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miércoles, 5 de agosto de 2015

La tierra y la sombra o el retrato sobre la pared



En casa de mi abuela hay unretrato. En él, aparecen mi mamá y mis dos tíos cuando eran niños. El mayor de los  tres está  a la izquierda sosteniendo al bebé que es mi tío el menor quien aparece sentado en un taburete de esos que forraban con cuero de vaca, y  a la derecha se ve la niña que era mi mamá, tapándose la boca. Aquel retrato cuelga en la pared, como señal de un pasado caprichoso que se encierra en aquel rectángulo, en los ojos de aquellos niños, para recordarnos con nostalgia que el tiempo siempre sigue su curso. Como en la Tierra y la Sombra, película colombiana ganadora de la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el festival de Cannes, en la que el tiempo sigue su curso dejando un halo de nostalgia y abandono a su paso.  

En la primera escena vemos el regreso de un hombre (Haimer Leal) que, tras años de haber abandonado su casa, vuelve para cuidar a su hijo enfermo (Edison Raigosa) mientras su mujer (Hilda Ruiz) y la esposa de su hijo (Marleyda Soto)  tienen que trabajar como cortadoras de caña. Llega a la casa para ser recibido por su nieto (José Felipe Cárdenas), un niño que lo primero que hace es preguntarle si él es su abuelo. Aquel cuadro, en el que el niño y el hombre se encuentran en la puerta, podría ser un retrato, una señal del encuentro de dos tiempos: el pasado representado en el hombre que regresa y el presente, encarnado en la inocencia de un niño que vive rodeado de adultos. Pero al mismo tiempo, ese encuentro en una apuesta por un cambio hacia el futuro. 

miércoles, 16 de julio de 2014

Siempre nos quedará la televisión… y Facebook


Esta generación en la que yo crecí, por muy intelectuales que nos propongamos, por muy entendidos, tuvo un comienzo común: la televisión. Sin asomo de vergüenza lo digo, empecé con ella. Esa caja mágica en la que podíamos conocer otras formas de ser felices.  Primero girábamos un botón e íbamos sintonizando algún canal captado por la antena de aire.  Y luego, quedábamos fascinados. Yo fui de esos que tuvo un televisor análogo, que mi mamá puso en el multimuebles de la sala y que se volvía el centro de nuestra atención por las noches. Pero a decir verdad no recuerdo mayor cosa de aquella época.  Sin embargo, haciendo un esfuerzo empezaré a reconstruir algunas aristas de aquellos días de televisión. Empecemos por el Coyote y el Correcaminos con sus agujeros marca ACME. Mañanas de sábado con esos dos en su insistente relación de amor y odio. Luego, aquel especial de cine, una suerte de tributo a Steven Spielberg, en el que mis hermanos y yo nos vimos E.T. y Tiburón. Cabe resaltar que mi mamá siguió llorando, desde entonces, cada vez que veía E.T. Hubo otro momento, un especial de cine de terror en el que, todos juntos, con las puertas cerradas, nos vimos El resplandor, It y no recuerdo las otras.  Sí, todo eso en la televisión. No había otra forma para nosotros abrirnos al mundo. Luego de esas películas de terror, teníamos miedo a caminar por los pasillos de la casa cuando todo estaba oscuro. ¿Y si nos salía el Payaso? 


lunes, 9 de septiembre de 2013

ASTROLOGÍA para trasnochadores.


Enciendes el televisor después de medianoche y encuentras a dos mujeres hablando del futuro de otras personas.  Dicen poder ver en las cartas las cuestiones más decisivas de tu vida, poder escudriñar y descubrir eso que intentas ocultar. Los astros, las constelaciones, todo el universo conspirando para orientar tu vida hacía algún punto. Esa es la esperanza, creer que una fuerza más allá de nosotros nos ayuda a orientar el camino, que las cosas que nos ocurren aquí en la tierra no son el resultado de nuestras acciones, sino el producto de una línea trazada por quienes conocen de antemano el propósito de nuestras vidas.

