su lugar en el mundo. Habían deseado volver tantas veces, que al estar frente al zoológico no se reconocieron en él. Quizás habían estado huyendo de la vida por preferir la comodidad que ya conocían, pero una vez se atrevieron a vivir una aventura no pudieron volver a imaginarse dentro de aquellas jaulas.

Así, como un retrato de lo que nos ocurre con frecuencia, vivimos una vida vacía llena de frivolidades o nos aferramos a la seguridad que tenemos  hasta que un suceso nos llama a ver el otro lado de las cosas. Entonces, damos una vuelta a nuestras vidas y empezamos a encontrar el rumbo.

Por eso los animales se quedan con el circo y continúan una vida de espectáculos en la que sentía que podían  ser libres y además, ser estrellas. Alex, el león, entiende que en el zoológico la única estrella es él. Que los demás son solo los otros, pero en el circo todos son parte del mismo espectáculo. Hallaron, entonces, lo que tanto habían buscado: su lugar.

Igual ocurrió con Jhonny, que cansado de vivir en un lujoso hotel se va de este y señala que pronto les anunciaran su dirección para que le envíen todas sus cosas. Además, se cansa de vivir con la paranoia de ser perseguido y de recibir mensajes insultantes en su celular. Se cansa de dar vueltas en su auto en el mismo sitio siempre y de que su vida también girara sin llegar a ninguna parte. Se cansa de no pertenecer a ningún lugar.

Me pregunto entonces ¿a dónde pertenecemos? ¿Somos parte de lo que creemos serlo? ¿Estaremos dando vueltas en el mismo lugar? O, ¿estamos huyendo de la aventura que nos espera? Puede que ya nos haya llegado el momento de dar la vuelta a nuestras vidas.



Por: Márquez.