domingo, 31 de julio de 2016

La maleta que encierra el pasado



Mudarnos se volvió una costumbre. Íbamos de un lugar a otro como viajeros sin un rumbo preciso. Salimos de la casa de la abuela para recorrer caminos que empezarían a dibujar parte de nuestras vidas. Cargábamos en un camión nuestras cosas, y con cada viaje, las pertenecías disminuían. Así, el último viaje fue el menos cargado. Anduvimos con una carretilla improvisada de una calle a otra, llevando delante de nosotros lo que quedaba de las anteriores mudanzas.

En medio de todos esos chécheres que cargábamos, estaba la maleta de los adornos. Siempre fue la misma. Una maleta negra, pequeña, rectangular, antigua. Y dentro de ella, los recuerdos de otras épocas. Figuras de cerámica que tenían como misión, servir de artilugio para recordar el bautizo de alguien, el primero año de un fulanito que solo mamá recuerda, un matrimonio, ocasiones para celebrar.  Por eso, por su contenido, mi mamá recomendaba tratarla con mucho cuidado.




Llegábamos a la casa donde viviríamos por un tiempo, la maleta se abría para dejar salir los adornos. Pero cada vez fue más difícil. Aquellos fragmentos de historia eran condenados al encierro. Cuando llegamos a la casa de la loma, la maleta estuvo guardada. Aquella casa no tenía espacio suficiente. En un tiempo, hubo un multimuebles que fue cediendo con el tiempo, las lluvias que le mojaban las patas y la tierra. Pasó de ser un armatroste de tres espacios, que nos superaba en altura, a una suerte de repisa de llegaba hasta nuestra cintura y solo podía cargar el televisor. Éramos unos niños, mis hermanos y yo, cuando llegamos a aquella casa.  Los pocos adornos que habían logrado ver la luz en esa época, volvieron a su refugio cuando las lluvias comenzaron a azotar las paredes.

La maleta recorrió varios lugares en la casa. Y algunas veces fue abierta para comprobar que seguía cargando su manojo de recuerdos. Escondida en las esquinas, debajo de la cama, o en cualquier lugar, fue ganando polvo, dejada en el olvido que exigían las circunstancias, mientras nosotros crecíamos y ganábamos nuevos recuerdos, nuevas formas de ver la vida.


Ahora que la casa ha cambiado, que dejó atrás sus  remiendos, y que se levantó como una columna de cemento, los adornos encontraron su espacio. Un nuevo multimuebles llegó, y la maleta fue abierta. Ya no eran tantos como en el primer viaje, pero seguían estando ahí, una pieza del rompecabezas de esta memoria que nos abriga a todos en la casa.


El marinerito, la paloma, una bailarina, un canario, un angelito, y otras tantas figuras que encierran un pasado que quiere mantenerse en pie salieron de la maleta. Encontraron su lugar. Ahora, el multimuebles carga los recuerdos en la nueva casa, y desde allí nos miran armar la memoria. Esa que llevamos sobre nosotros como tortugas con caparazones invisibles.



En estos momentos, la maleta descansa en otro rincón, vacía, esperando la hora para volver a guardar el pasado. Quizás, un día, la abriremos y meteremos en ella las fotos, nuestros pasos, los días soleados, los remiendos de la casa, las grietas, las colillas de cigarrillo, la lluvia que queda en el techo, o la misma casa. Y la maleta andará por el mundo, como parte de la mudanza del último de nosotros, aquel que, como las tortugas, logre prolongarse en el tiempo con su caparazón cada vez más grande.


Por:  Márquez 

2 comentarios:

raul padron dijo...

Me gusta el valor simbolico que vas asignandole a la maleta, me hizo pensar en los osos de agua que son capaces de deshidratarse y congelarse por cientos de años hasta que la situacion mejore y puedan volver a vivir.

Juan Pájaro Velásquez dijo...

Me encanta a metafora de la maleta, muy buen recurso para simbolizar el paso del tiempo y sobretodo la memoria.