El programa continúa y las llamadas no se hacen esperar. La gente pregunta por su situación económica, por su relación con tal persona, por el trabajo que tanto desea.  Y la respuesta siempre está ahí, llena de generalidades, jugando con las expectativas que uno mismo se hace sobre las posibilidades de que algo bueno pase. La astrologa, sonriente, mira con tranquilidad, envuelta en su aura de autosuficiencia y superioridad, mientras dictamina lo qué es y lo qué no es sobre la vida del televidente de turno que esté al teléfono.

Todo parece un montaje – y seguramente lo es- cada llamada, cada pregunta. Pero, cuando recuerdo lo que alguna vez leí comprendo lo preocupante del asunto.  Los entendidos de la comunicación dicen que los medios ayudan a construir realidades; que lo que vemos en la pantalla del TV, lo que leemos en el periódicos, lo que escuchamos en la radio y lo que internet nos ofrece, lo validamos constantemente cuando salimos a la calle o cuando vemos que otro medio dice lo mismo, y empezamos a hacernos una idea del mundo que vaya acorde con esas imágenes. Lo que termina siendo un círculo que no tiene claro su comienzo ni su final. ¿Qué pasa entonces con esos programas que parecen no ser tan complejos?

Cuando alguien enciende su televisor, me lo imagino viéndolo y preguntándose por su suerte. Queriendo hacer la llamada para obtener esa respuesta inspiradora que lo haga creer que aún es posible. En un país que cada día nos muestra su lado más oscuro, en el que los medios sirven a una maquinaria que lo acapara todo, los astros son el libreto que dios nos dejó para que encontráramos el camino. Una suerte de mapa que nos permite identificar el camino correcto. Por eso, esa pantomima mediática de medianoche, sirve para captar la atención de algunos que no puedan dormir por las preocupaciones y que, luego de ver el programa, quieran acercarse donde un experto de esos a conocer su futuro antes de que le llegue.

Las líneas de la mano, el iris del ojo, la taza de café, el tabaco. Todos esos medios para poder descifrar qué nos viene. Y las abuelas llenas de ilusión corren a prevenirse, escuchan con atención a Janin o al Profesor Salomón, para saber qué tienen que decir sobre Géminis o Piscis. La mamá de mi amigo va donde un señor que sabe interpretar los sueños, como José en la biblia. Esperanza. Todos buscan esperanza. Como el papá de Andrés que cada quince días se toma una taza de café y la guarda hasta llegar donde la vieja Clotilde.  Y sale sonriente porque le dijeron que todo iría bien.


Los medios abren espacio a esos espejismos de esperanza para satisfacer a un público que lo pide (?), pero se niegan a otros espacios (digamos, más críticos, más propositivos, mejor pensados). Por suerte esas mujeres solo aparecen en el horario de la medianoche, casi junto al programa sobre la defensoría del televidente. Es que es más sencillo, luego de horas de farándula y telenovelas, entregarle a la gente capsulas de ilusiones en las que la vida parece un cuento, que como todo cuento, tiene un posible final feliz. Y bajo esa premisa la gente vive feliz, todos vivimos felices, buscando en las estrellas la respuesta a nuestras miserias. Y lo peor, es que consciente de todo esto, no apagué el televisor hasta que no hablaron de mi signo.



Por: Márquez. 

viernes, 24 de mayo de 2013

Despertar.


"Estar despierto" trae su propia responsabilidad, una pulsión de amor por el otro. IlBambino.


