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domingo, 31 de julio de 2016

La maleta que encierra el pasado



Mudarnos se volvió una costumbre. Íbamos de un lugar a otro como viajeros sin un rumbo preciso. Salimos de la casa de la abuela para recorrer caminos que empezarían a dibujar parte de nuestras vidas. Cargábamos en un camión nuestras cosas, y con cada viaje, las pertenecías disminuían. Así, el último viaje fue el menos cargado. Anduvimos con una carretilla improvisada de una calle a otra, llevando delante de nosotros lo que quedaba de las anteriores mudanzas.

En medio de todos esos chécheres que cargábamos, estaba la maleta de los adornos. Siempre fue la misma. Una maleta negra, pequeña, rectangular, antigua. Y dentro de ella, los recuerdos de otras épocas. Figuras de cerámica que tenían como misión, servir de artilugio para recordar el bautizo de alguien, el primero año de un fulanito que solo mamá recuerda, un matrimonio, ocasiones para celebrar.  Por eso, por su contenido, mi mamá recomendaba tratarla con mucho cuidado.

jueves, 16 de junio de 2016

Un álbum azul y negro


Llega el día en el que reconoces que el tiempo pasa sobre ti. Lo miras a la cara, mientras hace sus gestos de viejo sabio. ¿Qué te propones, Tiempo?, le preguntas, le pregunto. Ocurre así. Despiertas siendo una persona que debe asumir el camino andado por el reloj como si no fuese suficiente con ver a los otros pasar por lo mismo. También nos toca vivirlo.

Me pregunto a veces por qué me persiguen los recuerdos, por qué soy alguien que va con su memoria acuestas como el caracol. Pero les diré, que he ido descubriendo que pertenezco a una familia de nostálgicos. De gente que vive apegada a sus recuerdos. Son todos un montón de sentimentales que miran al pasado como abrazando a alguien conocido a quien quisieron mucho. Y yo no escapo a eso. Por eso abro mi álbum mental y repaso estos 27 años como si viera una película de Wes Anderson.

lunes, 18 de abril de 2016

Nadie se cuestiona el mar


Hemos nacido tan cerca de él, que nadie lo cuestiona. Nadie pone en duda su existencia; como si fuese demasiado obvia para sugerir que, quizás, es solo un sueño colectivo. Que todos nacemos para caer en el juego de imaginar un espacio lleno de agua que almacena en su interior un poder secreto. Nadie se cuestiona el mar. Ni sus olas, ni su espuma, ni ese sonido que viene con él por las noches. Ni ese miedo que produce la oscuridad que lo abriga mientras sus aguas siguen cantando como sirenas de mil años.

Ha estado por tanto tiempo ahí, que nadie sospecha de él. Nadie piensa que un día podría levantarse y con una sola de sus piernas hundiría el mundo que conocemos. Lo vemos ahí, tragarse el sol cada tarde. Anidar en su vientre montones de peces y algas. Teñirse de los más variados colores. Enfurecer durante los días de lluvia. Comerse kilómetros de playa.

lunes, 14 de marzo de 2016

La casa de mi tía Marta


 
Antes de llegar a la casa que más fija tengo en mis recuerdos, debo decir que mi tía Marta vivió en otros lugares. Esos otros espacios se han ido perdiendo en mi memoria, como el trazo de una tiza sobre el tablero cuando el profesor ha borrado el tema del día, y queda aún un rastro claro que poco a poco desaparece. En esa misma medida, las otras casas fueron desdibujándose en la memoria, dejando solo trazos muy claros que el tiempo amenaza con hacer desaparecer. Recuerdo las clases de costura de la muchacha que la ayudaba en la casa. Recuerdo el pantalón que me hicieron con el defecto en la cintura. Y esos detalles confirman el olvido inminente.
La que sigue en pie en mi memoria es la casa que se volvió en mi refugio. La de dos pisos, que fue cambiando con el tiempo. Que  adquirió nuevos detalles y acabados. Mis primos aún eran pequeños cuando empecé a visitar a mi tía y me quedaba con ella en vacaciones. Al comienzo, solo era una calle en esa urbanización. Frente  a la casa había una hilera de láminas de cinc que anunciaba que al otro lado estaba naciendo otro pedazo de ese barrio. Y mi tía era una figura de autoridad que regañaba una sola vez. Y nos consentía con comida.
La casa guardaba en su interior objetos mágicos: un televisor poderoso, una biblioteca maravillosa y una nevera llena. En la casa de mi tía conocí la televisión por cable. Mi primo y yo durábamos horas pegados al televisor viendo Cartoon Network. En ese entonces, él aún era más pequeño que yo. Y yo tenía más fuerza. A veces cuando no quería jugar con él, le decía a mi tía y ella dejaba lo que estaba haciendo y me preguntaba: ¿qué pasa? Jueguen sin pelear. Y jugábamos de mala gana al comienzo, pero al final todo fluía.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Secretos de Teatreros

En el año 2008 estuvimos entre bambalinas en la presentación de la obra "Del otro lado, nunca olvidas", rastreando algunos secretos. 


En un extremo, un banco con una tela roja daba la impresión de una pequeña mesa. Sobre esta, una botella de vino tinto y una copa. Al otro lado, un banco un poco más alto igualmente decorado, pero en éste, un teléfono fijo bien instalado. Entre cada uno de ellos había una distancia perfectamente calculada y dividida por un baúl que llenaba de incógnita el escenario.

Una colcha de cuero negro cubría todo el piso. Mientras unas telas rojas sostenidas a penas por unos delgados alambres, que desaparecían cuando la penumbra se asomaba, eran el elemento que daban a todo el conjunto la sutil sugerencia del romance y la pasión.  Detrás de todo lo anterior, un telón negro suponía que algo más se ocultaba. El secreto de los teatreros, ese que jamás debe ser revelado.

Jota había caminado varias calles sin poder conseguir el par de pilas que necesitaba, para cargar la cámara que tenía. En el Centro Histórico es sencillo hallar turistas, artesanías y precios elevados,  pero, un par de pilas doble AA alcalinas solo se consiguen si estamos cargados de una gran dosis de paciencia y determinación, más aun, cuando son las 6:45 de la noche y lejos de los centros comerciales.

Arnaldo, suele preparar cuidadosamente cada detalle de su obra. Nada es poco importante. Nada merece menos atención. Ser el director es algo que requiere compromiso, y Arnaldo lo sabía. Además, cuando se ha sido actor y espectador, se tiene una visión de lo que se quiere mostrar. Aun así, no se puede evitar sentir estrés.