lunes, 18 de abril de 2016

Nadie se cuestiona el mar


Hemos nacido tan cerca de él, que nadie lo cuestiona. Nadie pone en duda su existencia; como si fuese demasiado obvia para sugerir que, quizás, es solo un sueño colectivo. Que todos nacemos para caer en el juego de imaginar un espacio lleno de agua que almacena en su interior un poder secreto. Nadie se cuestiona el mar. Ni sus olas, ni su espuma, ni ese sonido que viene con él por las noches. Ni ese miedo que produce la oscuridad que lo abriga mientras sus aguas siguen cantando como sirenas de mil años.

Ha estado por tanto tiempo ahí, que nadie sospecha de él. Nadie piensa que un día podría levantarse y con una sola de sus piernas hundiría el mundo que conocemos. Lo vemos ahí, tragarse el sol cada tarde. Anidar en su vientre montones de peces y algas. Teñirse de los más variados colores. Enfurecer durante los días de lluvia. Comerse kilómetros de playa.


Ese asunto que tiene con el cielo, parece no resolverse. Ambos azules, como si fuese un reflejo del otro. Incapaces de tocarse. A menos que exista una escalera, como en aquella película, que permita pasar de uno a otro. Azul contra azul se mantienen a una distancia prudente.

Entramos al mar como los hijos que vuelven a casa. Los reptiles acuáticos que éramos se manifiestan en nosotros cuando entramos a él. Años y años de historias, de sabiduría ancestral pasa por nuestra piel cuando por un breve instante recordamos lo que era tener escamas.  

Nadie se cuestiona el mar. Ni el niño que se queda en la orilla por el miedo. Ni mamá cuando flota boca arriba. Ni mi abuela cuando casi se ahoga y pedía ayuda. Ni los que se van hasta el fondo. Ni Jaime que lo tenía por terraza. Ni el joven que se hunde y escucha el mundo bajo el agua.

Esa cicatriz inmensa de agua, parece haber estado todo el tiempo ahí. Como si nuestra historia no fuese nuestra sino de él. Como si nos estuviese relatando, noche tras noche, al sol, a la luna y a las estrellas. Les habla de cómo vinimos al mundo, de cómo vamos a morir. Conocedor de todo, vive reposando en su pedazo de planeta, esperando cumplir con su profecía. Para un día abrir sus fauces y tragarnos a todos, devolviéndonos la posibilidad de ser parte de él y prolongar nuestra existencia.

… pero solo lo contemplamos. Intentando guardar en nuestra memoria su terrible belleza. 

Por: Márquez 

1 comentario:

Juan Pájaro Velásquez dijo...

Muy bien escrito. Aparte de mis amigos y mi familia, lo que más extraño de Cartagena es esa posibilidad de ir al mar o más bien a la playa a escucharlo.

PD. Buena la estrategia de los enlaces a otras publicaciones.