Hace días intentaba escribir un post sobre un cartel que vi en un puesto de salud que ya debería estar listo para atender a no sé cuantas personas. El cartel, era la voz de alguien que se atrevió a decir “elefante blanco”, como protesta al engaño que ha representado ese lugar para todos los habitantes de ese sector. Les  hablo de  la  esquina de la cruz roja, paso necesario para todo los que cogen microbús y se bajan por el estadio de San Fernando y toman caminos a los distintos barrios que quedan por esos alrededores. Un espacio clave en la geografía de la gente, tanto así, que aún hoy, cuando el puesto de salud que conocían con ese nombre no existe, todos entienden de qué lugar hablan.

En aquella ocasión el texto empezaba así: “estamos acostumbrados a resignarnos a lo que nos toca. A pensar que el gobierno nos hace favores. Vamos por las calles lamentándonos de la situación actual mientras disculpamos con argumentos flojos la falta de compromiso de quienes ostenta el poder.  Se nos olvida por completo cómo llega toda esa gente a ocupar sus cargos.

Yo mismo me he visto reducido al silencio cuando veo a una señora lanzar la basura por la ventana del bus, en un acto mecánico que no le despierta el menor conflicto. Uno de tantos comportamientos que hemos llevado a la cotidianidad de nuestras vidas, como algo normal que no debe generar el mínimo asombro. Sin embargo, iba caminando cuando descubrí una señal que me mostró que, tal vez, aún hay posibilidades”.



Ahora que lo pienso, si creo que haya posibilidades. Pero decidí cambiar la intención del texto, porque el anterior iba cargado de demasiada desesperanza.

Lo que aquel cartel muestra, es que existe una inconformidad en nosotros. Que en el fondo sabemos que debemos reaccionar, pero pasa algo. Es como un letargo, es la costumbre a pensar que vendrá un ser divino y traerá la justicia. No obstante, el germen sigue allí, taladrando en la cabeza de todos. Hablándonos en voz baja para ir dejando esa sensación de vacío, de desigualdad.

Por eso, creo en la gente joven. En los que se sientan a cambiar el mundo con palabras. En los que se cuestionan el sistema. En los que se siente llamados al arte, la política, los medios, la ciencia, la revolución. Creo en todos esos locos, que andan por el mundo creyendo en proyectos que nadie financia. Pero seguía faltando algo.

En estos días llegó como iluminación. Si, hacía falta algo. Faltaba amor. Una pulsión de amor, como dijo mi amigo. Porque para despertar en esta ciudad que, como bella durmiente espera su príncipe, se hace necesario liberar ese pulso de amor por el otro, esa capacidad de ponernos en el lugar del vecino, de darle la mano, de decirle “no tire la basura por la ventana”. Hace falta que algo nos trastorne y nos haga actuar. Que nos saque del confort, de los cuartos, de los blogs, de los computadores. Necesitamos amar una causa más allá de nosotros, para que el somnífero deje de hacer efecto y sintamos la necesidad de arder.

Hagamos arder a Cartagena. Hagamos que la gente sienta que el único miedo posible es el de morir encerrados en nuestras casas, en nuestros cuartos, esperando la salvación. Salgamos a comernos la ciudad, a exigirle a la clase dirigente, salgamos a montar a nuevos nombres y nuevas caras en esos cargos. ¡HAY QUE DESPERTAR! Más carteles como los que vi, más gente loca liderando el mundo.


Por: Márquez.

lunes, 9 de abril de 2012

Todos con el mismo corazón.


La Cumbre de las Américas nos tiene sensibles a todos. Es que tantas medidas de seguridad nos hacen sentir como si fuésemos culpables de algo, o sospechosos o ajenos a este lugar. Imaginen que van por la calle y se cruzan con los antimotines uniformados como para detener a un batallón, caminas más y ves a los de verde circulando y cercando a cualquier persona extraña para que coja su rumbo por fuera del centro y eso, sin contar con las tanquetas que están allí formando parte del paisaje. ¡Medidas de seguridad en todos lados! Como si éste fuese un cuento de terror. Pero bueno, todo sea por la Cumbre.

