miércoles, 16 de julio de 2014

Siempre nos quedará la televisión… y Facebook


Esta generación en la que yo crecí, por muy intelectuales que nos propongamos, por muy entendidos, tuvo un comienzo común: la televisión. Sin asomo de vergüenza lo digo, empecé con ella. Esa caja mágica en la que podíamos conocer otras formas de ser felices.  Primero girábamos un botón e íbamos sintonizando algún canal captado por la antena de aire.  Y luego, quedábamos fascinados. Yo fui de esos que tuvo un televisor análogo, que mi mamá puso en el multimuebles de la sala y que se volvía el centro de nuestra atención por las noches. Pero a decir verdad no recuerdo mayor cosa de aquella época.  Sin embargo, haciendo un esfuerzo empezaré a reconstruir algunas aristas de aquellos días de televisión. Empecemos por el Coyote y el Correcaminos con sus agujeros marca ACME. Mañanas de sábado con esos dos en su insistente relación de amor y odio. Luego, aquel especial de cine, una suerte de tributo a Steven Spielberg, en el que mis hermanos y yo nos vimos E.T. y Tiburón. Cabe resaltar que mi mamá siguió llorando, desde entonces, cada vez que veía E.T. Hubo otro momento, un especial de cine de terror en el que, todos juntos, con las puertas cerradas, nos vimos El resplandor, It y no recuerdo las otras.  Sí, todo eso en la televisión. No había otra forma para nosotros abrirnos al mundo. Luego de esas películas de terror, teníamos miedo a caminar por los pasillos de la casa cuando todo estaba oscuro. ¿Y si nos salía el Payaso? 



Todo fue cambiando. Veíamos Tentaciones delirando con la lucha ente el ángel y el diablo. Serafín siempre afectado por el olor a azufre. ¿Huele el diablo a azufre? Y los Motorratones de Marte. Las Tortugas Ninjas. Pero sobre todo, los Power Rangers. Monstruos inmensos enviados por Rita Repulsa que luchaban contra el Megazord. ¡Uds saben de qué les hablo! Pero nada eran tan mágico como ese recuerdo lejano que tengo de la Brújula Mágica y un programa en el que enseñaban a hacer cosas con plastilina. Yo, armado de valor, le decía a mi mamá que necesitaba una caja de plastilina. Y corría con mil pesos –en ese momento era millonario- y compraba una caja de plastilina de seis colores y regresaba el vuelto. Logré diseñar zapatos, licuadoras, personajes, y hasta logré diseñar el megazord de los Power Rangers en el Espacio (pero de eso hablaremos más adelante).

Yo, tan sumido en la televisión nacional, viendo las novelas de turno y demás programas, un día, conocí Cartoon Network y sentí que algo estaba por suceder. ¿El Laboratorio de Dexter? ¿Soy, la Comadreja? El mundo era una maravilla y la casa de mi tía era el lugar que guardaba el secreto. Ese televisor de ella, que se manejaba con un control desde la distancia, con muchos canales. Y mis primos era mis aliados en el afanoso placer de ponernos los ojos cuadrados frente al televisor. Hasta que mi tía enérgica decía, <<¡vayan a dormir!>>, y yo con esta horrible costumbre de hacer caso me metía en el cuarto y me quedaba parado en la entrada viendo Jonny Quest y ella, llena de amor como siempre, lo pensaba mejor y decía: <<bueno, véanse el último capítulo y a dormir>>.

Ahora tenía el bichito de la televisión por cable en la cabeza. En el colegio todos hablaban de eso, pero yo nada, televisión nacional por antena de aire. Alguno de ustedes entenderá lo que digo, mientras yo vivía de los canales nacionales de ese momento, ustedes renunciaban a cualquier producto criollo por encontrar un lugar mejor en los programa extranjeros. Y entonces sucedió, conocí a mi prima, una niña de 15 años, y llegó MTV. ¿Cómo así? ¿Solo hay música en ese canal? Y que llega una tal Britney, y una tal Madonna, y un tal Eminem: <<I'm Slim Shady, yes I'm the real Shady All you other Slim Shadys are just imitating>>. ¿Qué?, preguntaba yo.   Y él me respondía: Please stand up, please stand up? Me tomó cierto tiempo entenderlo. Entender MTV y sus comerciales, sus programas de lucha de celebridades.

