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miércoles, 25 de noviembre de 2015

Secretos de Teatreros

En el año 2008 estuvimos entre bambalinas en la presentación de la obra "Del otro lado, nunca olvidas", rastreando algunos secretos. 


En un extremo, un banco con una tela roja daba la impresión de una pequeña mesa. Sobre esta, una botella de vino tinto y una copa. Al otro lado, un banco un poco más alto igualmente decorado, pero en éste, un teléfono fijo bien instalado. Entre cada uno de ellos había una distancia perfectamente calculada y dividida por un baúl que llenaba de incógnita el escenario.

Una colcha de cuero negro cubría todo el piso. Mientras unas telas rojas sostenidas a penas por unos delgados alambres, que desaparecían cuando la penumbra se asomaba, eran el elemento que daban a todo el conjunto la sutil sugerencia del romance y la pasión.  Detrás de todo lo anterior, un telón negro suponía que algo más se ocultaba. El secreto de los teatreros, ese que jamás debe ser revelado.

Jota había caminado varias calles sin poder conseguir el par de pilas que necesitaba, para cargar la cámara que tenía. En el Centro Histórico es sencillo hallar turistas, artesanías y precios elevados,  pero, un par de pilas doble AA alcalinas solo se consiguen si estamos cargados de una gran dosis de paciencia y determinación, más aun, cuando son las 6:45 de la noche y lejos de los centros comerciales.

Arnaldo, suele preparar cuidadosamente cada detalle de su obra. Nada es poco importante. Nada merece menos atención. Ser el director es algo que requiere compromiso, y Arnaldo lo sabía. Además, cuando se ha sido actor y espectador, se tiene una visión de lo que se quiere mostrar. Aun así, no se puede evitar sentir estrés.

lunes, 18 de agosto de 2014

Polaroid: Mandela tiene otras formas


Por las calles, los fines de semana, escuchas el picó estallando. La música anda por los rincones y la gente es como un montón de hormigas de colores que huelen a alcohol. Las calles se vuelven espacios de convergencia de un mundo alterno que, durante la semana, anda por los bordes. Es una euforia colectiva que nos toca a todos.  En el billar se reúnen.  Van llegando y armando grupos, van apostando. Las victorias se miden en plata y en cervezas. Como si el dinero fuera una necesidad pasajera y el alcohol un regalo de los dioses, cualesquiera que estos sean.

Todo termina en la esquina. El cruce necesario para llegar a la carretera principal. Una ruta de tierra amarrilla que se desmorona por los costados. Una línea recta con baches en el trayecto, que va surcando el espacio y descubriendo las entrañas de un barrio que se vive en los límites. Justo allí, en esa esquina,  estaba la vaca que nos miraba con su cara torcida. El pintor había fallado en su perspectiva, logrando crear un efecto extraño. La vaca tenía los ojos mirando hacia el frente y el hocico a la izquierda. Si la mirabas fijamente, algo en ella no te cuadraba. Te daba la impresión de no estar tan bien hecha. El artista callejero del barrio, en un ataque de creatividad, intentó innovar. El resultado fue aquella figura deforme que miraba a todos los que se paraban en la esquina. 


lunes, 16 de junio de 2014

¿A dónde fue Peter Pan?


El escenario aparece. Wendy empieza a leer un cuento de  piratas a los niños. Estoy esperando para abordar al avión.  Hay una sensación extraña en el estómago, quizás sea ansiedad, o simplemente hambre. Todas las luces son blancas. Wendy lee con dedicación y los niños imaginan que son ellos los personajes de ese cuento.  Tres camas y un perro a los pies de los niños. Subo con cuidado para no evidenciar mi inexperiencia. Busco la silla y me acomodo. El avión despega y empiezo a ver el mar como quien admira un cuadro impresionista. La luz sobre las formas.

Ahora los niños duermen. Todo está en calma. Una señora a la derecha insiste en comentar la obra. Peter pan llega volando. Las nubes son ficciones gaseosas, el avión las atraviesa y yo imagino que un castillo se eleva desde un cúmulo a lo lejos.  Ahora debo estar de cabeza, pienso. De cabeza como le pasa a algunos personajes en las películas. Peter vuela, recorre el espacio y aterriza cerca de los niños, camina con cuidado y una luz verde hace un ruido de campana.

viernes, 10 de enero de 2014

El fantasma de los años escolares pasados.

