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martes, 26 de mayo de 2015

Machos frágiles


A los hombres, de niños, se nos está permitido mostrar. Sacar el pipí en cualquier parte, a fin de cuentas, somos hombres, machos. ¿Acaso los perros no llevan su órgano viril visible y con orgullo? ¿No es igual con otros animales? Pues, que el niño muestre para que vaya conociendo su lugar en el mundo. Para que entienda que ese falo nos otorga un poder, o, por lo menos, una ventaja. A las niñas, mientras tanto, las enseñan a esconderse. A tapar su vulva en un primer momento. A no explorarla demasiado. A dejar para la privacidad del baño aquella parte de su cuerpo. Cuando empiezan a salirle los senos, entonces deben esconderse más. No provocar con esos picos apuntando. Y así crecemos.

Con el tiempo esas dinámicas se reproducen en otros espacios, recordando el sentido de la intimidad para ambos sexo. Por un lado, la sexualidad de las mujeres sigue siendo un tabú. Se les educa para entender que en el sexo debe mediar el amor, y que su premio es la concepción. Y a ver la menstruación como un evento silencioso, que no debe ser comentado.  Los hombres, por su parte, crecen para entender que su sexualidad se exhibe. Vamos por la calle y nos podemos agarrar las bolas, porque eso es ser un hombre. El conflicto empieza, cuando en el colegio o cualquier otro lugar, un niño se lo saca y lo muestra. Y entonces, la profesora o el profesor se alarman. Pero el miedo no es que el niño lo haya mostrado, a fin de cuentas es normal que lo haga (¿no fue que se lo enseñaron?), la razón de su preocupación suele ser la misma: ¡Hay niñas en el salón! Sí, el asunto es que la niña no puede ver eso antes de tiempo. Pero ese es otro tema.


miércoles, 21 de agosto de 2013

Onomástico

Quisiera escribir un par de líneas que mostraran mi punto de vista freten a estas fechas, al menos unos reglones que dieran cuenta de mi forma de entenderlo, pero una vez más, como otras tantas, las ideas se me esfuman como arena que lleva el viento para crear dunas en otros lugares.  Viene a mi cabeza esa otra idea fatalista de un tiempo implacable y de un cuerpo expuesto a todos los ataques, como el anuncio de un apocalipsis que año tras año nos sonríe en la cara. Tengo la impresión de estar en medio de un acto teatral con un juego de luces en mal estado, que no permite que nadie sea realmente la estrella de la obra; los guiones siempre en construcción y el maquillaje, ¡se nos corre el maquillaje! Lo cierto es que los mejores momentos para creer en algo,  es cuando todo parece ir en nuestra contra.  Y los años, como las noches, son sólo ideas pasajeras de una existencia en pleno que va mutando.

Yo sigo siendo esto, solo esto. Veinte años: esclavo de ideas absurdas e imposibles. En medio de Cioran y de Nabokov. Jugando a ser letrado y esforzándome por manejar una buena ortografía, como forma de escapar a las curvas de las calles en la que los otros se amontonan para pasar las noches. Y el porno sigue allí, llamando silencioso en los rincones del cuarto. Yo sigo siendo esto, solo esto. Dan las doce de la noche y me descubro mayor. Siguen mientras tanto los vecinos armando rumbas por todo.

¿Para qué medir el tiempo?  Una mañana vi a mi abuela y se miraba al espejo, vanidosa aún, pero con un aire melancólico rodeándola. Estaba luchando con los años en ese momento; con su peso, con sus arrugas. Ya no bastaba el maquillaje ni los conjuntos hechos a su medida, ahora era preciso algo más. Necesitaba detener el tiempo, evitar la fricción del aire con su piel, tomar menos pastillas para evitar la congestión de gases. Ese día renunció a celebrar su cumpleaños. Un cumpleaños es básicamente un recordatorio de cuánto llevas con vida. Y todos te sonríen, te felicitan, se sienten felices por ti. ¿Y tú, cómo te sientes? ¿Y mi abuela, cómo se siente? Hay globos, música, bulla, y luego cansancio.

Pero las cosas no paran. Mi prima de quince, se preocupa por las dos tallas que ha aumentado. Y culpa a los años de su nuevo peso. Quiere volver a tener doce y la cintura de aquella época. Esconde la barriga para sentirse mejor consigo misma, y usa blusas un poco más amplias que la ayuden a fingir otra silueta.

Mi papá duerme y ronca. Tose de un momento a otro y lo veo reducido a un cuerpo maltratado por los años, por los daños, por los estragos. Tiene una cicatriz profunda en la frente que es la huella de otros años, y sigue agarrando el cigarrillo como siempre. Así pasan los años. Me pasan por los costados tocándome con cuidadito mientras los otros sienten su abrazo. Yo sigo siendo esto, solo esto: veinte años, una columna de libros por leer, los zapatos sucios, y las manos nerviosas.  

Quisiera escribir un par de líneas que mostraran mi punto de vista freten a estas fechas, al menos unos reglones que dieran cuenta de mi forma de entenderlo, pero una vez más, como otras tantas, las ideas se me esfuman como arena que lleva el viento para crear dunas en otros lugares.

Por: Márquez. 


viernes, 22 de junio de 2012

Rompecabezas.


"- ¿Qué hace ud todo el día? - 
  - Me soporto- " E.M.Cioran. 





En efecto somos eso, nada. La sospecha de una futura muerte. ¿Futura?, no lo sabemos con exactitud.  Somos una manzana mordida lentamente por dientes débiles que temen romperse, una uva que se traga entera el 31 de diciembre como agüero para la buena suerte, un puñado de lentejas en los bolsillos. Ajo machacado en agua con sal, para los parásitos; el coco suficiente para el arroz. Somos, en parte, el rostro que aún conserva la foto que cuelga en la sala. El beso que le damos a mamá al despedirnos.  ¿Y qué más da? Si el tiempo, por más que intentemos atraparlo, se escapa a nuestro dominio. Se vuelve como el aire que se siente y hace estragos, pero se nos va por entre los dedos. Somos, en efecto, la suma de todas nuestras dudas. El perdón que nunca dimos y el olvido que no nos llegó. Esa mirada que nunca nos  dieron, el pedazo de corazón que nos robaron, la muela que nos sacaron y una canción de rock inolvidable en la cabeza.


Por: Márquez.