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lunes, 18 de abril de 2016

Nadie se cuestiona el mar


Hemos nacido tan cerca de él, que nadie lo cuestiona. Nadie pone en duda su existencia; como si fuese demasiado obvia para sugerir que, quizás, es solo un sueño colectivo. Que todos nacemos para caer en el juego de imaginar un espacio lleno de agua que almacena en su interior un poder secreto. Nadie se cuestiona el mar. Ni sus olas, ni su espuma, ni ese sonido que viene con él por las noches. Ni ese miedo que produce la oscuridad que lo abriga mientras sus aguas siguen cantando como sirenas de mil años.

Ha estado por tanto tiempo ahí, que nadie sospecha de él. Nadie piensa que un día podría levantarse y con una sola de sus piernas hundiría el mundo que conocemos. Lo vemos ahí, tragarse el sol cada tarde. Anidar en su vientre montones de peces y algas. Teñirse de los más variados colores. Enfurecer durante los días de lluvia. Comerse kilómetros de playa.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Onomástico

Quisiera escribir un par de líneas que mostraran mi punto de vista freten a estas fechas, al menos unos reglones que dieran cuenta de mi forma de entenderlo, pero una vez más, como otras tantas, las ideas se me esfuman como arena que lleva el viento para crear dunas en otros lugares.  Viene a mi cabeza esa otra idea fatalista de un tiempo implacable y de un cuerpo expuesto a todos los ataques, como el anuncio de un apocalipsis que año tras año nos sonríe en la cara. Tengo la impresión de estar en medio de un acto teatral con un juego de luces en mal estado, que no permite que nadie sea realmente la estrella de la obra; los guiones siempre en construcción y el maquillaje, ¡se nos corre el maquillaje! Lo cierto es que los mejores momentos para creer en algo,  es cuando todo parece ir en nuestra contra.  Y los años, como las noches, son sólo ideas pasajeras de una existencia en pleno que va mutando.

Yo sigo siendo esto, solo esto. Veinte años: esclavo de ideas absurdas e imposibles. En medio de Cioran y de Nabokov. Jugando a ser letrado y esforzándome por manejar una buena ortografía, como forma de escapar a las curvas de las calles en la que los otros se amontonan para pasar las noches. Y el porno sigue allí, llamando silencioso en los rincones del cuarto. Yo sigo siendo esto, solo esto. Dan las doce de la noche y me descubro mayor. Siguen mientras tanto los vecinos armando rumbas por todo.

¿Para qué medir el tiempo?  Una mañana vi a mi abuela y se miraba al espejo, vanidosa aún, pero con un aire melancólico rodeándola. Estaba luchando con los años en ese momento; con su peso, con sus arrugas. Ya no bastaba el maquillaje ni los conjuntos hechos a su medida, ahora era preciso algo más. Necesitaba detener el tiempo, evitar la fricción del aire con su piel, tomar menos pastillas para evitar la congestión de gases. Ese día renunció a celebrar su cumpleaños. Un cumpleaños es básicamente un recordatorio de cuánto llevas con vida. Y todos te sonríen, te felicitan, se sienten felices por ti. ¿Y tú, cómo te sientes? ¿Y mi abuela, cómo se siente? Hay globos, música, bulla, y luego cansancio.

Pero las cosas no paran. Mi prima de quince, se preocupa por las dos tallas que ha aumentado. Y culpa a los años de su nuevo peso. Quiere volver a tener doce y la cintura de aquella época. Esconde la barriga para sentirse mejor consigo misma, y usa blusas un poco más amplias que la ayuden a fingir otra silueta.

Mi papá duerme y ronca. Tose de un momento a otro y lo veo reducido a un cuerpo maltratado por los años, por los daños, por los estragos. Tiene una cicatriz profunda en la frente que es la huella de otros años, y sigue agarrando el cigarrillo como siempre. Así pasan los años. Me pasan por los costados tocándome con cuidadito mientras los otros sienten su abrazo. Yo sigo siendo esto, solo esto: veinte años, una columna de libros por leer, los zapatos sucios, y las manos nerviosas.  

Quisiera escribir un par de líneas que mostraran mi punto de vista freten a estas fechas, al menos unos reglones que dieran cuenta de mi forma de entenderlo, pero una vez más, como otras tantas, las ideas se me esfuman como arena que lleva el viento para crear dunas en otros lugares.

Por: Márquez. 


lunes, 19 de diciembre de 2011

Buscar trabajo: todo un oficio

Como esto se trata de retazos, he aquí una idea que llega a este blog. 