El punto aquí no es seguir hablando de lo mismo, es otra cosa. Me llamó la atención los carteles luminosos que hay en distintos puntos del Centro Histórico, letreros que además de toda su luminosidad muestran mensajes bastante particulares que reafirman toda la seguridad que debe sentirse durante la Cumbre. Me referiré a uno en especial, un mensaje que muestra el slogan de La Policía Nacional y que reza: Todos con un mismo corazón. 

¿Y qué es lo que me sorprende? ¿Acaso no son ellos los héroes de este país? Pues bien, pude morir de la risa al leer el mensaje. Se refieren al corazón de quién exactamente, me pregunté.  ¿Será acaso al mismo corazón de los estudiantes a los que atacaron con gases lacrimógenos cuando se luchaba contra la ley de educación?  ¿Será el mismo corazón de los que se sintieron agredidos el día de la Marcha de la Diversidad sexual? ¿Será el mismo corazón de los que requisan simplemente por el poder que sus uniformes y sus armas les “otorgan”? ¿Será el mismo corazón de los que protestaban contra el Juan Valdez de la Plaza de la Paz  y que ellos arrinconaban con la excusa de que molestaban a los clientes del lugar? Eso, solamente refiriéndome a la parte local.

Como una institución que en más de una ocasión demuestra que el ciudadano es su menor importancia, puede atreverse a suponer que siente con el mismo corazón de la gente. Basta con salir a la calle y ver las reacciones de más de una de las personas que se cruzan con los uniformados. El rechazo y la antipatía que la Policía Nacional  despierta en la gente debería ser motivo de preocupación para la institución misma, pues, no deben olvidar que no hay autoridad sin una legitimación del pueblo.

Quizás, el problema de fondo con los que se supone deben garantizar nuestra seguridad y el orden público es que a veces – muchas veces- hacen parecer que ese sentido de su labor, queda desdibujado frente a necesidades más importantes de estamentos de mayor rango. Y es que, como puede la gente sentir con el mismo corazón de ellos cuando desconfían de cualquier acto que estos lleven a cabo. Porque si de algo se habla, es de lo torcido que es ese brazo verde de nuestra ley – y eso, no lo digo yo-.

Por mi parte, me resulta imposible sentir con el mismo corazón de aquellos que un día me hicieron sacar todo del bolso para ver qué llevaba. Y que no dieron más excusa que mi apariencia, pues al parecer, tenía mal aspecto (?). Me disculparán ellos como institución por juzgarlos a través del accionar de unos pocos, pero cuando se tiene un uniforme lo que más importa es cuidar la imagen que la gente puede tener no sólo de la persona que porta el uniforme en cuestión, sino, de la institución misma. Pero sobre todo, porque lo que debería importar es cómo se siente el ciudadano frente a quienes debe garantizarles una vida segura y respetable.

La pregunta detrás de todo esto, es cómo asumen los de Verde esa dicotomía entre la imagen que se supone deben tener y la que realmente tienen. Valdría la pena hacer un listado de todos los percances que hemos tenido con los funcionarios de esta entidad por sus abusos y sus malos tratos, en ocasiones, injustificados para entrar a debatir con ellos si realmente creen merecer ese slogan.  Me pregunto ahora, ¿Uds. siente con el mismo corazón de la Policía Nacional?


Por: Márquez.

martes, 14 de febrero de 2012

Del inconveniente de no estar dormido.

Son La 12.06 de la A.M, al menos, eso dice el reloj. En el televisor pasan “El Pianista” sin subtítulos y en su idioma original. Mi abuela en la cocina acomoda platos con una sinfonía conocida: el tin tin que se produce cuando un plato choca contra otro. Me pregunto qué hago viendo una película que ya vi y que ahora no entiendo. Veo al protagonista conviviendo con la soledad y con el miedo. Quizás es sólo coincidencia que muchos de los que me rodean, vivan en la misma situación.