La memoria, ese espacio de nuestra mente en el que albergamos todos esos pedazos de tiempo en los que éramos otros, quizás los mismos, pero en contextos distintos. Esa memoria que nos mata a veces con  el collage de historias que construyen caminos que van surcando nuestros rincones más sensibles, es la misma que nos llena de una nostalgia sonriente cuando revivimos ese antes que sigue tan presente.

Recuerdo la escuela, el edificio que se mostraba enorme ante mis ojos, el patio, los palos de mango. El reencuentro con todos esos alumnos de épocas diferentes me ayudó a entender que simplemente no podemos evitar pertenecer a algo. A una comunidad, a un grupo de amigos, a un grupo de estudio, a un taller literario, a una familia. Ellos estuvieron antes y después de que yo en ese mismo espacio. Algunos recorrieron esos pasillos cuando aún no tenían baldosas, y otros los recorrieron cuando la sala de informática tenía internet banda ancha.

Yo recorrí esos pasillos cuando faltaba un año para cambiar el uniforme. Conocí a  mis amigos en ese patio eterno, el mismo en el que desplegábamos la imaginación para construir historias de culebrones en los que  los protagonistas terminaban felices. Comimos en el restaurante un “chosy de pollo” que luego descubrimos no se llamaba así y un jugo de corozo fermentado.

El colegio se nos mostró como una casa amiga en la que era posible ser santos, la única condición era estar siempre alegres. ¿Pero cómo vivir alegres cuando nuestros hogares tenían problemas? Quizás ese era el reto. Por eso Don Bosco estaba siempre ahí, con su cara sonriente, a pesar de su historia.  Y nosotros crecimos en medio de la fe a Dios y a  María Auxiliadora, entonando canciones que nos recordaban que “no ha nacido amigo para estar triste”.

Supe ese día del reencuentro que todos habíamos cantado lo mismo. Que todos éramos parte de ese mundo salesiano que nos enseñó a compartir con el otro, a ser amigos para ser felices. Por eso recordé a mis amigos, sus caras sonrientes, sus cuerpos lánguidos, los cuadernos y las tareas, la misa cada 24 de mayo, las olimpiadas y nosotros caminando por cada pasillo, cada uno a su propia velocidad, construyendo el mundo ideal que luego entraría en crisis con lo que afuera nos esperaba.

La casa que acoge, la iglesia que evangeliza, el patio para ser amigos, los talleres para formar en el trabajo que dignifica. Todo eso era nuestra escuela. Nosotros con el uniforme haciendo la fila cada mañana para recibir los buenos días, una enseñanza cada mañana, un regaño, una noticia, como metáfora del tiempo, de ese que parece estar estático y cuando menos lo creemos, nos sorprende. ¡Estamos por graduarnos!

Luego, nos quedan las fotos. Los amigos que ríen contigo cuando el tiempo pasa. Te siguen quedando las historias, esas que parecen imposibles. El edificio cambia, los profesores son otros, los alumnos son distintos, cada generación tiene su peculiaridad, pero existe algo que se mantiene. Es como un olor, una presencia, una historia, un color, algo, no sé bien qué. Pero lo veo en los ojos de todos los que egresan del colegio, es una señal, una marca. Mis amigos la tienen, mis compañeros de clase la tienen. Es como la luz que nos queda luego de haber intentando ser santos y felices, cada uno a su manera. La que nos invita a seguir intentado ser felices, y ya no tan santos.


 Por: Márquez. 

miércoles, 20 de marzo de 2013

[Des] Esperanza.


He pretendido contar falsas historias sobre mundos posibles que existen al alcance de la mano. Me he mantenido al margen de todo esto  - esto es cualquier cosa y puede ser todo- , con el único fin de no aceptar la realidad que me circunda. Rendido y sumido en mis propias ideas, divago entre las calles y los buses zombis, volviendo a ser el andante sin rumbo que siempre he sido. ¡Existe todo en el recuerdo!

El vendedor de chicles, el humo de los cigarrillos, el pito de las motos. La mujer en embarazo, los niños que se suben y cantan algo que pretender ser  un rap cristiano. La monotonía de ir y venir. El calor que se cuela por cada rincón. La brisa de Agosto.  Y esta ciudad odiosa y mezquina no puede evitar burlase de nosotros. Allí, vagando por los huecos que van dejando los personajes de esta novela, sigue muriendo está ciudad maldita de piel desteñida.

