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lunes, 11 de septiembre de 2023

Dedos aferrados



Tengo un recuerdo fijo en mi cabeza. Mi hermano Jose y yo jugamos en la casa. No tengo claro el juego, sé que corríamos y yo trataba de atraparlo. En ese momento, nuestra casa era un cajón de madera dividido en dos, de un lado el cuarto y del otro lado, la sala y una cocina improvisada. Detrás, en el patio, se levantaban tres paredes de madera, tablas sobre tablas. Esas paredes eran el proyecto de ampliación de la casa, uno que nunca se concretó. Al lado de nuestra casa quedaba un lote vacío. Lo que separaba nuestro terreno del otro era una cerca de palos de mataratón y alambres de púas que rodeaba la extensión de tierra que le pertenecía a mi mamá. 

Ahora vuelvo al recuerdo. Jose sale al patio, lo persigo, en el juego yo debía atraparlo. Él sube ágilmente a una de las paredes sin terminar, es alta la pared para mis ojos de niño. Jose queda del otro lado. Es decir, yo estoy dentro del patio y él, enganchado en la pared, con los dedos aferrados, agarrado de la parte más alta, viéndome mientras su espalda daba al lote vacío. En medio del juego, se me ocurrió coger un palo o una pala, no lo sé con precisión, e intentar pegarle en los dedos de las manos para que se viera obligado a bajar. Jose esquivaba los golpes, entonces aceleré mis lanzamientos y en uno de tantos intentos, Jose cayó.  (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

martes, 26 de julio de 2022

Algo escrito con un nudo en el pecho que late o el otro lado de un certificado medico

 


 

Cuando estaba en quinto de primaria, me aprendí cada parte del sistema digestivo, desde las glándulas salivares hasta el íleon. La cartelera la hizo un pelao que vivía cerca a mi casa. Estaba asustado frente a todo el salón, pero a medida que fui hablando el resto de la clase quedó en silencio. Recordé cada detalle, cada órgano. La profesora dijo que con ese conocimiento ya podía ser médico.

 

El teléfono suena y lo sé.

Un mensaje anterior a esa llamada me lo había anunciado.

Un mensaje que llegó con el silencio de la mañana.

 

En la epicrisis dice que la abuela ingresó con una insuficiencia respiratoria causada por una falla cardíaca. Fue remitida a UCI. En algún punto de la mañana presentó una bradicardia extrema, intentaron reanimarla, pero su cuerpo no respondió. Imagino que su corazón se apagaba y ella quería llenar sus pulmones, pero escasamente lograba una bocanada. (Dar click en Seguir Leyendo).

domingo, 14 de junio de 2020

Diario incompleto de una cuarentena (o las ficciones del encierro)




Día 1


Antes de que sonara la alarma para el toque de queda, corrí a la panadería de la esquina a comprar unas mogollas de 200. Desde lejos pude ver a la gente amontonada gritando para quedarse con alguno de los pocos panes que estaban en la última bandeja. Llegué, miré al muchacho que siempre atiende, un flaco de ojos profundos, le grité para que me diera dos panes de esos. Me los entregó por encima de la gente. Pagué y volví corriendo a mi casa. Me sentía ganador. El toque de queda empezó. F y yo hablamos por celular de cómo hubiésemos celebrado estos meses juntos, en otras circunstancias. Nos reímos, y luego, con cierta tristeza, colgamos. Una hora después, me veía en el computador una serie sobre una familia judía y sus dramas. El hambre empezó a asomarse y fui por los panes, descubrí que había comprado unos de queso con arequipe, la peor elección para mí. Me sentí estafado. Poco a poco, con calma, el silencio fue ocupando la casa, la calle, el cuarto. Me sentí solo. Me sentí como la persona más sola de la cuidad.


***


Un día impreciso cumple una amiga, nos reunimos por zoom, nos vemos las caras después de cierto tiempo, la distancia desaparece. Quienes no tienen conexión siguen afuera, lejos de este vínculo que creamos a través de las pantallas, para recordar que seguimos siendo parte de algo, un grupo de amigos, por ejemplo. Pero estar por fuera es también un juego, porque nunca se está del todo afuera cuando, al reunirnos, empezamos a preguntar por quienes no están. Cantamos el cumpleaños, nos tomamos una foto, guardamos para mañana un recuerdo de lo que en ese momento significa estar forzosamente encerrados. 


