domingo, 19 de abril de 2015

CHICAGO: que el show continúe




Chicago es una película estrenada en el 2002 y dirigida por Rob Marshall, que cuenta la historia de Roxie y Velma, dos mujeres acusadas de asesinato. Ambas intentando mantener toda la atención posible de los medios en su caso, para obtener la libertad. Comprendiendo, de alguna manera, que la fama les otorgará un trato distinto por parte de la justicia.

Chicago, el musical ganador del Oscar a mejor película, merece atención especial. No solo por las destacadas actuaciones que en él aparecen, sino por el juego que ofrece.  Mirándolo de forma crítica uno logra reconocer en la película, matices para analizar el compromiso de los medios con la veracidad de la información. Lo que puede entenderse como una historia que mezcla en su narración el sistema judicial, el mundo del espectáculo, y el carnaval mediático de los años 20’s, se vuelve muy actual.



Todo comienza con un asesinato. Y los medios detrás de la primicia. Aparecen los reporteros como cazadores que persiguen, no una noticia veraz, sino una noticia que mueva al público. Algo que haga que sus periódicos se vendan como pan caliente. Así empieza a narrarse la historia. Si Roxie no quiere ser condenada por asesinato, deberá llamar la atención de los medios para que, con aquel show de flashes y preguntas, quienes deben impartir la justicia se confundan y terminen siendo parte del juego.

Entonces, el abogado (Richard Gere) empieza a tejer su historia. Arma una verdad atractiva, que termine de conducir el caso por el camino que él desea. Roxie (Renée Zellweger) se deja guiar, volviéndose en una experta en el tema. Y ahí van los periodistas a contar esa verdad armada, como si fuese cierta. Ratificando aquella sentencia que dice “una mentira contada varias veces, termina por ser una verdad aceptada”. Así funcionan los medios, construyen realidades que luego asumimos como tal. Nos venden cortinas de humo que ocultan los asuntos importantes del acontecer diario.

En una de las mejores escenas de la película, aparece un show de ventriloquia. En el que el abogado determina lo que la acusada debe decir. A cada pregunta de la prensa tiene una respuesta, como si conociera de antemano el cuestionario. Lo que nos arroja una idea de lo predecibles que podrían ser los periodistas. Luego, en algún momento del show, se abre un telón de fondo para mostrar un coro de títeres que representan a los reporteros. Ellos asumen que hacen su trabajo, pero terminan siendo manipulados por el hábil Abogado que, sin asomo de vergüenza, los maneja a su antojo. Para que al final, escriban una historia basada solo en aquel testimonio, una nota de prensa sin una investigación de fondo.

Y así, nos recuerdan en el momento en el que estamos. Con medios parcializados que solo nos dan rellenos de información, y que pocas veces llegan al fondo de los hechos. Con reportajes sobre temas minúsculos, agendando nuestra opinión alrededor de asuntos que merecen menos tiempo al aire o menos renglones, para ir dejando de lado los temas sensibles que puedan comprometerlos. Ejemplo de ello fue la exagerada producción de noticias acerca de los accidentes en las carreteras por personas que manejaban bajo los efectos del alcohol. O la sobre exposición de noticas sobre los triunfos de la selección. O el ridículo tratamiento de la noticia sobre aquella mujer que en una lancha insultaba a otra. Se hace necesario, ante este panorama, discutir sobre los temas que nos afectan de manera seria y es poco productivo para nosotros como ciudadanos, recibir una parrilla de noticas llena con notas que giren en torno a un mismo asunto, por tanto tiempo.  ¿Qué pasaba en el país en esos días? ¿Qué decisiones importantes se tomaron?

Como si fuese parte del show de Chicago, los medios parecen estar atados a la voluntad de los grandes titiriteros. Moviéndose por los temas que alguien más les dicta, y preguntando solo lo que otros quieren que pregunten. Para entregarnos una información sin profundidad, poco rigurosa, y plagada de prejuicios. Como en la película, que antes de que el jurado dijera su veredicto, ya en la calle los periódicos estaban impresos con ambas posibilidades: Roxie puede ser declarada culpable o inocente del asesinato de su amante. Por lo tanto, la noticia estaba prefabricada, dando espacio a una construcción del acontecer diario como una vitrina en la cual, se presentan distintos espectáculos. Y que no importa el resultado, lo importante es que el show continúe.



Por: Márquez 


1 comentario:

raul padron dijo...

Hay una película que deberías buscarte se llama Wag The Dog. Trata de un presidente que se encuentra envuelto en un escándalo y llama a un experto en medios para desviar la atención pública.

Pienso que la culpa es nuestra, no de nosotros los comunicadores sino de nosotros los humanos. Ocurre que nos encontramos en un mundo en el que hay mucha información y nos hemos convencido de que tener acceso a esa información es igual a conocerla y entenderla. Entonces nunca pensamos sólo reaccionamos, a veces en favor y otras en contra, pero jamás de manera profunda.

Y es que no nos interesa: reflexionar, informarse y actuar son cosas que requieren tiempo. Preferimos reirnos, o mentarle la madre a Uribe, o decir que todo es culpa de Santos, o decir que los medios satanizan a estos o a los otros; porque todas estas cosas se pueden hacer en segundos.