lunes, 22 de diciembre de 2014

Por los bordes

El café guarda una relación directa con mis recuerdos. Mi papá empieza el día con un pocillo, como si con cada sorbo algo en él se reactivara. El humito que va recorriendo la casa, el pocillo con su rastro de café como una pincelada del destino. Todo sumado, es parte del mismo collage. El olor a café fue parte de los aromas de mi casa, se mezclaba con el olor a huevos revueltos, o al del ajo en aceite para el arroz. En ocasiones ese olor es un detonante de mi memoria, colección de recuerdos que va trazando líneas para dar forma al pasado. Por eso, el café también me recuerda un poco a la ausencia. Ese espacio que fue quedando cuando mi papá ya no estuvo. Entonces tomó otras formas en mi memoria.

El café trae consigo el recuerdo borroso de mi bisabuela. Ella y el arroz de coco. Ella y el cucayo.  Nos sentábamos alrededor del caldero, bañábamos el pegao con café caliente y el manjar estaba listo. Nosotros éramos un ramillete de piernas que andaban de un lado a otro, desordenando la casa y ella gritaba, dando su orden definitiva, con aquella voz que retumbaba por cada rincón. Luego, llegaba la tarde y el olor a café una vez más invadía el espacio de la casa.

sábado, 1 de noviembre de 2014

¿Qué hace María Niño en los Medios?*



Un amigo publicó, en su columna semanal en el Blog que tiene en El Universal de Cartagena, un texto que denuncia cierta incomodidad con el revuelo causado por Maria Niño o el tormento tuyo soy yo. A propósito de su texto, pensé en darle una suerte de respuesta.  Empezando de esta manera.

No me sorprende que el vídeo de María Niño se haya vuelto viral. No me sorprende que la Doble W la haya entrevistado. No me sorprende que la gente intente reflexionar al respecto. Recuerdo que Alberto Salcedo Ramos publicó en Facebook un estado en el que habla del vídeo en cuestión, y recibió muchos likes y fue compartido por otros tantos.  Ahora muchos  hacen algo parecido, escriben estados, comentarios, argumentando que en esa situación está “lo caribe”, que en parte somos eso: un espectáculo sobre una lancha.


viernes, 24 de octubre de 2014

Llewin Devis tiene el gato


Sales a la calle y sientes el aire denso del día. Los bolsillos ligeros. El dinero es una ilusión más en tu vida. Este camino de la libertad y los sueños que se persiguen, a veces, suele ser así, lleno de curvas violentas que terminan por llevarte al único rincón que te pertenece: tú mismo. Y recorres las calles intentando hallar esas opciones- como pedazos de maná- que te manden de una, catapultado, a una suerte de éxito más o menos estable.

Entonces piensas en el éxito. Ese lugar extraño al que pocos llegan. Éxito como una suerte de paraíso prohibido al que solo acceden algunos con credencial especial. Los que realmente lo lucharon, los que lo merecen. ¿Y tú? Tú solo tienes los bolsillos vacíos. Esos papelitos en la cartera en los  que anotas direcciones, números de teléfono de contactos, fechas importantes que luego nada, quedan ahí, doblados, desgastados por el tiempo, gritándote que tu vida podría rearmarse  a partir de cualquiera de ellos y aún así seguiría estando incompleta.


viernes, 10 de octubre de 2014

Cotidiano


>> Una moneda


 Joven, regáleme una moneditadijo el hombre en la calle.

Lo miré de reojo, como se mira a quien se tiene desconfianza. Calculé su posible edad, pero se me esfumó la idea como un cigarrillo que se consumen con ansiedad. No me percaté de la mujer que iba a mi lado hasta que dijo:

 ─¿Cien pesos? No vayas a trabajar.

Reí al instante, de una forma mecánica y ella continuó con su lección de superación.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Un ángel se viste frente al espejo


Rayon se mira al espejo. Ve su imagen: ojos profundos, el sarcoma de Kaposi en su frente, su rostro demacrado. Rayon sabe que el virus está ahí, que lentamente ha ido acabando con ella, pero insiste en verse hermosa aun en la muerte. Por eso se prueba el vestido rosa, imaginando, quizás, cómo sería todo si no tuviese que morir pronto. Esa es posiblemente la metáfora más profunda sobre lo que significa vivir al margen: contemplar la imagen que has construido al borde de un precipicio.  

