martes, 7 de marzo de 2017

La vida más allá de las pantallas

Cuando mis hermanos y yo nos reunimos, siempre, surgen historias. Nos gusta manosear el pasado, a veces de frente, tomando ese toro por los chachos, otras veces, andando por las orillas procurando no pisar algún sendero que recuerde una herida que sigue sin sanar. Nos reunimos y contamos historias de cómo era antes todo, antes del círculo en el que nos sentamos como solían hacerlo los indígenas alrededor del fuego (o como aún lo hacen, no lo sé).

En una de tantas reuniones surgió el tema. Cómo era nuestra vida sin la parabólica. Sí, mientras en una parte de la ciudad disfrutaban de la llegada de la televisión por cable, y con ella, descubrían un mundo de contenidos nuevos, existía otra parte, esa que crecía en las barriadas más al extremo, que apenas estaba en la lucha por legalizar los servicios más básicos como la luz y el agua.

Era normal que en esa época, bajo cualquier excusa, el barrio quedara sin luz. Los apagones podían durar dos días, hasta que la gente se aburría y salía a las calles a quemar llantas. Cada habitante llevaba la luz a su casa de manera artesanal. Compraban los cables necesarios y siempre había un vecino que tenía el conocimiento mínimo en electricidad y se daba a la tarea de conectar el fluido eléctrico.

Con ese problema de la luz, la gente tenía miedo de perder sus electrodomésticos. Poco a poco el asunto fue mejorando y los televisores en algunas salas se encendían para mostrar los canales nacionales con ayuda de antenas de aire que la gente improvisaba. Pero es aquí, donde comienza la historia.  ¿Qué hacer cuando los televisores no eran una pantalla llena de cosas curiosas? Los más jóvenes se desbordan en busca de aventuras en las calles.  (DA CLICK EN SEGUIR LEYENDO).


Cerca del barrio, me cuentan mis hermanos, quedaban unas fincas. Ellos, con su grupo de amigos, abrían un hueco en la malla de alambre que separaba el barrio de la propiedad privada. Entraban a las fincas en busca de pozas para bañarse, a cazar conejos, arrancar yucas, coger mangos o cerezas. Era un ritual de fines de semana y vacaciones que demandaba todo el día. La parabólica no había llegado pero la imaginación y la curiosidad estaban a la orden del día.

Un día, me cuenta el mayor, el vigilante de una finca los persiguió. Con tan mala suerte, que él y uno de sus amigos cayeron a un pozo de barro, quedando atrapados hasta la mitad del cuerpo. Pero como si se tratara de una película de aventura, con la adrenalina al máximo, salieron de allí sin saber cómo y escaparon con el resto de pelaos.

En otra ocasión, llevaron a un perro para cazar conejos. El pobre animal no soportó el trajín ni el calor sofocante de aquella zona y murió ante sus ojos. Al regreso, no supieron explicarle a la mamá de su amigo por qué el perro no estaba con ellos.

La calle era eso, el lugar predilecto para encontrar entretención. No era posible permanecer en la casa, cuando afuera el mundo ofrecía tantas cosas. Cuando de robar yucas se trataba, arrancaban de tal forma el tubérculo, que dejaban la mata en pie. Como para que los dueños creyeran que su cultivo seguía ahí, mientras ellos, felices con su hazaña, comían yuca en casa.

Me cuentan también, los dos menores, que uno de los oficios más deseados era ayudar a los guardias de aquella zona a cambiar la batería de sus radios. Atravesaban un camino estrecho entre la maleza y llegaban con la batería cargada y traía de regreso la otra para que fuera conectada. Así, un día cualquiera les tocó a ellos dos hacerlo, y el mayor de ellos sentenció que cuando llovía, las culebras salían al camino (seguramente alguien más se lo había dicho), entonces aceleró y el más pequeño iba detrás suyo, asustado, incapaz de seguirle el paso. Todo por las monedas que le daban como recompensa por el servicio. Y que gastaban comprando panes o jugando Street Fighter en las maquinitas.

Alguna vez mi hermano mayor me llevó a una de las pozas. Nos bañamos. El agua estaba fría y se veía un poco turbia. Pero luego de un rato, todo eso quedó atrás.  Intentábamos nadar con las clases improvisadas que mi hermano me daba.  Teníamos mucho cuidado, pues en esa poza, cerca de la algodonera – como solían llamar ese terreno-, era habitual que se robaran la ropa. Ya una vez a los dos menores los dejaron sin ropa, tuvieron que caminar en pantaloncillo hasta la casa. Pero no ocurrió.

A mí me daban un poco de miedo, siempre fui el cobarde. Prefería quedarme en casa, jugando con los pocos juguetes que quedaban. Una colección de carros que nos habían regalado, y una serie de animales y superhéroes con los que construía historias asombrosas. Y coleccionaba las tarjetas de Digimón que venían en los chitos.  Las iba coleccionado y luego armaba batallas con mis hermanos en la cama. Para ese entonces, la televisión por cable era un tesoro que habitaba en otros barrios, en la casa de nuestra tía Marta y en las de otros tíos. Y así, teníamos conocimiento de lo que pasaba, pero seguía siendo una realidad lejana. Cuando regresaba de vacaciones en la casa de mi padrino, les contaba a mis hermanos sobre esos programas que había en esa otra televisión. Y ellos querían conocerla, pero con el día a día, nos olvidábamos de eso.

Ellos seguían, por su parte, tomándose las calles. Armando campeonatos de futbol. Jugando billar a escondidas, para no ser descubiertos por las batidas que hacía el ejército por aquellos lados en esa época. Mi hermano mayor ya había caído en una de esas redadas y mi mamá tuvo que ir a buscarlo, porque, como le dijeron los soldados, estaba en un lugar en el que no se admitían menores. Pero el susto se le pasaba y él volvía a sus andanzas, esperando cumplir 18 para entrar oficialmente a ese mundo de tacos y bolas numeradas.

Cuando había un partido de futbol importante, de esos que todos en el barrio querían verse, mis hermanos y sus amigos caminaban unas catorce cuadras hasta una tienda para poder ver el partido. En esa tienda se encontraba gente de los alrededores. Llegaban todos en busca del televisor que tenía dicha tienda y de la imagen nítida que ofrecía.

El tiempo fue pasando, elbarrio cambió, llegaron los servicios. El alcantarillado, el gas natural. Y luego, mucho después, la televisión fue un objeto común en las casas. Y mucho tiempo después, llegaron los reproductores de DVD y con ellos las películas alquiladas, los vendedores de películas y de música. Un mercado nuevo que invadió la cotidianidad del barrio. Y la gente se prestaba películas, se hacían recomendaciones, se reunían a verlas. Conversaban sobre ellas.

Solo hasta hace un par de años, la televisión por cable llegó. Con antenas que se instalan en las casa y planes prepagos que le permiten a la gente ver esos canales que antes eran lejanos. Pero sigue siendo un asunto lejano, distante. En barrios como estos, la vida transcurre en las calles, más allá de las pantallas.

Para este texto,una canción: 



Por:  Márquez 


1 comentario:

raul padron dijo...

Me demoré un poco en llegar aca y leer tu texto porque andaba distraido. En todo caso, me gusta mucho todo lo que cuentas. Tus imágenes y recuerdos del barrio son invaluables. me hacen pensar en que existe una prehistoria moderna que a muchas generaciones les parecerá imposible, una vida antes del internet, antes de youtube, antes de que todos los canales y programas estuvieran allí, a un par de clicks de distancia. Gracias por invitarme.