Cada día le pertenezco menos. Cada día me atormenta más su rechazo, su agonía, su desamor. Pero sigo viajando en medio de los rostros distantes, escapando en las líneas de algún poeta que pretenda conocer el dolor de vivir en una tierra a la que no le duelen las entrañas y pare hijos, que luego le sacarán los ojos. 

Compré como muchos la idea del futuro mejor que venía con el diploma. Soñé con lo posible de lo imposible. Quise creer en la fuerza de otorga tener disciplina o al menos, fingir tenerla. Pero siguen sentándose en las sillas altas los mismos. Siguen jugando a ser dueños y poseedores de todo, esos otros más afortunados.

Yo he visto gente talentosa. Pensadores asombrosos. Críticos que dan en el punto, personalidades coherentemente construidas. Pero siempre es el mismo destino. Terminamos siendo caminantes todos. Erráticos. Tristes. Grises. Pobres. ¿Cuál es el futuro?

He pretendido contar falsas historias sobre mundos posibles que existen al alcance de la mano. He intentando mantenerme en pie, para no escuchar que me han faltado ganas. Sigo estando al margen de todo esto – cualquier cosa o todo eso-, pero se estrella contra mí esa realidad hedionda que nos rodea.  He vuelta a caminar sin rumbo, hundiéndome en los recuerdos del pasado. Sigo construyendo una ciudad distinta con mis amigos en las plazas y en los salones. Vivo solucionando los problemas de esta ciudad con la boca. ¿Cuál será la respuesta? ¿Huir de aquí o seguir intentándolo? ¿Nos han faltado fuerzas?


Por: Márquez. 

martes, 17 de abril de 2012

Fragmentos.



Quisiera tener un recuerdo conmemorativo semejante de todos y cada uno de los seres que he querido en el mundo. Y no es solamente el parecido lo que precio en tales casos, sino las asociaciones y la sensación de proximidad que la cosa supone... el hecho de que la sombra misma de la persona esté allí, fija para siempre. En lo que pienso es en la santidad misma del retrato, y no, no me parece tan monstruoso de mi parte, decir justamente aquello contra lo que mis hermanos se oponen con tanta vehemencia, a saber, que prefiero uno de estos relicarios de un ser querido antes que el más noble de los trabajos jamás producido por un artista.-Elizabeth Barren (En carta a Mary Russell Mitford, 1843)”. Sontag, Susan (2006).



Álbum: 




1.  Una linea se proyecta allá donde no podemos ver más. En ella el mar y el cielo se besan, y una nueva tierra empieza a cobrar vida. Esa misma linea se hace perpetua, se extiende más y más. Siempre más. Ellos juegan, pescan, sobreviven: ¡Son anfibios!  



2. Adentro la gente va inmersa en su propia historia. Afuera, la ciudad se vuelve un paisaje en movimiento que va intercalándose entre la aceleración constante y el freno repentino. Adentro, somos extraños buscando adivinar al otro. Afuera, todos son rostros que se confunden entre emociones apenas visibles.



3. La historia que se mantiene en pie y se desdibuja en la memoria. La historia que hay que construir y dejamos que otros construyan. Las flores crecen cerca del monumento, y juegan a verse sin opacarse. El gris y ellas amarillas. El imponente y rencoroso; ellas, sencillas y coquetas.



4. Hermanos desde siempre. Allí por quién sabe cuánto tiempo. Con ese verde que se extiende y se estrella con la arena de la playa que se toca tímidamente con el mar. El sol les sonrie por encima y los hace ver más vivos que nunca. Llega la lluvia y ellos siguen ahí, valientemente erguidos.




5. Es un abuelo del tiempo. Acunador de miles de historias de cada niño que se encaramó en sus ramas para sentirse libre; de cada canción que un pajarito entonó antes de volver a alzar el vuelo; de cada sueño que alguien tuvo cuando se acostó a sus pies a reposar un rato. ¡Viejo árbol de no sé qué, cuéntanos parte de tu historia!