Rayon es una mujer trans que asume la feminidad desde el performance. Ella debe adoptar las estéticas de las mujeres de aquella época para lograr ser una.  El vestuario, las pelucas, los accesorios. Cada elemento conjugado para lograr el objetivo: ser una mujer. Sueña con intervenir su cuerpo, con dejar de ser solo una vestimenta. ¿Cuánto valdría una cirugía estética en ese momento? Quiere llevar tetas.


lunes, 18 de agosto de 2014

Polaroid: Mandela tiene otras formas


Por las calles, los fines de semana, escuchas el picó estallando. La música anda por los rincones y la gente es como un montón de hormigas de colores que huelen a alcohol. Las calles se vuelven espacios de convergencia de un mundo alterno que, durante la semana, anda por los bordes. Es una euforia colectiva que nos toca a todos.  En el billar se reúnen.  Van llegando y armando grupos, van apostando. Las victorias se miden en plata y en cervezas. Como si el dinero fuera una necesidad pasajera y el alcohol un regalo de los dioses, cualesquiera que estos sean.

Todo termina en la esquina. El cruce necesario para llegar a la carretera principal. Una ruta de tierra amarrilla que se desmorona por los costados. Una línea recta con baches en el trayecto, que va surcando el espacio y descubriendo las entrañas de un barrio que se vive en los límites. Justo allí, en esa esquina,  estaba la vaca que nos miraba con su cara torcida. El pintor había fallado en su perspectiva, logrando crear un efecto extraño. La vaca tenía los ojos mirando hacia el frente y el hocico a la izquierda. Si la mirabas fijamente, algo en ella no te cuadraba. Te daba la impresión de no estar tan bien hecha. El artista callejero del barrio, en un ataque de creatividad, intentó innovar. El resultado fue aquella figura deforme que miraba a todos los que se paraban en la esquina. 


miércoles, 16 de julio de 2014

Siempre nos quedará la televisión… y Facebook


Esta generación en la que yo crecí, por muy intelectuales que nos propongamos, por muy entendidos, tuvo un comienzo común: la televisión. Sin asomo de vergüenza lo digo, empecé con ella. Esa caja mágica en la que podíamos conocer otras formas de ser felices.  Primero girábamos un botón e íbamos sintonizando algún canal captado por la antena de aire.  Y luego, quedábamos fascinados. Yo fui de esos que tuvo un televisor análogo, que mi mamá puso en el multimuebles de la sala y que se volvía el centro de nuestra atención por las noches. Pero a decir verdad no recuerdo mayor cosa de aquella época.  Sin embargo, haciendo un esfuerzo empezaré a reconstruir algunas aristas de aquellos días de televisión. Empecemos por el Coyote y el Correcaminos con sus agujeros marca ACME. Mañanas de sábado con esos dos en su insistente relación de amor y odio. Luego, aquel especial de cine, una suerte de tributo a Steven Spielberg, en el que mis hermanos y yo nos vimos E.T. y Tiburón. Cabe resaltar que mi mamá siguió llorando, desde entonces, cada vez que veía E.T. Hubo otro momento, un especial de cine de terror en el que, todos juntos, con las puertas cerradas, nos vimos El resplandor, It y no recuerdo las otras.  Sí, todo eso en la televisión. No había otra forma para nosotros abrirnos al mundo. Luego de esas películas de terror, teníamos miedo a caminar por los pasillos de la casa cuando todo estaba oscuro. ¿Y si nos salía el Payaso? 


lunes, 16 de junio de 2014

¿A dónde fue Peter Pan?


El escenario aparece. Wendy empieza a leer un cuento de  piratas a los niños. Estoy esperando para abordar al avión.  Hay una sensación extraña en el estómago, quizás sea ansiedad, o simplemente hambre. Todas las luces son blancas. Wendy lee con dedicación y los niños imaginan que son ellos los personajes de ese cuento.  Tres camas y un perro a los pies de los niños. Subo con cuidado para no evidenciar mi inexperiencia. Busco la silla y me acomodo. El avión despega y empiezo a ver el mar como quien admira un cuadro impresionista. La luz sobre las formas.