Recuerdo una frase de E.M. Cioran en “Del inconveniente de haber nacido”: “No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas – lo cual vale más que tratar de llenarlas.” El libro reposa sobre mi cama, mientras el protagonista de la película toca la puerta de no sé quién pues no entiendo lo que dicen. Cambio de canal. Paso de uno a otro sin prestar mucha atención. Si de elegir se trata, siempre tomo extrañas decisiones. El boxeo me resulta un deporte en extremo rudo. Eso es lo que veo en el televisor. Pero lo cierto, es que no hay nada que más nos identifique como un deporte pobre que ha sido desplazado y que es el refugio y la esperanza de los pobres que lo practican. Cambio de canal.
La imagen de la portada del libro de Cioran, me mira con insistencia. Se ve algo meditabundo el tipo. Como quien se preocupa por el futuro, cuando el futuro quizás no exista. El ventilador gira sin interrupciones, mientras Sandra Bullock se despide de Ben Affleck.  La película lleva por título “Fuerzas de la Naturaleza”. Descubro en ese instante,  la carta que mi primita me escribió. La leo con detenimiento. Es un corazón grande con uno más pequeño dentro. Está decorado con líneas de colores por todo el borde de la hoja. Dijo que era para mí, porque me quería mucho. Me lo dijo al oído. Creo que era un secreto. Afortunada ella, que aún ve el mundo pintado de colores, tantos como los que usó para decorar la carta.
La lluvia cae sobre Sandra y Ben, allá en la película. Me percato que mi abuela se ha ido a dormir. Quizás, la vida sea como estos momentos de nada, en los que todo pasa sin ser sospechado y en los que el mundo camina en una delgada línea de tiempo constante. ¿Acaso está avanzando el tiempo? ¿Es de día o aún es de noche?
Entonces dice ella -la de la película- de un momento a otro: “la vida es como un corto paseo”. ¿Corto paseo? El mío parece más corto que el de cualquier otro. ¿Otro? ¿Con quién me comparo? ¿Acaso importan estas líneas sin sentido? Y justo entonces, pienso en ti.
¿Has visto cómo las nubes se quedan inmóviles en el cielo? ¿Cómo los árboles se quedan quietos sin mover una sola hoja, ni rama? Justo así me siento ahora. Quieto. Quizás la vida sea en resumen como este momento. La noche silenciosa, el techo aburrido de siempre, y el aire del ventilador. La casa cerrada. Las puertas con llave. Todo seguro. Y aún el miedo. Al igual que Cioran no hago nada, pero las horas se me van con el lápiz y el papel. Mi abuela cree que el problema es dormir demasiado. Pero la verdad es que el problema, es no estar dormido.
Por: Márquez.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Buscar trabajo: todo un oficio

Como esto se trata de retazos, he aquí una idea que llega a este blog. 

Para las personas desempleadas, he aquí decálogo sobre cómo buscar trabajo y no morir en el intento.

Quienes piensan que buscar empleo es sencillo, les cuento que su juicio no puede estar más alejado de la realidad. Muchas veces digo que mi trabajo es buscar trabajo. Lo digo porque los periodos en los que uno está desempleado, pasa por la delgada línea entre el ocio y aprovechar el tiempo al máximo en otras actividades. Si ya tienes experiencia laboral o eres recién egresado, da igual. Hagamos el ejercicio. 

Necesitas en primer lugar, disciplina. Levantarte temprano como si fueras a trabajar. Luego hacer una base de datos de empresas de interés, preferiblemente relacionadas con los gustos personales o de experiencias de trabajo anteriores. Así, dicen los entendidos, tendrás mayores probabilidades de ser contratado. 

Es necesario también agotar el recurso de amigos y conocidos, por aquello de la palanca. Luego viene una titánica y a veces carrera de resistencia haciendo llamadas y mandando mails. No podría explicar lo que se siente al levantar el teléfono, llamar una empresa y que conteste la recepcionista. Acto seguido dices, “me comunica por favor con Recursos Humanos”. 

