martes, 8 de noviembre de 2016

La eterna ausencia



Han pasado algunas semanas desde que anunciaron la muerte de mi tía. La noticia llegó así, sin adornos. Y entonces, una brisa fue recorriéndome los ojos; una sensación de estar, una vez más, frente a una vieja conocida. Debo confesar que no logro recordar el rostro de mi tía. Llevaba tantos años en Venezuela que no logré establecer un vínculo con ella más allá de los recuerdos que tengo de cuando mis hermanos y yo éramos niños. Recuerdos en los que ella es una mujer sin un rostro preciso. Así suele pasar, nos volvemos un recuerdo sin rostro en la cabeza de los demás, y con el tiempo,  la muerte es una sombra que cruza por nuestra casa y deja esa sensación de fragilidad.
 
Mi papá estaba afectado, pero era un dolor distinto. Como si la distancia y el tiempo hubiesen cortado alguna parte del lazo entre hermanos, y quedara eso, un dolor delicado que iba por los alrededores de papá y le dibuja un rostro que se perdía mirando en la distancia, para intentar recuperar a la hermana que tenía en su cabeza. Mientras, en otros momentos, lo ponía a pensar en su propia muerte, en la fragilidad de su vida. (DA CLIC EN SEGUIR LEYENDO).