Ahora los niños duermen. Todo está en calma. Una señora a la derecha insiste en comentar la obra. Peter pan llega volando. Las nubes son ficciones gaseosas, el avión las atraviesa y yo imagino que un castillo se eleva desde un cúmulo a lo lejos.  Ahora debo estar de cabeza, pienso. De cabeza como le pasa a algunos personajes en las películas. Peter vuela, recorre el espacio y aterriza cerca de los niños, camina con cuidado y una luz verde hace un ruido de campana.

domingo, 4 de mayo de 2014

Inventario marginal.

Pensaba en algo moderno, en las formas de conocer el mundo. Pensaba en tantas invenciones. Me preguntaba si lo que determinaba nuestro estado de modernidad era el artilugio de sentirnos a la vanguardia tecnológica o si por el contrario, esos mismos artefactos nos llevaron a un estado mayor. El asunto se volvió tedioso, y busqué expresar mis ideas con imágenes. Corriendo el riesgo, claro está, de ser aún menos claro.


Ahora, la cuestión es de narraciones. Narrar desde lo moderno o más allá. En últimas entender eso nos ayuda a narrar-nos. Entonces salí en busca de artefactos que activaran la conciencia. Quizás todo consiste en una ilusión, cuestión de perspectivas y de teorías que llenan la cabeza de un montón de ideas acerca de la modernidad y etc. O de formas complacientes que nos llevan a asumirnos a la altura de un mundo que puede no andar a nuestro ritmo o viceversa. 


A cielo abierto.
                                                   
Conversaciones entre una lámpara de calle y unos cables de alta tensión. 


domingo, 6 de abril de 2014

El ciclo.


Leí  el post de un contemporáneo. El daba  su opinión sobre el ciclo vicioso de “no tener trabajo por no tener experiencia y viceversa”, y señala que, esa frase, puede esconder el perfil de alguien que no se proyectó durando su estadía en la universidad. Y bueno, lo leí con detenimiento intentando ubicarme en algún lugar, digamos, en una postura que me diera luces sobre cómo fue mi proceso. Entiendo y comparto algunas de sus reflexiones, pero sentí que debía decir algo.

Entrar a la Universidad para muchas personas no es sencillo. De hecho, entrar, ya implica un reto. Ahora, una vez dentro empieza el camino y es cierto, muchos no se preocupan por destacarse ni por obtener cierta experiencia dentro, pero creo, que en ocasiones las Universidades no tienen esas oportunidades para todos.

sábado, 15 de marzo de 2014

BIACI: un acercamiento personal a las obras

Una de las nuevas apuestas por generar espacios que permitan las expresiones de arte en el país es la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Cartagena de Indias, un evento que ha dejado una buena impresión entre los críticos y que ha traído un conjunto de obras que atraen a la gente, que en mi concepto, es lo más importante. Porque, qué sentido tendría un evento como este, si solo estuviese pensado para los expertos en arte y en el que la gente no tuviese posibilidades de interactuar con las obras dentro de unos parámetros establecidos. Cartagena se abre en esta ocasión a un evento que llego para quedarse.



Ahora, viendo toda la invasión naranja en la ciudad, me decidí a recorrer algunos  puntos del BIACI y quise compartir mis sensaciones frente a las obras que acompañan esta primera versión de la Bienal. 

           1.      Lugar Común (Ruby Rubié – Colombia ; Justine Graham – Francia/USA.).




miércoles, 29 de enero de 2014

Cuerpos y colores



Hay  sonido. Colores. Hay cuerpos negros moviéndose en la tarima. Somos como un espectáculo de músculos cuando bailamos. No soy yo el que mueve las caderas, ni el que salta con gracia y levanta esa falda risada. No lo soy en el sentido tangible, en lo corpóreo del aquel asunto, pero puedo ser yo en la piel, en un gesto casi casual que todos tenemos al caminar. Puedo serlo en el erotismo del baile que todos llevamos inscrito. Quizás somos todos, cuando el telón se levanta, y Cartagena se  muestra como la ciudad-vitrina todos nos volvemos un espectáculo exótico.

