Vistas de página en total

domingo, 4 de mayo de 2014

Inventario marginal.

Pensaba en algo moderno, en las formas de conocer el mundo. Pensaba en tantas invenciones. Me preguntaba si lo que determinaba nuestro estado de modernidad era el artilugio de sentirnos a la vanguardia tecnológica o si por el contrario, esos mismos artefactos nos llevaron a un estado mayor. El asunto se volvió tedioso, y busqué expresar mis ideas con imágenes. Corriendo el riesgo, claro está, de ser aún menos claro.


Ahora, la cuestión es de narraciones. Narrar desde lo moderno o más allá. En últimas entender eso nos ayuda a narrar-nos. Entonces salí en busca de artefactos que activaran la conciencia. Quizás todo consiste en una ilusión, cuestión de perspectivas y de teorías que llenan la cabeza de un montón de ideas acerca de la modernidad y etc. O de formas complacientes que nos llevan a asumirnos a la altura de un mundo que puede no andar a nuestro ritmo o viceversa. 


A cielo abierto.
                                                   
Conversaciones entre una lámpara de calle y unos cables de alta tensión. 


domingo, 6 de abril de 2014

El ciclo.


Leí  el post de un contemporáneo. El daba  su opinión sobre el ciclo vicioso de “no tener trabajo por no tener experiencia y viceversa”, y señala que, esa frase, puede esconder el perfil de alguien que no se proyectó durando su estadía en la universidad. Y bueno, lo leí con detenimiento intentando ubicarme en algún lugar, digamos, en una postura que me diera luces sobre cómo fue mi proceso. Entiendo y comparto algunas de sus reflexiones, pero sentí que debía decir algo.

Entrar a la Universidad para muchas personas no es sencillo. De hecho, entrar, ya implica un reto. Ahora, una vez dentro empieza el camino y es cierto, muchos no se preocupan por destacarse ni por obtener cierta experiencia dentro, pero creo, que en ocasiones las Universidades no tienen esas oportunidades para todos.

sábado, 15 de marzo de 2014

BIACI: un acercamiento personal a las obras

Una de las nuevas apuestas por generar espacios que permitan las expresiones de arte en el país es la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Cartagena de Indias, un evento que ha dejado una buena impresión entre los críticos y que ha traído un conjunto de obras que atraen a la gente, que en mi concepto, es lo más importante. Porque, qué sentido tendría un evento como este, si solo estuviese pensado para los expertos en arte y en el que la gente no tuviese posibilidades de interactuar con las obras dentro de unos parámetros establecidos. Cartagena se abre en esta ocasión a un evento que llego para quedarse.



Ahora, viendo toda la invasión naranja en la ciudad, me decidí a recorrer algunos  puntos del BIACI y quise compartir mis sensaciones frente a las obras que acompañan esta primera versión de la Bienal. 

           1.      Lugar Común (Ruby Rubié – Colombia ; Justine Graham – Francia/USA.).




miércoles, 29 de enero de 2014

Cuerpos y colores



Hay  sonido. Colores. Hay cuerpos negros moviéndose en la tarima. Somos como un espectáculo de músculos cuando bailamos. No soy yo el que mueve las caderas, ni el que salta con gracia y levanta esa falda risada. No lo soy en el sentido tangible, en lo corpóreo del aquel asunto, pero puedo ser yo en la piel, en un gesto casi casual que todos tenemos al caminar. Puedo serlo en el erotismo del baile que todos llevamos inscrito. Quizás somos todos, cuando el telón se levanta, y Cartagena se  muestra como la ciudad-vitrina todos nos volvemos un espectáculo exótico.

 Pero hoy, en esa tarima, el centro de atención son los jóvenes que bailan una suerte de danza que pone a sudar sus cuerpos. Los imagino allí, todos llenos de alegría, pensando en el siguiente paso, con sus colores, dejando atrás cualquier otra cosa y siendo por un momento solo eso: movimiento.

Hoy soy un espectador. Un ojo distante que se deja llevar por el ritmo. El tambor sonando, dando el impulso a cada movimiento y la voz que justifica el grito. Todo está dispuesto para entretener. Hoy soy solo un espectador. Quizás sea el mejor de todos mis roles. Solo debo aplaudir, sonreír satisfecho si me gusta lo que veo, o simplemente levantarme y dejarlo atrás. Puedo, pero no. No puedo ser solo esto.

