domingo, 19 de enero de 2014

El oficinista.


El escritorio no es mal sitio. Quizás sea el lugar ideal para muchos. Mi problema, es que no sueño con un escritorio, al menos, no de esta forma. No suelo verme ahí, rodeado de un poder ficticio, convencido de mi autoridad ilegítima, dirigiendo una causa en la que no creo. No me veo reducido a mi escritorio.

Ese sueño de oficinista me asfixia. Y es complejo, porque en una sociedad en la que son pocos los que tienen la oportunidad de tener un sueldo digno, el hecho de que tú lo tengas y te sientas en conflicto con eso te vuelve un imbécil. Y sí, puede que eso sea real, pero ¿acaso las dimensiones de la vida no varían de unos a otros?

Ahí voy yo de nuevo, escribiendo un texto que no es sobre mí, sino sobre lo que pienso. Pero termino enredado, haciendo un collage con las ideas, intentando callar las otras voces de esos otros yo que me dicen que hay otras alternativas. ¡Silencio!, solo necesito silencio, oscuridad tal vez un poco.

Los colores son a ratos como recuerdos espinosos, van y vienen, se meten en los ojos y terminan por hacerte retornar a esa mezcla de espacio y tiempo que te fractura en el mismo sitio. Ahora, es odioso ese gris de las oficinas. O el blanco eterno de las paredes y el aire acondicionado. Las carpetas y los folios, el orden de biblioteca sin alma de los archivadores, ese olor a tinta recurrente. Mi problema no es con las oficinas, es con mi extraña forma de chocar con los demás, como si todos fuesen con camisas a cuadros y yo, con una de puntos negros.

¿Este es el futuro? Algo me dice que me dieron la bienvenida y me mandaron a probar suerte en el rincón más alejado de mí. Como si yo, el yo que soy, fuese siempre al norte y este otro yo, el que vive en las oficinas, se quedara estancado en el sur de 6 a 3 y de 3 a 11.

Pero eso no es lo relevante. Digo, las oficinas tiene su lado amable. Son, digamos, son… ¡está bien! No sé qué decir. Pero es posible abrirles un hueco y escapar cuando nadie se lo imagina. Abres el libro en la página señalada, comienzas a leer y desapareces. Otras veces, enciendes el televisor, ves las películas y todo cambia. Se hace necesario recurrir a la imaginación.


Ahora bien ¿qué pasa en esos días en los que no te hallas? ¿En los que miras a tu alrededor y todo te resulta ajeno? Está bien, no estoy escribiendo sobre mí sino sobre lo que pienso, pero nunca me va bien con eso. Las ordenes, la incapacidad de identificarte con tu jefe, la sospecha de su falta de ortografía, o su imposibilidad para saber dónde va una coma. En fin, nadie es perfecto. El escritorio tampoco lo es. Mejor abro la puerta, finjo que todo está bien, y corro, corro por el pasillo y salto, salto hacia la nada, como si la nada fuera todo. 


Por: Márquez 

4 comentarios:

raul padron dijo...

Te entiendo por completo. A menudo los seres más prístinos se encuentran encerrados en el fango del trabajo de oficina. Sabes bien que eso no es impedimento para volar. Vive esto, absorbe, aprende, mira, lee.

Creo que has estado haciendo el esfuerzo de encajar un poco, de hacerte un lugar y eso está bien. Aunque no sepan poner comas, y escriban "habice" y no "avise", seguro que tienen otras cosas que no son malas. Me gusta leerte.

María C Licona dijo...

En estos días hablaba de ese dilema con alguien.

El Caos que me supone hacer parte del mundo desde una oficina, es extremo, es un hilo que te lleva poco a poco a alejarte de ti, de lo que siempre quisiste ver de ti, de lo que en esencia eres.

No creo que sea malo probar a encajar, pero es peligroso seguir probando algo que todas las veces no sabe también, al menos en tu paladar.

Tenía días largos sin leerte, me alegra.

Yolanda Castaño dijo...

Excelente reflexión, suele suceder que la oficina no es el lugar ideal donde me visualizo y se así hay muchos. Espero encontrar un trabajo mas versátil y diferente.

Jefferson Gutierrez Romero dijo...

Qué buen abordaje, son líneas que reclaman libertad y reclaman no adaptarse a un mundo que pretende encasillarnos. Saludos