 Pero hoy, en esa tarima, el centro de atención son los jóvenes que bailan una suerte de danza que pone a sudar sus cuerpos. Los imagino allí, todos llenos de alegría, pensando en el siguiente paso, con sus colores, dejando atrás cualquier otra cosa y siendo por un momento solo eso: movimiento.

Hoy soy un espectador. Un ojo distante que se deja llevar por el ritmo. El tambor sonando, dando el impulso a cada movimiento y la voz que justifica el grito. Todo está dispuesto para entretener. Hoy soy solo un espectador. Quizás sea el mejor de todos mis roles. Solo debo aplaudir, sonreír satisfecho si me gusta lo que veo, o simplemente levantarme y dejarlo atrás. Puedo, pero no. No puedo ser solo esto.

Este cuerpo, mi cuerpo, no me pertenece. Es tan ajeno como el de ellos. Mi cuerpo pertenece a los ojos que lo observan. Ellos lo han fabricado, han construido sobre mí sus ideas de mi mismo, han armado el rompecabezas, han escrito sus conjeturas sobre la piel que hoy me pesa.  No puedo ser solo un espectador, esta necesidad de imaginarme sobre el escenario me invita a ser también un espectáculo; a recordar que día a día soy un performance que transita el mundo y se llena de su caligrafía. Ahora, sentado aquí, soy uno con los cuerpos que danzan.

Hay  sonido. Colores. Hay cuerpos negros moviéndose en la tarima. Somos como un coito sin placer, sin curiosidades, sin deseos. No soy yo el que mueve las caderas, ni el que salta con gracia y levanta los brazos con firmeza. No lo soy en lo visible, en lo obvio del asunto. Pero puedo serlo, en cualquier momento, cuando salga a la calle y sea un evento nuevo para el ojo extranjero. Quizás somos todos, cuando el telón se levanta, y Cartagena se  muestra como la ciudad-vitrina todos nos volvemos un espectáculo exótico. Todo terminamos siendo el objeto del fetiche. 

Por: Márquez 

domingo, 19 de enero de 2014

El oficinista.


El escritorio no es mal sitio. Quizás sea el lugar ideal para muchos. Mi problema, es que no sueño con un escritorio, al menos, no de esta forma. No suelo verme ahí, rodeado de un poder ficticio, convencido de mi autoridad ilegítima, dirigiendo una causa en la que no creo. No me veo reducido a mi escritorio.

Ese sueño de oficinista me asfixia. Y es complejo, porque en una sociedad en la que son pocos los que tienen la oportunidad de tener un sueldo digno, el hecho de que tú lo tengas y te sientas en conflicto con eso te vuelve un imbécil. Y sí, puede que eso sea real, pero ¿acaso las dimensiones de la vida no varían de unos a otros?

Ahí voy yo de nuevo, escribiendo un texto que no es sobre mí, sino sobre lo que pienso. Pero termino enredado, haciendo un collage con las ideas, intentando callar las otras voces de esos otros yo que me dicen que hay otras alternativas. ¡Silencio!, solo necesito silencio, oscuridad tal vez un poco.

Los colores son a ratos como recuerdos espinosos, van y vienen, se meten en los ojos y terminan por hacerte retornar a esa mezcla de espacio y tiempo que te fractura en el mismo sitio. Ahora, es odioso ese gris de las oficinas. O el blanco eterno de las paredes y el aire acondicionado. Las carpetas y los folios, el orden de biblioteca sin alma de los archivadores, ese olor a tinta recurrente. Mi problema no es con las oficinas, es con mi extraña forma de chocar con los demás, como si todos fuesen con camisas a cuadros y yo, con una de puntos negros.

¿Este es el futuro? Algo me dice que me dieron la bienvenida y me mandaron a probar suerte en el rincón más alejado de mí. Como si yo, el yo que soy, fuese siempre al norte y este otro yo, el que vive en las oficinas, se quedara estancado en el sur de 6 a 3 y de 3 a 11.

Pero eso no es lo relevante. Digo, las oficinas tiene su lado amable. Son, digamos, son… ¡está bien! No sé qué decir. Pero es posible abrirles un hueco y escapar cuando nadie se lo imagina. Abres el libro en la página señalada, comienzas a leer y desapareces. Otras veces, enciendes el televisor, ves las películas y todo cambia. Se hace necesario recurrir a la imaginación.


