miércoles, 4 de febrero de 2015

Un tal Vladimir Nabokov

Conocí a Nabokov un día de universidad, sentado en una banca del pasillo. Llegó el profesor de radio –hoy mi amigo- y me dijo: ¿quieres leerte este libro? Lo miré desconfiado, no reconocí el nombre, pero él me aseguró que disfrutaría la historia. Era un libro pequeño, de pasta amarrilla con la cara de una niña en su portada. LOLITA, decía el título. Empecé a leerlo y me fui dejando llevar por la historia y sus giros. Fui entrando en la mente de Humbert y fui conociendo a la Lolita del título. Cada parte llegó, abriéndose como una puerta que conduce a otros lugares. Y el final fue una estocada definitiva, contundente, me dejó con esa sensación de querer a quien debía odiar. Con esa extraña confusión de sentir cercano a quien fue maquillando la historia. El final me permitió establecer un vínculo que, en ocasiones, me hace correr a buscar el libro y releerlo para quedar prendado una vez más.

Así, me quedé con ese final en la memoria. Dándome la oportunidad de volver a recorrer cada detalle con el cuidado de los orfebres. Hasta que un día, rebuscando en la biblioteca de la universidad encontré una colección de cuentos de este autor. Era un libro realmente grueso. Fui leyendo poco a poco, saltándome algunos. Descubriendo a un Nabokov distinto. Uno que  lograba ser político.



Pero ahí no terminaría mi historia con él. Luego, motivado una vez más por mi profesor, leí Ada o el Ardor. Esta era mucho más compleja, con una narración que iba tejiendo una red confusa que unía en relaciones tensionantes a los integrantes de una familia. La novela fue metiéndose en los túneles de  mi cabeza, encontrando espacio y quedándose allí. La historia de dos hermanos que se creían primos y que estaban enamorados. Con ese constante deseo de Van por Ada, con esa Ada gaseosa, lujuriosa.  Pero especialmente con una Lucette (hermana de Ada) que no lograba precisar. Esa Lucette que se mostraba como una  niña demasiado precoz. Todo el tiempo ardiendo por su primo Van.  Uno de los pasajes que se quedó en mi cabeza fue el momento en el que Lucette, consciente de que Van nunca la amaría, decide suicidarse.

Pasó el tiempo e investigué sobre el autor, descubriendo nuevos títulos. Entonces, en un viaje a Bogotá decidí averiguar por una de las novelas que había llamado mi atención. Pálido Fuego, pregunté. El señor de la librería pensó un poco y caminó hacía una esquina, buscó y trajo consigo el ejemplar. Me sentí emocionado. Leería un nuevo libro de Nabokov. Me di un tiempo para empezar. No estaba seguro de poder leerlo.  Un día lo tomé y empecé la lectura. Pálido fuego consta de tres partes – eso es lo que siempre dicen- un poema, unas anotaciones al poema y un índice.

Debo confesar que el libro llegó a hacerme dudar. Por momentos quise dejarlo. Desistir. Pero por un compromiso conmigo y con Nabokov, decidí terminarlo. Y fue toda una aventura.  Me sentía perdido durante la lectura, como si me hubiesen estafado. No lograba atar todos los cabos, ni tener certeza acerca de las intenciones de los personajes.  John Shade  es el poeta en el  otoño de su vida, quien escribió el poema que da sentido al título y el prólogo al mismo.   Charles Kinbote es quien se autoproclama editor del texto y quien, además, se va configurando como un personaje al borde. En un límite entre lo racional y lo neurótico.

Así, el libro se muestra como una historia dentro de otra historia. La conexión entre el poema y la historia que Kimbote nos va contando, y la relación entre el poeta y este otro tipo que dice admirarlo, va creando un ambiente confuso. Como Humbert en Lolita nos hace dudar de su versión, contada desde los ojos del hombre que ama a la  niña; este Kimbote, hábil en la literatura, decide hacer de su versión parte de la obra de arte que Shade había logrado con su poema. Para al final, sin más rodeos, declararse la victima de todo el asunto. Pues, deseoso de ser parte de la obra de su autor admirado, entra en conflicto cuando descubre que no pudo encausar el ingenio de Shade a los límites que se proponía.


Por eso, Nabokov sigue teniendo mi admiración. Quizás por eso insisto en escribir sobre él; en tener mis versiones de sus historias. Solo me faltaba una imagen, algo que me permitiera hablar de él, como si nos conociéramos de antes. Una vez más investigué y descubrí sus fotos, ese rostro de hombre inteligente, poseedor de una chispa detrás de su mirada que hablaba del escritor que era. Ahora, seguiré leyendo sobre él, para darle alguna vuelta a la historia de su vida y empezar, como cualquiera de sus personajes hasta ahora, a tejer versiones, historias. O escribir  cualquier eventual relato que deslumbre por el manejo de la palabra y por la ambigüedad de los personajes. Si es que me alcanza el ingenio. 

Por: Márquez

4 comentarios:

Juan Pájaro Velásquez dijo...

Siempre has tenido el ingenio, el talento y disciplina para ser un gran escritor, no solo conocido por tus amigos sino por todo el mundo. Desde la primera historia que me compartiste cuando estabamos en el colegio lo supe. Buen escrito y continua ejercitando t u imaginación con mucha lectura y escrtura y de seguro llegas a ese lugar que buscas.

raul padron dijo...

Jejejeje, tu blog me pregunta si soy un robot o no, y dije que no pero creo que si lo soy ¿He pasado el test de turing?

Sobre tu entrada quiero decirte tres cosas:
1. Yo quiero. Ese ultimo libro suena divertido.
2. Si hay una aproximación a la literatura que siempre he defendido es precisamente esa que expresas con tu entrada de hoy. La literatura como un juego de espejos en el que sistematicamente vamos descubriendo al autor como si éste fuera un inmenso rompecabezas. Pero también es una aproximación en la que nos reconocemos a nosotros mismos como posibles autores, y aceptamos que la lectura nos transforme.

3. Nabokov me encanta porque es de los pocos autores que se atreven a cometer el sacrilegio mayor: negarse a respetar el contrato implicito que existe entre lector y escritor segun el cual éste debe contar a aquel, eventualmente, toda la verdad segun la conoce, así al inicio juegue a ocultarla.

Madame Butterfly dijo...

Más amor a Nabokov por sus historias maravillosamente retorcidas. El punto más interesante (al menos para mi pequeño ser) es cuándo el victimario parece una víctima y su lugar humano (hablo por Lolita) Interesante blog, me ha gustado mucho la entrada

ausenciasilenciosa.com dijo...

He pasado todo este año estudiando y releyendo a Lolita, al parecer los ingleses tienen una rara obsesión por este libro. Lo que mas me impresiono fue su habilidad para manipularme, para hacerme creer todas las mentiras que Humbert decía. Me gustaría conocer al otro Nabokov, al que escribe en ruso y habla de cosas políticas. Tendré que leer!!

Un saludo y un placer pasar por aquí.