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martes, 30 de enero de 2018

Las grietas



Mi abuela está triste. Lo sé porque el sonido de la cocina no es el mismo. Antes, era un coro desafinado de platos, ollas y vasos. Ahora, es un eco nostálgico, un silencio prolongado, como si las cosas cayeran perezosas por el efecto de la gravedad, sin ninguna gracia. Los primeros días, cuando la casa quedaba a oscuras y llegaba la hora de dormir, me costaba conciliar el sueño. Por momentos, despertaba y podía escuchar ese sollozo profundo, seco, que venía del cuarto de al lado. Era mi abuela.

¿Cómo abrazarla y sanar ese dolor? Hay algo que se escapa de nuestras manos y es eso. El dolor ajeno. Por más que quería, solo me era posible estar a su lado, esperando que mi compañía le regalara algo de calma. Pero ni de eso estoy seguro. La ausencia de un hijo la acompaña ahora. Una ausencia que se manifiesta de infinitas formas: cando el teléfono suena y no es él, cuando mira los caballos en la televisión, cuando alguien la llama a decirle —después de estas semanas, que se acaba de enterar y lo siente mucho. De infinitas formas. (CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

Por momentos, la casa se llena se sombras y es como si nadie la habitara. La mecedora espera para mecer, la silla en el patio espera para cargar, los rincones extrañan los pasos que solían recorrerlos. La navidad llegó, pero la casa siguió estando en silencio, sin luces. Dentro de ella, un dolor discreto tomaba forma. El dolor que se guarda entre paredes para no permitir que el sol asome su cara a través de las grietas. Los cuerpos agrietados necesitan tiempo para sanar.

La navidad que pasó, fue una navidad lenta, de pasos cortos y cuidadosos. No hubo luces, ni árbol, ni demasiados colores. Solo estuvo ese letargo, la comida, y por momentos el silencio. Pero mientras mi abuela miraba a lo lejos, como quien busca, busca y busca, los vecinos decoraban, llenaban sus casas de colores, una era azul, la otra dorada, un universo hecho calle. En esos momentos era como estar detenidos. Detenidos en un luto que nos había llegado de golpe. Quizás aún seguimos detenidos, nos detenemos cada vez que mi abuela llora, que descubrimos esa sombra en sus ojos. Pero seguimos.

Los días han pasado, las semanas, y la única verdad nos golpea: avanzar es inevitable. Estamos aquí, hablamos de cosas pasadas, reímos, mi abuela cocina. El tiempo es así. Los domingos va al cementerio y se detiene, mira la tumba, piensa, piensa y piensa. El televisor por las noches conversa con ella. El tiempo avanza.
Por. Márquez

3 comentarios:

Rauljpadron dijo...

Me gusta tu texto, de verdad se ven las grietas de la ausencia.

No había pensado en esto, pero voy a llevarte un libro que se llama "El enterrador", fue escrito por un poeta que administra una funeraria y tiene unas reflexiones muy bonitas sobre la muerte. Creo que podría ayudarte a alimentar otros textos.

Favio Morelos dijo...

De alguna manera nuestra vida esta compuesta de grietas y bifurcaciones, una creadas por terceros,otras por nosotros mismo, otras nacen del recuerdo y muchas del olvido, pero algo de lo que estoy seguro, es que esas grietas, como madres de las bifurcaciones te permiten endurecer y matizar todas tus emociones.

Liz Andrea dijo...

Me gusta este texto. Me hizo recordar a mi abuela cuando mi abuelo falleció hace 12 años. Las grietas aún permanecen en el fondo de su corazón.