Ahora bien ¿qué pasa en esos días en los que no te hallas? ¿En los que miras a tu alrededor y todo te resulta ajeno? Está bien, no estoy escribiendo sobre mí sino sobre lo que pienso, pero nunca me va bien con eso. Las ordenes, la incapacidad de identificarte con tu jefe, la sospecha de su falta de ortografía, o su imposibilidad para saber dónde va una coma. En fin, nadie es perfecto. El escritorio tampoco lo es. Mejor abro la puerta, finjo que todo está bien, y corro, corro por el pasillo y salto, salto hacia la nada, como si la nada fuera todo. 


Por: Márquez 

viernes, 10 de enero de 2014

El fantasma de los años escolares pasados.

La memoria, ese espacio de nuestra mente en el que albergamos todos esos pedazos de tiempo en los que éramos otros, quizás los mismos, pero en contextos distintos. Esa memoria que nos mata a veces con  el collage de historias que construyen caminos que van surcando nuestros rincones más sensibles, es la misma que nos llena de una nostalgia sonriente cuando revivimos ese antes que sigue tan presente.

Recuerdo la escuela, el edificio que se mostraba enorme ante mis ojos, el patio, los palos de mango. El reencuentro con todos esos alumnos de épocas diferentes me ayudó a entender que simplemente no podemos evitar pertenecer a algo. A una comunidad, a un grupo de amigos, a un grupo de estudio, a un taller literario, a una familia. Ellos estuvieron antes y después de que yo en ese mismo espacio. Algunos recorrieron esos pasillos cuando aún no tenían baldosas, y otros los recorrieron cuando la sala de informática tenía internet banda ancha.

Yo recorrí esos pasillos cuando faltaba un año para cambiar el uniforme. Conocí a  mis amigos en ese patio eterno, el mismo en el que desplegábamos la imaginación para construir historias de culebrones en los que  los protagonistas terminaban felices. Comimos en el restaurante un “chosy de pollo” que luego descubrimos no se llamaba así y un jugo de corozo fermentado.

El colegio se nos mostró como una casa amiga en la que era posible ser santos, la única condición era estar siempre alegres. ¿Pero cómo vivir alegres cuando nuestros hogares tenían problemas? Quizás ese era el reto. Por eso Don Bosco estaba siempre ahí, con su cara sonriente, a pesar de su historia.  Y nosotros crecimos en medio de la fe a Dios y a  María Auxiliadora, entonando canciones que nos recordaban que “no ha nacido amigo para estar triste”.

Supe ese día del reencuentro que todos habíamos cantado lo mismo. Que todos éramos parte de ese mundo salesiano que nos enseñó a compartir con el otro, a ser amigos para ser felices. Por eso recordé a mis amigos, sus caras sonrientes, sus cuerpos lánguidos, los cuadernos y las tareas, la misa cada 24 de mayo, las olimpiadas y nosotros caminando por cada pasillo, cada uno a su propia velocidad, construyendo el mundo ideal que luego entraría en crisis con lo que afuera nos esperaba.

La casa que acoge, la iglesia que evangeliza, el patio para ser amigos, los talleres para formar en el trabajo que dignifica. Todo eso era nuestra escuela. Nosotros con el uniforme haciendo la fila cada mañana para recibir los buenos días, una enseñanza cada mañana, un regaño, una noticia, como metáfora del tiempo, de ese que parece estar estático y cuando menos lo creemos, nos sorprende. ¡Estamos por graduarnos!

Luego, nos quedan las fotos. Los amigos que ríen contigo cuando el tiempo pasa. Te siguen quedando las historias, esas que parecen imposibles. El edificio cambia, los profesores son otros, los alumnos son distintos, cada generación tiene su peculiaridad, pero existe algo que se mantiene. Es como un olor, una presencia, una historia, un color, algo, no sé bien qué. Pero lo veo en los ojos de todos los que egresan del colegio, es una señal, una marca. Mis amigos la tienen, mis compañeros de clase la tienen. Es como la luz que nos queda luego de haber intentando ser santos y felices, cada uno a su manera. La que nos invita a seguir intentado ser felices, y ya no tan santos.


 Por: Márquez.