A continuación existe una alta probabilidad de que en la extensión no contesten. Luego llamar de nuevo, un buen recurso es preguntarle a la recepcionista el número de la extensión, ya con él, marcas directo. Al segundo o tercer intento, contesta alguien, aconsejo no preguntarle a esa persona, pues es muy probable que sea la típica secretaria malgeniada que no sabe nada. 

 Por experiencia propia, puedo decir que es mejor pedir comunicación con el gerente de recursos humanos o la persona encargada de procesos de selección. Al gerente de recursos humanos también es muy probable que se lo nieguen, pero por lo menos la persona encargada de procesos de selección puede que sí le pase. 

 Si le pasa, es mejor ser breve, pues cuando las personas tienen trabajo te miran con cierto desdén, como diciendo “este desocupado”, como el nuevo rico que a menudo no recuerda cuando era pobre. Mejor un corto saludo y directo al grano. Lastimosamente le van a decir que no. Pero entre todas las que haga, es posible que alguna le diga el tan anhelado: “bueno mándeme la hoja de vida”. Cuidado se te olvida el mail o no apuntas porque ni se te ocurra volver a llamar. 

Las agencias de empleo o empresas especializadas en selección de personal, y ponerse una meta diaria de hojas de vida como salida al ocio, son una buena alternativa, así uno desde el fondo del alma, y con razón, sienta que no lo van a llamar nunca. 

Pero pensándolo bien, cuando eres recién egresado es peor. No tienes absolutamente nada en tu hoja de vida que te de “moral” al menos en tu persona, porque es evidente que no eres valorado por el mercado. En este punto se me viene a la mente que por algo muchos terminan de guerrilleros, de qué sirve pagar una universidad costosa, si da lo mismo tener un título que no tenerlo cuando no tienes experiencia. ¿Será que sí se valora tanto a la experiencia? Mentiras, creo que estoy exagerando demasiado, pero ser recién egresado sin experiencia es casi como sentirse ignorante o analfabeto.

Creo que cuando uno vive eso, llega al menos, a una escala mínima de madurez. Pues cuando de una vez por todas, logras conseguir un empleo donde te paguen 700 u 800 mil pesos, para que en tu casa dejen de mirarte mal porque no sales en todo el día y te toca pedir hasta los mil pesos para el bus o para ir a una entrevista de trabajo, te das cuenta de todo lo que cuesta escalar, que la vida no es color de rosa, que con suerte, al cabo de un año, llegues al millón y a los dos, millón y medio, si es que no te quedas sin trabajo y se repite de nuevo el ciclo. 

Te vuelves esclavo del crédito de Jamar o del pagadiario para pagar las crecientes necesidades, porque, ¿quién vive con eso? Muchas veces he pensado que el salario mínimo es un descaro, un eufemismo, un pajazo mental. Aún así, el gobierno dice que en último año se han creado 1 millón 536 mil nuevos puestos de trabajo, ¿pero dónde? 

Dicen que se necesitan obreros para construcción y empleos técnicos para la ampliación de industrias. ¿Entonces qué nos queda? ¿Para qué le pagan a uno colegio y universidad cara, si el mercado dice otra cosa? ¡Desarrollo a la inversa! También dicen que los institutos técnicos crecen sin control por todo el país, ¿estamos rompiendo paradigmas? ¿Adiós a las grandes universidades y centros de pensamiento? El mundo necesita es conocimiento técnico y por supuesto, experiencia. ¿El sentido crítico y analítico se está acabando?

¿Será que como cuando uno está soltero y se le nota el hambre, también la actitud de desempleado es contagiosa? ¿Vale la pena ser “humillado” todos los días por el teléfono y los correos que nadie nunca te responde? ¿O qué mejor estrategia existe para no sentirse morir en el intento?


Por:    Rafael Pereira.