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lunes, 14 de marzo de 2016

La casa de mi tía Marta


 
Antes de llegar a la casa que más fija tengo en mis recuerdos, debo decir que mi tía Marta vivió en otros lugares. Esos otros espacios se han ido perdiendo en mi memoria, como el trazo de una tiza sobre el tablero cuando el profesor ha borrado el tema del día, y queda aún un rastro claro que poco a poco desaparece. En esa misma medida, las otras casas fueron desdibujándose en la memoria, dejando solo trazos muy claros que el tiempo amenaza con hacer desaparecer. Recuerdo las clases de costura de la muchacha que la ayudaba en la casa. Recuerdo el pantalón que me hicieron con el defecto en la cintura. Y esos detalles confirman el olvido inminente.
La que sigue en pie en mi memoria es la casa que se volvió en mi refugio. La de dos pisos, que fue cambiando con el tiempo. Que  adquirió nuevos detalles y acabados. Mis primos aún eran pequeños cuando empecé a visitar a mi tía y me quedaba con ella en vacaciones. Al comienzo, solo era una calle en esa urbanización. Frente  a la casa había una hilera de láminas de cinc que anunciaba que al otro lado estaba naciendo otro pedazo de ese barrio. Y mi tía era una figura de autoridad que regañaba una sola vez. Y nos consentía con comida.
La casa guardaba en su interior objetos mágicos: un televisor poderoso, una biblioteca maravillosa y una nevera llena. En la casa de mi tía conocí la televisión por cable. Mi primo y yo durábamos horas pegados al televisor viendo Cartoon Network. En ese entonces, él aún era más pequeño que yo. Y yo tenía más fuerza. A veces cuando no quería jugar con él, le decía a mi tía y ella dejaba lo que estaba haciendo y me preguntaba: ¿qué pasa? Jueguen sin pelear. Y jugábamos de mala gana al comienzo, pero al final todo fluía.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Secretos de Teatreros

En el año 2008 estuvimos entre bambalinas en la presentación de la obra "Del otro lado, nunca olvidas", rastreando algunos secretos. 


En un extremo, un banco con una tela roja daba la impresión de una pequeña mesa. Sobre esta, una botella de vino tinto y una copa. Al otro lado, un banco un poco más alto igualmente decorado, pero en éste, un teléfono fijo bien instalado. Entre cada uno de ellos había una distancia perfectamente calculada y dividida por un baúl que llenaba de incógnita el escenario.

Una colcha de cuero negro cubría todo el piso. Mientras unas telas rojas sostenidas a penas por unos delgados alambres, que desaparecían cuando la penumbra se asomaba, eran el elemento que daban a todo el conjunto la sutil sugerencia del romance y la pasión.  Detrás de todo lo anterior, un telón negro suponía que algo más se ocultaba. El secreto de los teatreros, ese que jamás debe ser revelado.

Jota había caminado varias calles sin poder conseguir el par de pilas que necesitaba, para cargar la cámara que tenía. En el Centro Histórico es sencillo hallar turistas, artesanías y precios elevados,  pero, un par de pilas doble AA alcalinas solo se consiguen si estamos cargados de una gran dosis de paciencia y determinación, más aun, cuando son las 6:45 de la noche y lejos de los centros comerciales.

Arnaldo, suele preparar cuidadosamente cada detalle de su obra. Nada es poco importante. Nada merece menos atención. Ser el director es algo que requiere compromiso, y Arnaldo lo sabía. Además, cuando se ha sido actor y espectador, se tiene una visión de lo que se quiere mostrar. Aun así, no se puede evitar sentir estrés.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nociones sobre el olvido



En cien años de soledad,  los habitantes de Macondo se enfrentan a la perdida de la memoria. Un suceso que los envuelve a todos. Empiezan a olvidar el nombre de las cosas y van creando mecanismos para detener lo inminente. Escriben el nombre de cada cosa, pero luego olvidan para que se usan. Entonces escriben el nombre y la utilidad. Es cuando empiezan a olvidar cómo leer las palabras. Una metáfora perfecta de esa angustia que nos produce quedar en blanco, quedar sin nada que nos una  a nuestra vida. ¿Existe una vida sin recuerdos? ¿Habrá acaso una existencia por fuera de la memoria? 