6. En Bocachica, hay dos clases de patrimonio. Está el construido, ese que puede volverse ruinas y quedar sólo en las fotos. Ese mismo que muchos en Cartagena desconocen. El otro, camina por las playas, habla con su vecino y vive con el mar como su terraza. La gente es un patrimonio vivo que, por momentos, parece estar olvidandose de si misma. La gente que muere estando en vida, se condena a un olvido total y permamanente. ¿Dónde habita la mágia que Luis Dario Bernal Pinilla vio al escribir “Catalino Bocachica”?



7.  ¿Cómo será ver el cielo desde la jaula? Quizás sea como sentarse cerca de la ventana e imaginar que partes a un nuevo lugar. La diferencia, es que tú puedes abrir la puerta cuando quieras. Entonces, puede que ellos con todo su color en esa jaula esperen ver la puerta abierta para buscar ese nuevo lugar -Escapar-: ¡Especulaciones!





8.  Arriba. ¿Dónde? ¡Allá arriba! ¿Arriba dónde? ¡Arriba, más arriba de lo que crees! ¿Pero por qué arriba? No lo sé, pero es arriba.  ¿En el cielo? ¡No! Hay algo más allá arriba. ¿Algo más? ¿Qué es? ¡Mira! ¡Allá arriba! // El Colegio del Cuerpo en el Teatro Adolfo Mejía. 


Por:  Márquez.






martes, 14 de febrero de 2012

Del inconveniente de no estar dormido.

Son La 12.06 de la A.M, al menos, eso dice el reloj. En el televisor pasan “El Pianista” sin subtítulos y en su idioma original. Mi abuela en la cocina acomoda platos con una sinfonía conocida: el tin tin que se produce cuando un plato choca contra otro. Me pregunto qué hago viendo una película que ya vi y que ahora no entiendo. Veo al protagonista conviviendo con la soledad y con el miedo. Quizás es sólo coincidencia que muchos de los que me rodean, vivan en la misma situación.

Recuerdo una frase de E.M. Cioran en “Del inconveniente de haber nacido”: “No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas – lo cual vale más que tratar de llenarlas.” El libro reposa sobre mi cama, mientras el protagonista de la película toca la puerta de no sé quién pues no entiendo lo que dicen. Cambio de canal. Paso de uno a otro sin prestar mucha atención. Si de elegir se trata, siempre tomo extrañas decisiones. El boxeo me resulta un deporte en extremo rudo. Eso es lo que veo en el televisor. Pero lo cierto, es que no hay nada que más nos identifique como un deporte pobre que ha sido desplazado y que es el refugio y la esperanza de los pobres que lo practican. Cambio de canal.
La imagen de la portada del libro de Cioran, me mira con insistencia. Se ve algo meditabundo el tipo. Como quien se preocupa por el futuro, cuando el futuro quizás no exista. El ventilador gira sin interrupciones, mientras Sandra Bullock se despide de Ben Affleck.  La película lleva por título “Fuerzas de la Naturaleza”. Descubro en ese instante,  la carta que mi primita me escribió. La leo con detenimiento. Es un corazón grande con uno más pequeño dentro. Está decorado con líneas de colores por todo el borde de la hoja. Dijo que era para mí, porque me quería mucho. Me lo dijo al oído. Creo que era un secreto. Afortunada ella, que aún ve el mundo pintado de colores, tantos como los que usó para decorar la carta.
La lluvia cae sobre Sandra y Ben, allá en la película. Me percato que mi abuela se ha ido a dormir. Quizás, la vida sea como estos momentos de nada, en los que todo pasa sin ser sospechado y en los que el mundo camina en una delgada línea de tiempo constante. ¿Acaso está avanzando el tiempo? ¿Es de día o aún es de noche?
Entonces dice ella -la de la película- de un momento a otro: “la vida es como un corto paseo”. ¿Corto paseo? El mío parece más corto que el de cualquier otro. ¿Otro? ¿Con quién me comparo? ¿Acaso importan estas líneas sin sentido? Y justo entonces, pienso en ti.
¿Has visto cómo las nubes se quedan inmóviles en el cielo? ¿Cómo los árboles se quedan quietos sin mover una sola hoja, ni rama? Justo así me siento ahora. Quieto. Quizás la vida sea en resumen como este momento. La noche silenciosa, el techo aburrido de siempre, y el aire del ventilador. La casa cerrada. Las puertas con llave. Todo seguro. Y aún el miedo. Al igual que Cioran no hago nada, pero las horas se me van con el lápiz y el papel. Mi abuela cree que el problema es dormir demasiado. Pero la verdad es que el problema, es no estar dormido.
Por: Márquez.

martes, 3 de enero de 2012

Una ciudad de Negros (?).



