jueves, 16 de junio de 2016

Un álbum azul y negro


Llega el día en el que reconoces que el tiempo pasa sobre ti. Lo miras a la cara, mientras hace sus gestos de viejo sabio. ¿Qué te propones, Tiempo?, le preguntas, le pregunto. Ocurre así. Despiertas siendo una persona que debe asumir el camino andado por el reloj como si no fuese suficiente con ver a los otros pasar por lo mismo. También nos toca vivirlo.

Me pregunto a veces por qué me persiguen los recuerdos, por qué soy alguien que va con su memoria acuestas como el caracol. Pero les diré, que he ido descubriendo que pertenezco a una familia de nostálgicos. De gente que vive apegada a sus recuerdos. Son todos un montón de sentimentales que miran al pasado como abrazando a alguien conocido a quien quisieron mucho. Y yo no escapo a eso. Por eso abro mi álbum mental y repaso estos 27 años como si viera una película de Wes Anderson.


Y me veo ahí, riéndome. Con la pantaloneta azul de mi hermano que me quedaba gigante. Comiendo recortes de pan que comprábamos en la casa vecina. Saltando sobre la cama. Recitando el poema “A mi ciudad nativa” frente a todo el colegio, con los ademanes y el tono que mi mamá me enseñó. Haciendo muñecos de plastilina. Todo muy azul. Azul como solía ser antes.  Como Vallejo pero menos brillante.

Empieza el bachillerato y con él, los amigos de toda la vida. Un patio que parecía inmenso y nosotros caminando de aquí para allá, buscando un rincón donde pudiésemos contar historias. Le pego a Juan en la pierna. Y Jaime se retira del colegio. Y Cristian se muda cerca de la casa. Y ayudo a César con la practi-olla y él saca 5.0. Entonces, soy como un caballito alado, de esos que solíamos amarrar por la cola con un hilo para que volara pero sin dejarnos solos. Empiezo a ser negro. 

Pasa el tiempo y el cabello sigue más enrarecido. Pelo de rosquita, me decían. Y lo dejaba crecer. Y me decían que me quitara el casco de la moto. Y lo dejaba crecer. Hasta que mi mamá o mi tía Marta me mandaban a motilar. Yenis sonría a lo lejos como una luz que me entregaba un cariño inmenso. Negro. Pasa el tiempo y fui creciendo. Más alto que todos. Ernesto creía que eran las pastillas de calcio. Más alto pero flaco. La clavícula pronunciada anunciaba una delgadez de tiempo completo.

La universidad y Vanessa como un sol. Grande. Que se lanzaba encima y hacía preguntas y daba amor. Un amor que sigue con los años. Y luego algo, un dolor que recorrió cada espacio; que fracturó la parte más blanda. La tomé entre mis manos y caminé para reconstruirla. Y Vanessa seguía ahí. Iluminando. Hasta que poco a poco, la parte blanda sanó. Los otros amigos, los que se unieron como un coro de voces que hacen de espejo a la mía, siguen estando cerca.

El álbum es grande. Siempre se repite el rostro de ella. El de mi mamá. Un rostro que va por ahí, derribando las barreras, anunciando su imposibilidad de rendirse sin dar una batalla más profunda. Y mis hermanos, un rosario de manos de las que me sostengo y se sostienen. Las semillas que apenas buscan tener raíces. Y Danevys que era una voz cerca en la distancia, un espacio para pertenecer, una casa de puertas abiertas, a pesar de la lluvia que recorría mis manos.

Llega una fuerza. Fuerza en forma besos. Besos como golpes. Una hermana que escapaba con sus piernas como pilares, un hombrecito que adivinaba cosas.  Un montón de hormigas que construían un castillo improbable. Descubrí el baúl perdido con los pergaminos de un club de locos que escribían cartas a personas ficticias.

Ahora, me descubro igual. Con el pelo revuelto. La timidez para empezar una conversación. El silencio que va por el cuello.  El mismo. El negrito de mi mamá. El negro de Danevys. El hermanito de Yenis. El Marquecito de Vanessa. El Julio de mis amigos. El Julio César de mis hermanos. El Sindulfo de los pelaos. Y me caigo sobre las dudas, sobre esa incertidumbre de no saber a dónde me dirijo. De presentir que, incluso los planes, son víctimas de lo incierto. Y llevo sobre los hombros este álbum, los recuerdos, y te cargo a ti, y a los poemas, y un hilo cuelga del lado blando y lo sostengo con los dientes para que no vuelva a quebrarse, a pesar del peso de otra ausencia.

El mismo. Negro. Ya no azul, solo negro. El mismo silencioso que genera sospecha por eso. El que pasaba demasiado tiempo viendo televisión. Callado, muy callado. Vaya salga y juegue con los otros. Es que tiene que relacionarse. Hable que usted tiene lengua. Blablablablablabla. El que fue leyendo libros sin que lo notaran. El que escribe porque necesita liberar algunas tensiones (tristezas). El que sueña con ser…

                                                                                                        …ya llegarán los años.


Por:  Márquez


1 comentario:

raul padron dijo...

Esto está increible. :D