Para las personas desempleadas, he aquí decálogo sobre cómo buscar trabajo y no morir en el intento.

Quienes piensan que buscar empleo es sencillo, les cuento que su juicio no puede estar más alejado de la realidad. Muchas veces digo que mi trabajo es buscar trabajo. Lo digo porque los periodos en los que uno está desempleado, pasa por la delgada línea entre el ocio y aprovechar el tiempo al máximo en otras actividades. Si ya tienes experiencia laboral o eres recién egresado, da igual. Hagamos el ejercicio. 

Necesitas en primer lugar, disciplina. Levantarte temprano como si fueras a trabajar. Luego hacer una base de datos de empresas de interés, preferiblemente relacionadas con los gustos personales o de experiencias de trabajo anteriores. Así, dicen los entendidos, tendrás mayores probabilidades de ser contratado. 

Es necesario también agotar el recurso de amigos y conocidos, por aquello de la palanca. Luego viene una titánica y a veces carrera de resistencia haciendo llamadas y mandando mails. No podría explicar lo que se siente al levantar el teléfono, llamar una empresa y que conteste la recepcionista. Acto seguido dices, “me comunica por favor con Recursos Humanos”. 

A continuación existe una alta probabilidad de que en la extensión no contesten. Luego llamar de nuevo, un buen recurso es preguntarle a la recepcionista el número de la extensión, ya con él, marcas directo. Al segundo o tercer intento, contesta alguien, aconsejo no preguntarle a esa persona, pues es muy probable que sea la típica secretaria malgeniada que no sabe nada. 

 Por experiencia propia, puedo decir que es mejor pedir comunicación con el gerente de recursos humanos o la persona encargada de procesos de selección. Al gerente de recursos humanos también es muy probable que se lo nieguen, pero por lo menos la persona encargada de procesos de selección puede que sí le pase. 

 Si le pasa, es mejor ser breve, pues cuando las personas tienen trabajo te miran con cierto desdén, como diciendo “este desocupado”, como el nuevo rico que a menudo no recuerda cuando era pobre. Mejor un corto saludo y directo al grano. Lastimosamente le van a decir que no. Pero entre todas las que haga, es posible que alguna le diga el tan anhelado: “bueno mándeme la hoja de vida”. Cuidado se te olvida el mail o no apuntas porque ni se te ocurra volver a llamar. 

Las agencias de empleo o empresas especializadas en selección de personal, y ponerse una meta diaria de hojas de vida como salida al ocio, son una buena alternativa, así uno desde el fondo del alma, y con razón, sienta que no lo van a llamar nunca. 

Pero pensándolo bien, cuando eres recién egresado es peor. No tienes absolutamente nada en tu hoja de vida que te de “moral” al menos en tu persona, porque es evidente que no eres valorado por el mercado. En este punto se me viene a la mente que por algo muchos terminan de guerrilleros, de qué sirve pagar una universidad costosa, si da lo mismo tener un título que no tenerlo cuando no tienes experiencia. ¿Será que sí se valora tanto a la experiencia? Mentiras, creo que estoy exagerando demasiado, pero ser recién egresado sin experiencia es casi como sentirse ignorante o analfabeto.

Creo que cuando uno vive eso, llega al menos, a una escala mínima de madurez. Pues cuando de una vez por todas, logras conseguir un empleo donde te paguen 700 u 800 mil pesos, para que en tu casa dejen de mirarte mal porque no sales en todo el día y te toca pedir hasta los mil pesos para el bus o para ir a una entrevista de trabajo, te das cuenta de todo lo que cuesta escalar, que la vida no es color de rosa, que con suerte, al cabo de un año, llegues al millón y a los dos, millón y medio, si es que no te quedas sin trabajo y se repite de nuevo el ciclo. 

Te vuelves esclavo del crédito de Jamar o del pagadiario para pagar las crecientes necesidades, porque, ¿quién vive con eso? Muchas veces he pensado que el salario mínimo es un descaro, un eufemismo, un pajazo mental. Aún así, el gobierno dice que en último año se han creado 1 millón 536 mil nuevos puestos de trabajo, ¿pero dónde? 

Dicen que se necesitan obreros para construcción y empleos técnicos para la ampliación de industrias. ¿Entonces qué nos queda? ¿Para qué le pagan a uno colegio y universidad cara, si el mercado dice otra cosa? ¡Desarrollo a la inversa! También dicen que los institutos técnicos crecen sin control por todo el país, ¿estamos rompiendo paradigmas? ¿Adiós a las grandes universidades y centros de pensamiento? El mundo necesita es conocimiento técnico y por supuesto, experiencia. ¿El sentido crítico y analítico se está acabando?