Este cuerpo, mi cuerpo, no me pertenece. Es tan ajeno como el de ellos. Mi cuerpo pertenece a los ojos que lo observan. Ellos lo han fabricado, han construido sobre mí sus ideas de mi mismo, han armado el rompecabezas, han escrito sus conjeturas sobre la piel que hoy me pesa.  No puedo ser solo un espectador, esta necesidad de imaginarme sobre el escenario me invita a ser también un espectáculo; a recordar que día a día soy un performance que transita el mundo y se llena de su caligrafía. Ahora, sentado aquí, soy uno con los cuerpos que danzan.

Hay  sonido. Colores. Hay cuerpos negros moviéndose en la tarima. Somos como un coito sin placer, sin curiosidades, sin deseos. No soy yo el que mueve las caderas, ni el que salta con gracia y levanta los brazos con firmeza. No lo soy en lo visible, en lo obvio del asunto. Pero puedo serlo, en cualquier momento, cuando salga a la calle y sea un evento nuevo para el ojo extranjero. Quizás somos todos, cuando el telón se levanta, y Cartagena se  muestra como la ciudad-vitrina todos nos volvemos un espectáculo exótico. Todo terminamos siendo el objeto del fetiche. 

Por: Márquez 

domingo, 19 de enero de 2014

El oficinista.


El escritorio no es mal sitio. Quizás sea el lugar ideal para muchos. Mi problema, es que no sueño con un escritorio, al menos, no de esta forma. No suelo verme ahí, rodeado de un poder ficticio, convencido de mi autoridad ilegítima, dirigiendo una causa en la que no creo. No me veo reducido a mi escritorio.

Ese sueño de oficinista me asfixia. Y es complejo, porque en una sociedad en la que son pocos los que tienen la oportunidad de tener un sueldo digno, el hecho de que tú lo tengas y te sientas en conflicto con eso te vuelve un imbécil. Y sí, puede que eso sea real, pero ¿acaso las dimensiones de la vida no varían de unos a otros?

Ahí voy yo de nuevo, escribiendo un texto que no es sobre mí, sino sobre lo que pienso. Pero termino enredado, haciendo un collage con las ideas, intentando callar las otras voces de esos otros yo que me dicen que hay otras alternativas. ¡Silencio!, solo necesito silencio, oscuridad tal vez un poco.

Los colores son a ratos como recuerdos espinosos, van y vienen, se meten en los ojos y terminan por hacerte retornar a esa mezcla de espacio y tiempo que te fractura en el mismo sitio. Ahora, es odioso ese gris de las oficinas. O el blanco eterno de las paredes y el aire acondicionado. Las carpetas y los folios, el orden de biblioteca sin alma de los archivadores, ese olor a tinta recurrente. Mi problema no es con las oficinas, es con mi extraña forma de chocar con los demás, como si todos fuesen con camisas a cuadros y yo, con una de puntos negros.

¿Este es el futuro? Algo me dice que me dieron la bienvenida y me mandaron a probar suerte en el rincón más alejado de mí. Como si yo, el yo que soy, fuese siempre al norte y este otro yo, el que vive en las oficinas, se quedara estancado en el sur de 6 a 3 y de 3 a 11.

Pero eso no es lo relevante. Digo, las oficinas tiene su lado amable. Son, digamos, son… ¡está bien! No sé qué decir. Pero es posible abrirles un hueco y escapar cuando nadie se lo imagina. Abres el libro en la página señalada, comienzas a leer y desapareces. Otras veces, enciendes el televisor, ves las películas y todo cambia. Se hace necesario recurrir a la imaginación.


Ahora bien ¿qué pasa en esos días en los que no te hallas? ¿En los que miras a tu alrededor y todo te resulta ajeno? Está bien, no estoy escribiendo sobre mí sino sobre lo que pienso, pero nunca me va bien con eso. Las ordenes, la incapacidad de identificarte con tu jefe, la sospecha de su falta de ortografía, o su imposibilidad para saber dónde va una coma. En fin, nadie es perfecto. El escritorio tampoco lo es. Mejor abro la puerta, finjo que todo está bien, y corro, corro por el pasillo y salto, salto hacia la nada, como si la nada fuera todo. 


Por: Márquez