martes, 8 de noviembre de 2016

La eterna ausencia



Han pasado algunas semanas desde que anunciaron la muerte de mi tía. La noticia llegó así, sin adornos. Y entonces, una brisa fue recorriéndome los ojos; una sensación de estar, una vez más, frente a una vieja conocida. Debo confesar que no logro recordar el rostro de mi tía. Llevaba tantos años en Venezuela que no logré establecer un vínculo con ella más allá de los recuerdos que tengo de cuando mis hermanos y yo éramos niños. Recuerdos en los que ella es una mujer sin un rostro preciso. Así suele pasar, nos volvemos un recuerdo sin rostro en la cabeza de los demás, y con el tiempo,  la muerte es una sombra que cruza por nuestra casa y deja esa sensación de fragilidad.
 
Mi papá estaba afectado, pero era un dolor distinto. Como si la distancia y el tiempo hubiesen cortado alguna parte del lazo entre hermanos, y quedara eso, un dolor delicado que iba por los alrededores de papá y le dibuja un rostro que se perdía mirando en la distancia, para intentar recuperar a la hermana que tenía en su cabeza. Mientras, en otros momentos, lo ponía a pensar en su propia muerte, en la fragilidad de su vida. (DA CLIC EN SEGUIR LEYENDO).

La muerte ha llegado a la familia de papá en varias ocasiones. Se lleva a alguien y deja en nosotros un hilo brillante que nos sale de la boca. Ese en el que colgamos las palabras con las que intentamos elaborar una frase que ayude a mermar el dolor de los otros.
No puedo evitar pensar en la muerte. Pienso en ella como quien imagina una casa vacía. Los pasillos deshabitados, libres del bullicio; los cuadros en las paredes con aquel peso del tiempo: polvo y telarañas. Todo eso ahí, representando lo que queda en los otros después de la muerte.
Cuando mi bisabuela murió, un torrencial aguacero nos bañó a todos. A los que alcanzaron a llegar al sepelio y a los que no. Una lluvia que recorrió la ciudad llena furia. Y así era el dolor, nos salía por todos lados, un dolor que iba calando en cada parte del cuerpo. Ahora, la muerte era como una llovizna de madrugada, fría, diminuta, pero estaba ahí, cayendo nuevamente.
Mi abuela, la mamá de mi papá, ha cargado la muerte de dos hijos hasta ahora. Condenada, al parecer, a ser testigo del final de muchas vidas. Por ratos, la veo envejecida, delgada, frágil. Pero deja ver su mente lúcida, sus planes a futuro, sus pasos de baile y la reconozco tan viva como siempre. Podría ser como aquel personaje que terminó pequeña, tanto,  que fue enterrada en una caja de zapatos, como quien vivirá por encima de su tiempo y nos despedirá a todos con lágrimas secas.
Entonces, me llega la sospecha del tiempo, su paso inevitable, esa posibilidad de ser el recuerdo en los otros. Un recuerdo sin rostro, una silueta que no lograrán precisar. Y estaremos en el pasado, en el pasado del pasado. Y nadie sabrá nuestro nombre, ni nuestras historias. Seremos un olvido, la eterna ausencia. Como hoy debo reconocer que no logro precisar el rostro de mi tía, quizás, en algún momento, alguien dirá lo mismo mí.  
 
                                                                                              por: Márquez
 


2 comentarios:

raul padron dijo...

Me parece muy bonita tu reflexion.

Juan Pájaro Velásquez dijo...

Julio que lindas metaforas, la de la lluvia me gustó mucho. Bien, muy bien.