En Cartagena no hay negros. Créanlo, no los hay. Existen trigueños, morenos claros, morenitos, piel acanelada; pero negros, jamás. En esta ciudad de pieles oscuras, ser negro es una vergüenza. Es más, serlo, te pone en peligro de ser excluido e incluso atacado. ¿Recuerdan a la chica que no dejaron entrar a la discoteca por negra? ¿O ya olvidaron a la muchacha negra con sus amigos gays a los que les dispararon balines? Pues bueno, si lo olvidaron recuérdenlo, porque esos son sólo algunos ejemplos.

Vivimos en una Ciudad de irreverencias y ridiculeces. Con el endorracismo a flor de piel. Aquí negro no vota por negro. Y en los restaurantes, los exclusivos, si estas en compañía de un extranjero entonces eres un poco blanco. Es cuando uno reflexiona y se da cuenta, que la ficción es muy parecida a la realidad. ¿O era al revés? Quizás por eso, el sueño de nuestras vidas es conocer un extranjero que nos saque de pobres.

Miremos el  siguiente caso: en las propagandas contra la violencia de la mujer, aparecía el rostro de una negra con una lágrima como portada de la campaña. Y no es que todo lo transformemos en problema, pero me surge una duda: ¿No maltratan a las mujeres de tez clara? ¡Ah, cierto! En esos casos si somos una ciudad de negros. Pero para entrar a las discotecas, tenemos que pensarlo dos veces.

Y no es solo eso. Aquí, para la administración local el tema Afro es una viñeta en sus agendas de programación que llenan con actividades de danza y canto. Los negros son la minoría. Existimos, cuando se trata de mostrar al mundo que somos un país multiétnico y pluri-cultural. Y cuando Cartagena, se muestra como una ciudad para todos.  Del resto, somos esa parte de la población que vive en ciertos barrios – más en unos que en otros-. ¿No se han dado cuenta cuan negros somos? Salgan a las calles y reaccionen.

Pero allí no acaba todo. Miren como nos esforzamos por blanquearnos. El cabello rubio, los lentes de contacto azules, y en fin. Tantas formas para parecernos más a esos otros que tiene la libertad de andar por donde se les antoje. Aunque, cabe aclarar, ser negro es algo complicado. Pero ser negro y pobre, es una maldición. Tanto así, que ser pobre y tener la piel clara te acerca más a los negros que a cualquier otro grupo.

Sentimos vergüenza de nuestra historia. Estamos cansados de ser los que deben agachar la cabeza. Si antes fuimos esclavos, ahora, cuando hablan de negros se remontan a la palenquera, al que vende frutas, al raterito de barrio o al que vive lejos y en condiciones deplorables. ¿Sólo somos eso, acaso? Nos hemos olvidado de la imagen que debemos tener de nosotros mismo.

Si debemos llamar a alguien a la reflexión, es a nosotros. ¿Cómo exigir que nos vean de una manera distinta si nosotros mismos no nos vemos de otra forma? El cambio debe ser desde adentro. Desde esos que le dicen al otro: “negro tenias que ser”. O de ese otro, que al saber que es un negro el que tiene al lado agarra su bolso con mayor fuerza. Y del que siendo negro, jamás reconocerá tal cosa.

Debemos buscar, por todos los medios, dejar atrás esa satanización a la que nos había condenado la religión. Dejar atrás, esa idea que lo único grande que tenemos es la boca, el pene o el culo. ¿Y los cerebros? Hay que hacer más campañas como la que emprendieron los niños de un barrio de la ciudad para re-significar una frase tan peyorativa como “negro tenías que ser”. Hay que creerse la putería y mover las caderas satánicas que tenemos. Pero también, hay que ser médicos, abogados, filósofos, comunicadores, historiadores, antropólogos, luchadores. Debemos mostrar que somos, como todo en Colombia, una amalgama de diferencias y similitudes. Un universo diverso y rico en posibilidades, tan útil para esta sociedad como cualquier otro. 

Por:  Márquez.