¿Será que como cuando uno está soltero y se le nota el hambre, también la actitud de desempleado es contagiosa? ¿Vale la pena ser “humillado” todos los días por el teléfono y los correos que nadie nunca te responde? ¿O qué mejor estrategia existe para no sentirse morir en el intento?


Por:    Rafael Pereira. 

viernes, 9 de diciembre de 2011

Cuando la vida vale mierda.


Llegan armados y amenazan a todos. Le apuntan con su arma a la cabeza de una de las mujeres presentes en el lugar. Se llevan el portátil, las memorias USB, los bolsos y los celulares.  No contentos, hacen un disparo antes de irse. La gente queda asustada, con el corazón acelerado y con la sensación de haber perdido algo más que las cosas que lograron llevarse. Quizás, perdieron la tranquilidad para siempre. Los tipos se van en su moto. Aceleran. Así, sin más.

Entra al edificio, preguntan por alguien. La secretaria mira al muchacho sentado en el computador enfrente y el tipo asume que es a quien busca y le descarga el arma al muchacho. Luego de eso, baja como si nada en medio de la demás gente que anda en ese lugar. Sale victorioso a continuar con su vida, mientras a alguien le ha robado la suya.

Son solo un par de casos. Una pequeña muestra de las cosas que han empezado a ocurrir en esta ciudad. Nos estamos volviendo, una ciudad de miedos. Y aunque eso no es algo nuevo, pues, la sección de sucesos en el periódico local siempre ha sido una de las más leídas porque nos mostraba esa ciudad de peligros - lo que da cuenta, de una cultura del miedo reinante entre nosotros-, la cosa, ya empieza a volverse preocupante.

Preocupante, los sucesos que últimamente han ocurrido y que jamás hubiésemos sospechado. Tiroteos en plena calle. Asesinos motorizados. Tenemos tanto miedo, que ya son pocas las veces que nos sentamos hasta tarde en las terrazas de nuestras casas. Es que hoy por hoy, andar por ahí en las calles a ciertas horas es buscarse una mala hora. ¿Y es que esas calles no son nuestras? ¿En qué momento las perdimos y se volvieron las calles de esos otros dueños de la noche?

Sospechamos del vecino. Si lo matan, andaba en algún cuento raro. Como si justificáramos la muerte de las personas. Como si necesitáramos licencia para vivir. Y mientras tanto, en el mercado vemos la cantidad de películas caseras con escenarios callejeros en los que niños, niñas y jóvenes cargan armas y las utilizan sin el menor asco contra los otros. ¿Películas? Si así se puede llamar ¿Quién las hace? Pues, lo cierto es que tiene un público muy asiduo. Tanto así, que ves a la gente haciendo rondas entorno a las pantallas para ver las escenas violentas. Eso somos ¡Una ciudad de morbo por la muerte!  En la que nos parece genial, ver cómo alguien le quita la vida a otro. Y mientras, las pandillas en los barrios se matan unas a otras, y matan a los que nada tienen que ver con sus guerras.

Se necesita ser una sociedad muy podrida, para aceptar tantos crimines y situaciones de este tipo como el pan de cada día. Tenemos que ser muy cobardes para dejar que nos gane el miedo. Para permitir que nos roben las calles y los parques. Para dejar que los niños crezcan creyendo que hay personas con el derecho a quitarnos la vida. 

Y me pregunto: ¿Qué es la vida hoy en día? Una vez me dijeron que la vida valía mierda. Ahora sé que me mintieron. La vida hoy en día no vale ni mierda. ¿Qué estamos haciendo? ¿O qué hemos dejado de hacer? El tiempo corre y se hace urgente, despertar de nuestro letargo.


Hay quienes ya han pensado en esto: 


http://blog.chlewey.net/2011/09/viviendo-en-prisiones/

http://www.eluniversal.com.co/columna/%C2%BFnos-van-matar-todos

Por: Márquez. 

miércoles, 6 de julio de 2011

Un Vinito Blanco.




Pues, Cosmopolita, lo que se dice Cosmopolita, nunca he sido. Yo solo conozco mi ciudad, bueno, no en su totalidad. Ya saben. Esos barrios que uno escucha mencionar y que dice ¿Dónde queda eso? Así, muy parecido me ocurre a menudo. Y no es que sea una ciudad muy grande, o que yo sea ese tipo de personas que excluyen al otro por su estrato – vengo de uno muy bajo- , si no, que al parecer, nunca recorremos totalmente los caminos que tiene nuestra propia ciudad.
 