Muchos hablan sobre el olvido. Sobre cómo llegaremos a ser eso de lo que tanto huimos. Un día simplemente nadie nos recordará. Entonces, toda nuestra lucha por permanecer quedará reducida a eso. A nada. Como si el final de la vida fuese ese.  Por eso, cuando hablamos de la memoria y de todas las formas del recuerdo, desembocamos ahí, en ese olvido inminente. Hablamos de cómo la memoria termina siendo casi que un asunto de alquimia. Nunca sabemos dónde comenzó la memoria, ni dónde terminó. Solo sabemos que un día estaba ahí. Pero ese lugar en el que almacenamos todo, va dando paso a recuerdos más recientes. Una vez más aparece el olvido.  Se hace necesario dejar de lado ciertos momentos de la vida, para tener el recuerdo de otros más importantes, sorpresivos, impactantes, ahí vigentes, brillantes. Por eso decimos que hacer memoria es hacer olvido y que ese olvido está repleto de memoria. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

La tierra y la sombra o el retrato sobre la pared



En casa de mi abuela hay unretrato. En él, aparecen mi mamá y mis dos tíos cuando eran niños. El mayor de los  tres está  a la izquierda sosteniendo al bebé que es mi tío el menor quien aparece sentado en un taburete de esos que forraban con cuero de vaca, y  a la derecha se ve la niña que era mi mamá, tapándose la boca. Aquel retrato cuelga en la pared, como señal de un pasado caprichoso que se encierra en aquel rectángulo, en los ojos de aquellos niños, para recordarnos con nostalgia que el tiempo siempre sigue su curso. Como en la Tierra y la Sombra, película colombiana ganadora de la Cámara de Oro a la mejor ópera prima en el festival de Cannes, en la que el tiempo sigue su curso dejando un halo de nostalgia y abandono a su paso.  

En la primera escena vemos el regreso de un hombre (Haimer Leal) que, tras años de haber abandonado su casa, vuelve para cuidar a su hijo enfermo (Edison Raigosa) mientras su mujer (Hilda Ruiz) y la esposa de su hijo (Marleyda Soto)  tienen que trabajar como cortadoras de caña. Llega a la casa para ser recibido por su nieto (José Felipe Cárdenas), un niño que lo primero que hace es preguntarle si él es su abuelo. Aquel cuadro, en el que el niño y el hombre se encuentran en la puerta, podría ser un retrato, una señal del encuentro de dos tiempos: el pasado representado en el hombre que regresa y el presente, encarnado en la inocencia de un niño que vive rodeado de adultos. Pero al mismo tiempo, ese encuentro en una apuesta por un cambio hacia el futuro. 

martes, 7 de julio de 2015

Aquella loma coronada por una torre*


Mandela me asusta. Mandela me alegra. Mandela huele a marihuana por las noches y a revoltillo de huevo en las mañanas. Sube una buseta de sierrita llena hasta el tope y baja una que se ladea por el peso. No es realismo mágico, ni un cuento que me contaron, es el barrio en el que crecí. O bueno, en el que me tocó crecer. Llegamos una noche, lo recuerdo bien. Pegaron las últimas tablas y nosotros fuimos llevando lo que faltaba en una carretilla improvisada. Esa noche dormidos todos juntos en una cama o en el suelo, no lo sé con precisión. Pero fue una noche mágica. Por primera vez dormíamos en una casa que sabíamos nuestra. Desde la cerca hasta el último rincón del patio era de nosotros.

Aquella casa se convirtió en un cuartel para una mujer de 1.58 y cuatro hombrecitos que jugaban a ser autosuficientes. Las lluvias nunca han sido compasivas y nunca lo serán. En esa misma casa, el invierno nos enseñó que es mejor tener los zapatos levantados y que el suelo de tierra cambia de textura cuando una corriente de agua se abre paso por él. Mi mamá corría detrás de los zapatos, mientras mi hermano mayor con un pico intentaba desviar el cauce del agua. Nos volvimos anfibios.

Yo recuerdo las noches, la oscuridad interrumpida por los rayos de luz que entraba por las rendijas. Era como poder adivinar qué había en la oscuridad. Era sospechar que una bruja caminaba sobre el techo.