lunes, 6 de mayo de 2013

Volver al útero.


Todo comienza con la lluvia. Sientes frio y luego ella te va cortando con pequeños toques, entonces viene la sangre. No es roja, no es azul, es una sangre verde y negra que empieza a mezclarse con la tierra. Brotan las flores y entiendes por qué fuiste hecho de barro. Ahí sigue el paisaje, mientras tú juegas a ser parte del verde natural que te rodea, y el carro continua andando. Así iba yo.

Las montañas se unen con las nubes en un coito lento y temeroso. La montaña entrega a la blanca nube toda la sabiduría que lleva por tantos años de vida, mientras la nube la envuelve en un abrazo húmedo que llena de alegría a cada piedra. El resultado en una flor amarilla o un conejo silvestre, aquel es un coito que beneficia a terceros. Es que la naturaleza se conecta, se comunica.

¿Cómo sería poder tomar una rama y probar un poco de la savia del árbol y conocer la historia que él ha vivido? ¿Cómo sería poder preguntarle a una zorra cuántas veces ha visto nacer un río? Así va la tierra abriendo espacios, en donde menos creemos, para que el agua se quede por varios días, y no los deje solos.

Y los árboles siguen como un desfile de modelos vanidosas. Muestran sus copas, sus ramas, sus troncos. Seguros de la belleza que los envuelve, se adornan con flores de colores, con aves cantoras, estirando sus ramas un poco más para aprovechar el sol. Las garzas con sus patas largas juegan en un charco y un árbol seco, como una garra dolorosa, se muestra terrible en mitad de todo. Aparecen otros rastros del hombre en la tierra, aparece un terreno negro cual cicatriz abierta causada por el fuego, árboles cortados y montones de basura en los costados. ¿A qué vinimos a la tierra?

El paisaje podría ser perfecto. Pero recuerdas que esa erosión que hay en la montaña es causada por la tala de árboles, que cada día hay menos especies y que las carreteras se construyen en nombre de un desarrollo gris que va talándolo todo. Sientes frio, pero no es igual, es ese frio que te aprieta el estomago y te deja sin palabras. Entonces,  cuando miras todo el panorama crees que algo superior debió crear tanta belleza, pero no puede ser el mismo ente que tomó barro y lo hizo hombre. ¿Qué mente retorcida podría creer que el hombre y la naturaleza podrían ser hijos de la misma tierra? Parece que se tratara de un truco y que hubiesen engendrado, con ese barro, una suerte de verdugo.

Ahora quizás todo cobra sentido, y las lluvias torrenciales pueden ser la respuesta de una naturaleza cansada de tantos abusos. Los ríos crecen y se desbordan para protestar en contra de quienes contaminan sus aguas, matan los peces y tumban los árboles con los que conversaba cada día. O tal vez, por eso la tierra tiembla, para reclamar por la explotación de los minerales de forma tan abusiva; para exigir respeto por abrirle las entrañas y extraer todo sin pensar en lo que ella necesita. Puede ser que por eso, las montañas se deslizan sobre las carreteras, para reclamar los espacios que el hombre le ha robado.

Así iba yo. El paisaje me abrumaba. Todo ese verde cortado por sombras de fuego y erosión, me perturbaba. Me preguntaba en qué momento dejamos de creer que la tierra  era una madre que nos daba la vida, cuándo perdimos nuestra conexión con la naturaleza, Porqué nos creímos dioses con poder de decidir sobre lo que muere o vive, lo que es correcto y lo que no. Entonces comprendí: nos inventamos casas, luego edificios y ahora estamos tan alejados de la tierra que no la sentimos parte de nosotros. Perdimos ese sentido de unidad que tenían los zenúes, capaces de crear un sistema de riego que entendía las dinámicas del territorio en el que estaban. Matamos mientras creemos ser la raza superior. Por eso,  cada día pierdo más la fe en esta especie que andan en dos patas y va secando el mundo a su paso. Cada día me siento más ajeno, más culpable, más traidor. Por eso, quiero volver al útero de la tierra, para renacer y ser uno con la naturaleza. 


Por: Márquez.

7 comentarios:

ladeloschores dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ladeloschores dijo...

"Cada día me siento más ajeno, más culpable, más traidor. Por eso, quiero volver al útero de la tierra para renacer y ser uno con la naturaleza."

Hay que dejar de ser hipócritas con la naturaleza. Excelente final.

Daniel Afanador dijo...

Mucha literatura para mí que nunca tuve talento en ese género. Me recordó una canción de la Bersuit que se llama Madre hay una Sola. ¡Un saludo!

LEOSAURIO dijo...

Somos más lo que sentimos de esta manera señor... muchos más...

Yolanda Castaño dijo...

¡¡Me encanto!!.Muy buena reflexión,ademas, tiene muchos matices, me cautivo, logra mantener la atención del lector hasta el final.

Juan Pájaro Velásquez dijo...

buen texto, excelente reflexión sobre nuestro lugar en medio de la naturaleza, precisamente ayer hablaba de esto con mi nana y ella dijo algo muy parecido a esto " si entendiéramos que somos el único animal capaz de modificar la naturaleza", con eso lo dijo todo.
Regresando a ti, muy buen uso de las metáforas, hacen muy rico el texto y provocan agrado en la lectura. Me ha gustado mucho, apoyo mucho que se escriba este tipo de literatura; de alguna manera hace nuestra vida más agradable.

Laura Elisa Posada Medina dijo...

Sentías mientras viajabas que las montañas se abalanzarían sobre ti, qué los arboles te asfixiarían entre sus ramas?
Si vuelves al útero y eres naturaleza despiadada, de seguro yo también arremeteré contra ti.
Entremos en el útero de las Corporations y hagámoslas volar.
Hagamos un coito inolvidable y, luego mientras duerma después de una bestial faena, le arrancamos las raíces hasta hacerla sangrar.