El punto aquí, es que eso de ser una persona de amplios horizontes geográficos no es una de mis características. Pero hago mis mejores intentos para ser parte de ese selecto gremio. Aprendo inglés como segunda lengua, para estar siempre a la altura de los tiempos. But, I need to improve my pronunciation. Leo literatura de algunos autores de otros países y además, estoy dentro de un club de danza contemporánea: nada más cosmopolita que saber mover los pies o la cintura, al son de cualquier tipo de música.
 
Sin embargo, siento que me cuesta trabajo la cosa. Eso de combinar una camiseta amarilla de franela con un pantalón corto azul cielo y unos zapatos color café, no va conmigo. Además, los accesorios extravagantes me dan algo de vergüenza. Collares de bolas extra-grandes de colores exóticos, son un ejemplo de lo que no usaría.
 
Pero, aun así lo sigo intentando. Fui aquella noche, a una de esas fiestas electrónicas que organizan en hoteles del centro de la ciudad. Esas mismas, donde ves gente de todas partes conversando alegremente mientras la música hace ¡Chis Pum! ¡Chis Pum! Me dolía la cabeza. No entendía nada. Unos jugaban billar. Otros estaban por ahí, - a esos ni siquiera les entendía lo que hacían -. Y ella, la chica drogada, bailaba colocando medio cuerpo tieso y agitando una pierna sin sentido alguno. Mis clases de baile, ante eso, se reducían a una pantomima sin sentido y hasta pasada de moda.
 
Dentro de toda esa gente extasiada, estaban los dos chicos que había visto comprándole a un jibaro en una esquina una bolsita con polvos blancos. Esos que los ponen más eufóricos, que los acerca más a la contemporaneidad, los hace más In y elitistas. Definitivamente, no entendía nada. ¿Cómo pueden bailar esa música? A mí que me pongan al Joe, a Diomedes, a Petrona o a los Aterciopelados.
 
Ese mundo de las fronteras expandidas, de los mundos explorados, de la inmersión de otras culturas no debería exigirme ser un anti-yo. Pero, en las esferas en las que me desenvuelvo los únicos aventajados, los adelantados, han sido los exóticos ¡Sí, esos! Los que son insoportables hablando de Sartre, de Lenin, y de García Márquez y el realismo mágico. Y los que sienten que su ombligo está sembrado en Europa o cualquier otro lugar del mundo ¡porque es más culto!
 
O esos otros, que se desgastan determinando cual es el buen cine, asumiendo su gusto como el acertado. Los que escuchan a Mozart y a Charlie García para tener orgasmos mentales, sin profundizar en el asunto. Y se declaran de izquierda, al mejor estilo del Ché, o Geeks del ciberespacio - por poco fundan la competencia de Microsoft-. Y yo, un pobre mortal.
 
Esa noche, luego de salir decepcionado de esa fiesta tecno, teniendo claro que jamás sería tan cosmopolita como para entrar en las altas esferas de la intelectualidad me fui a un bar de esos poco decentes y me cruce de piernas para, al menos, fingir ser uno de esos poseedores de la verdad.
 
Se me acercó una mujer medio ficticia –no solo por la silicona- si no, por sus ademanes de una Marilyn Monroe reencarnada, ¡hasta vestido blanco llevaba! Me sonrió y con su dedo en mi pecho me pidió que la invitará a un trago. ¡Al menos plata tenía! Bueno, ya saben cómo es eso de tener plata ¡70.000 incluido el Taxi!
 
Sin duda alguna, me alegró la noche. No me habló de lo efímero del mundo o de las causas del escepticismo electoral. Pero me contó chiste buenísimos, de esos con doble sentido. Terminé en su cuarto, bastante aliviado. Entendí que si al menos no lograba entrar en las esferas de los Oráculos del conocimiento, podía tener buen sexo.
 
Pues, Cosmopolita, lo que se dice Cosmopolita, nunca he sido. Tengo pensado un viaje a la capital, para presumir tener, cuando menos, unas horas de vuelo. Fumar no es mi fuerte, suelo ahogarme. Así que por eso no le entro a la Marihuana. En estos días, los he visto de lejos, todos rellenados en sus puestos. Satisfechos. Con sus ropajes, porque no se visten como los mortales. Ellos están más allá. Prefiero, desde entonces, seguir en mi mierda, con mis líos y con un buen sexo.

Por: Márquez.