martes, 7 de marzo de 2017

La vida más allá de las pantallas

Cuando mis hermanos y yo nos reunimos, siempre, surgen historias. Nos gusta manosear el pasado, a veces de frente, tomando ese toro por los chachos, otras veces, andando por las orillas procurando no pisar algún sendero que recuerde una herida que sigue sin sanar. Nos reunimos y contamos historias de cómo era antes todo, antes del círculo en el que nos sentamos como solían hacerlo los indígenas alrededor del fuego (o como aún lo hacen, no lo sé).

En una de tantas reuniones surgió el tema. Cómo era nuestra vida sin la parabólica. Sí, mientras en una parte de la ciudad disfrutaban de la llegada de la televisión por cable, y con ella, descubrían un mundo de contenidos nuevos, existía otra parte, esa que crecía en las barriadas más al extremo, que apenas estaba en la lucha por legalizar los servicios más básicos como la luz y el agua.

Era normal que en esa época, bajo cualquier excusa, el barrio quedara sin luz. Los apagones podían durar dos días, hasta que la gente se aburría y salía a las calles a quemar llantas. Cada habitante llevaba la luz a su casa de manera artesanal. Compraban los cables necesarios y siempre había un vecino que tenía el conocimiento mínimo en electricidad y se daba a la tarea de conectar el fluido eléctrico.

Con ese problema de la luz, la gente tenía miedo de perder sus electrodomésticos. Poco a poco el asunto fue mejorando y los televisores en algunas salas se encendían para mostrar los canales nacionales con ayuda de antenas de aire que la gente improvisaba. Pero es aquí, donde comienza la historia.  ¿Qué hacer cuando los televisores no eran una pantalla llena de cosas curiosas? Los más jóvenes se desbordan en busca de aventuras en las calles.  (DA CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

martes, 8 de noviembre de 2016

La eterna ausencia



Han pasado algunas semanas desde que anunciaron la muerte de mi tía. La noticia llegó así, sin adornos. Y entonces, una brisa fue recorriéndome los ojos; una sensación de estar, una vez más, frente a una vieja conocida. Debo confesar que no logro recordar el rostro de mi tía. Llevaba tantos años en Venezuela que no logré establecer un vínculo con ella más allá de los recuerdos que tengo de cuando mis hermanos y yo éramos niños. Recuerdos en los que ella es una mujer sin un rostro preciso. Así suele pasar, nos volvemos un recuerdo sin rostro en la cabeza de los demás, y con el tiempo,  la muerte es una sombra que cruza por nuestra casa y deja esa sensación de fragilidad.
 
Mi papá estaba afectado, pero era un dolor distinto. Como si la distancia y el tiempo hubiesen cortado alguna parte del lazo entre hermanos, y quedara eso, un dolor delicado que iba por los alrededores de papá y le dibuja un rostro que se perdía mirando en la distancia, para intentar recuperar a la hermana que tenía en su cabeza. Mientras, en otros momentos, lo ponía a pensar en su propia muerte, en la fragilidad de su vida. (DA CLIC EN SEGUIR LEYENDO).

domingo, 31 de julio de 2016

La maleta que encierra el pasado



Mudarnos se volvió una costumbre. Íbamos de un lugar a otro como viajeros sin un rumbo preciso. Salimos de la casa de la abuela para recorrer caminos que empezarían a dibujar parte de nuestras vidas. Cargábamos en un camión nuestras cosas, y con cada viaje, las pertenecías disminuían. Así, el último viaje fue el menos cargado. Anduvimos con una carretilla improvisada de una calle a otra, llevando delante de nosotros lo que quedaba de las anteriores mudanzas.

En medio de todos esos chécheres que cargábamos, estaba la maleta de los adornos. Siempre fue la misma. Una maleta negra, pequeña, rectangular, antigua. Y dentro de ella, los recuerdos de otras épocas. Figuras de cerámica que tenían como misión, servir de artilugio para recordar el bautizo de alguien, el primero año de un fulanito que solo mamá recuerda, un matrimonio, ocasiones para celebrar.  Por eso, por su contenido, mi mamá recomendaba tratarla con mucho cuidado.