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lunes, 11 de septiembre de 2023

Dedos aferrados



Tengo un recuerdo fijo en mi cabeza. Mi hermano Jose y yo jugamos en la casa. No tengo claro el juego, sé que corríamos y yo trataba de atraparlo. En ese momento, nuestra casa era un cajón de madera dividido en dos, de un lado el cuarto y del otro lado, la sala y una cocina improvisada. Detrás, en el patio, se levantaban tres paredes de madera, tablas sobre tablas. Esas paredes eran el proyecto de ampliación de la casa, uno que nunca se concretó. Al lado de nuestra casa quedaba un lote vacío. Lo que separaba nuestro terreno del otro era una cerca de palos de mataratón y alambres de púas que rodeaba la extensión de tierra que le pertenecía a mi mamá. 

Ahora vuelvo al recuerdo. Jose sale al patio, lo persigo, en el juego yo debía atraparlo. Él sube ágilmente a una de las paredes sin terminar, es alta la pared para mis ojos de niño. Jose queda del otro lado. Es decir, yo estoy dentro del patio y él, enganchado en la pared, con los dedos aferrados, agarrado de la parte más alta, viéndome mientras su espalda daba al lote vacío. En medio del juego, se me ocurrió coger un palo o una pala, no lo sé con precisión, e intentar pegarle en los dedos de las manos para que se viera obligado a bajar. Jose esquivaba los golpes, entonces aceleré mis lanzamientos y en uno de tantos intentos, Jose cayó.  (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

viernes, 14 de junio de 2019

Hecho con un pincel pequeño




Hay una línea que une un recuerdo a otro, un suceso ocurrido años atrás con algo más reciente. Un hilo, podría decirse, que termina atando dos extremos. Pero es una tarea compleja explicar cómo opera la memoria en esos casos. Por mi parte, debo reconocer que vivo en una línea intermedia entre dos extremos de la memoria; que me reconozco viviendo, aquí y ahora, con la sensación de haber estado recorriendo pasos similares, en otra época. Tal vez por eso, mientras subía la montaña en Santa Marta, dando pasos para llegar al Mirador de los Pinos, sentía estar caminando, como cuando era niño, las calles de Mandela


Recuerdo que en esa época mis pasos intentaban ser más veloces. Perseguía los pasos de mi mamá, por la calle oscura que parecía ser eterna. Siempre nos deteníamos antes de entrar en ella, nos hacíamos la señal de la cruz, mirábamos la oscuridad la luz de las lámparas no era suficiente, el monte que crecía en ambos lados del camino, un monte inmenso para mis ojos de niño. Parado ahí, imaginaba los peligros: una serpiente gigante, un hombre que quisiera hacernos daño, la misma oscuridad cayendo sobre nosotros. Después de ese acto de fe, empezábamos el camino intentando andar lo más rápido posible, casi al trote. En Santa Marta, subiendo la montaña, seguía otros pasos, pasos más veloces, más largos que los míos, pero ahora no existía ningún temor. Tal vez el vínculo eran los pasos que querían llegan a un lugar, que atravesaban la naturaleza, o que recorrían un camino que resultaba en cierto modo desconocido. (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO)

martes, 30 de enero de 2018

Las grietas



Mi abuela está triste. Lo sé porque el sonido de la cocina no es el mismo. Antes, era un coro desafinado de platos, ollas y vasos. Ahora, es un eco nostálgico, un silencio prolongado, como si las cosas cayeran perezosas por el efecto de la gravedad, sin ninguna gracia. Los primeros días, cuando la casa quedaba a oscuras y llegaba la hora de dormir, me costaba conciliar el sueño. Por momentos, despertaba y podía escuchar ese sollozo profundo, seco, que venía del cuarto de al lado. Era mi abuela.

¿Cómo abrazarla y sanar ese dolor? Hay algo que se escapa de nuestras manos y es eso. El dolor ajeno. Por más que quería, solo me era posible estar a su lado, esperando que mi compañía le regalara algo de calma. Pero ni de eso estoy seguro. La ausencia de un hijo la acompaña ahora. Una ausencia que se manifiesta de infinitas formas: cando el teléfono suena y no es él, cuando mira los caballos en la televisión, cuando alguien la llama a decirle —después de estas semanas, que se acaba de enterar y lo siente mucho. De infinitas formas. (CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

jueves, 16 de junio de 2016

Un álbum azul y negro


Llega el día en el que reconoces que el tiempo pasa sobre ti. Lo miras a la cara, mientras hace sus gestos de viejo sabio. ¿Qué te propones, Tiempo?, le preguntas, le pregunto. Ocurre así. Despiertas siendo una persona que debe asumir el camino andado por el reloj como si no fuese suficiente con ver a los otros pasar por lo mismo. También nos toca vivirlo.

Me pregunto a veces por qué me persiguen los recuerdos, por qué soy alguien que va con su memoria acuestas como el caracol. Pero les diré, que he ido descubriendo que pertenezco a una familia de nostálgicos. De gente que vive apegada a sus recuerdos. Son todos un montón de sentimentales que miran al pasado como abrazando a alguien conocido a quien quisieron mucho. Y yo no escapo a eso. Por eso abro mi álbum mental y repaso estos 27 años como si viera una película de Wes Anderson.