Nada me causó tanta adicción como Fox Kids con sus Digimon. Juro que cuando vi el comercial del lanzamiento no pude pensar en otra cosa. Miré el calendario y supe que faltaba poco. Ese día me senté frente al televisor y me vi tres capítulos seguidos. Quedé impactado. Fueron las mejores vacaciones de mi vida en casa de mi padrino, eso incluía a mi prima, la de quince años, que me enseñaba las canciones en inglés. Pero mi generación y yo fuimos creciendo. Algunos renunciaron a la televisión porque ese aparato embrutecia a la gente y se quedaron con la música. Otros, se volvieron muy profundos y empezaron a buscar respuestas en los pensamientos de gente seria que habla de todo lo importante en el mundo. El resto, como yo, nos quedamos anclados a los recuerdos de esa otra televisión y seguimos escarbando, encontrando series, programas de concurso, o cualquier otro invento televisivo que nos hiciera sonreír. Quizás somos esos hijos que hallaron en la TV un refugio.

A pesar de todo esto, hubo algo nuevo. Llegó internet. Messenger. Mi costa. El chat.  Y todos nos volvimos gente del mundo. Hiperconectados. Los que tenían internet se quedaban sin teléfono para poder navegar un rato. A mí me tocó pagar hasta 2500 por una hora. Luego 2000, 1500 y así. La gracia era hablar con los amigos, con gente de otras partes, pero hablar. Sentirnos cerca. Y un día, en la universidad, alguien habló de Facebook. ¡Y se hizo la luz! ¿Tienes perfil en Facebook? ¿En qué?  Al día siguiente fui donde una amiga y le dije: ¿Qué es Facebook? ¿Qué es Hi5? ¿En qué mundo viven todos? Tuve que unirme a la fiebre, no había otra posibilidad. Y empezamos a navegar, a interconectarnos. A tener amores virtuales. Ahora somos la generación del mainstream, de la portada, del click, del like, del RT. Pero se han imaginado cómo será más adelante cuando estemos pasados de moda y los jóvenes de la nueva época nos miren con esa sonrisa   de burla disimulada.  Nos sentiremos nostálgico explicándoles que sí, que montábamos fotos, que dábamos like, que comentábamos cosas sin sentido. Qué aparecían memes por todo. Y ellos, incrédulos, no dirán: ¡Huy, qué retro!

Pero todos sabemos que pasarán los años y la televisión seguirá ahí. Puede que sea un proyector y que veamos, al mejor estilo de Futurama, las cabezas de los actores de hoy ancladas a patas robóticas repitiendo los mismos guiones de ahora. Veremos una “Betty, la fea” futurista, pasando de bella a fea porque el culto al cuerpo ha quedado en el pasado.  O a Pedro el Escamoso sin botas, y más bien usando Converse, porque ya nadie quiere ver botas de ese tipo en la TV.  Ahí estará ella: en los celulares, en los computadores, en las tabletas, narrando quiénes somos y recordándonos que antes veíamos a Bugs Bunny  y el Pato Lucas. Y detrás, aún con nuestras fotos, estará Facebook, la red social de los retro, esos que seremos nosotros. 

Por: Márquez

3 comentarios:

raul padron dijo...

Pensé que comentarías algo acerca de como la televisión de tu niñez nos permitió acercarnos al cine desde una perspectiva critica y distinta, porque nos encontrabamos con una programación variada en la que la cultura era un renglon que existía e importaba.

Daniel Afanador dijo...

Para mí la televisión desapareció como aparato y pasó a mi computador y a una tableta donde solo veo Netflix o series que bajo gratis. La televisión de hoy no se compara con la TV con la que crecimos. Nada igualará a Francisco el Matemático, El Siguiente Programa o De Pies a Cabeza. Los programas de TV de hoy me dan lástima, y solo una vez cada 10 años producen algo decente. Creo que lo último fue El Cartel y Escobar. En cuanto a los canales internacionales como Cartoon Netkork o Nickelodeon, comenzaron a hacer producciones dirigidas a los niños de hoy y mandaron para la madrugada o eliminaron los programas con los que crecimos. Y qué decir de MTV...si uno quiere ver videos musicales tiene que ser a las 4 de la mañana.

Amparo Bonilla dijo...

Muy divertido, me gustó la forma de narrar los acontecimientos donde pronto estaremos mandados a recoger, pues cada día salen cosa nuevas que nos van dejando retro.