***


En la fila para entrar a comprar comida, la gente se mira con cierta cautela. Hay quienes se concentran en el celular, quienes cierran los ojos por momentos y sueñan con calles llenas de gente, con busetas de socorro-sierrita que se van de lado. fin del sueño. De repente aparece un tipo en un traje espacial, sin decir palabra, enciende su aparato y comienza a lanzar algo, un líquido que, al parecer, limpia el espacio. La gente se mueve, el tipo pasa su aparato, limpia, y la fila vuelve a su lugar. Nunca antes una cosa así había ocurrido. Nunca alguien había llegado de la luna, solo para limpiar los pasillos de un centro comercial.  (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO)

viernes, 13 de marzo de 2020

Olas





Ser el silencio que recorre las noches
y, al mismo tiempo, ser el sonido de los grillos 
                                            que se cuela en los oídos y asusta
Ser una línea de luz que entra al cuarto de mi abuela
una línea de luz que ella seguiría con los ojos para adivinar una nueva forma
Ser luces de colores en un bar del centro de Cartagena
ser todos esos cuerpos que se mueven con la música
ser una sonrisa permanente en la cara de NP
ser el tiempo que transcurre en los ojos de VB
A veces ser solo un cuerpo suspendido en el aire
una figurita de papel que el viento lleva
ser el agua que daña el papel
De noche
ser una ola
llevar sobre mi lomo caracuchas y secretos
llevar años
silencios
Ser un beso sostenido en la boca de F
ser tan pequeño que pueda montar sobre un grillo
De repente
despertar en medio del cuarto
siendo un suspiro
o el sonido del abanico a las tres de la mañana
cuando la casa está quieta
amasando sombras en las esquinas
Ser un torombolo que cuelga en la mata del patio del vecino
ser, tal vez
el fuego de la estufa cuando el agua hierve con los huevos
ser el punto medio entre mi papá y mi abuela
una palabra que recorra con delicadeza
las líneas que a ambos les surcan las caras
Ser un diente en la boca de CS
su lengua detenida antes del comentario
ser una idea que lo previene del daño
antes de la caída
del golpe
Ser un árbol inmenso
de muchos años
con mi corteza cubierta de marcas
Ser una compañía para mi mamá en las noches
una conversación que no termine en el silencio
en el agujero negro de ese silencio
Ser una telenovela con personajes divertidos
ver a través de la pantalla la sonrisa de la gente
Ser
en medio de todo
una hormiga que carga una hoja
y que conoce con certeza su camino
y no duda
y no grita
solo anda


por: Márquez 

domingo, 29 de septiembre de 2019

Agua



Después de la lluvia queda el agua lavando el suelo. Corrientes que se llevan lo que sobra. Los restos de la ciudad que nadie quiere. Con la luz, el agua es como un espejo en movimiento. Pero esa ciudad que se refleja en el fondo, no es la ciudad. Ni yo soy yo, aunque sea mi cara la que aparezca en el fondo del charco. Ese otro es demasiado limpio, no tiene dudas en los ojos, ni guarda un silencio entre pecho y espalda, como la culpa. Ese otro es una imagen que desaparece cuando el agua cesa, mientras este yo que soy, sigue aquí, a pesar de la lluvia  y el sol. Incrustado, como una uña.

Suelen ser así las noches frías. Una idea aparece y va calando en los rincones, haciendo de las columnas, polvo, dejando que los techos caigan, con sus recuerdos amontonados.  Imagino a un niño de pelo revuelto, su miedo a las casas solas. Unas manos que recorren los lomos de los libros y que se pierden, luego se escuchan las conversaciones, alguien conversando con personajes que nadie más ve.  (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO)

viernes, 14 de junio de 2019

Hecho con un pincel pequeño




Hay una línea que une un recuerdo a otro, un suceso ocurrido años atrás con algo más reciente. Un hilo, podría decirse, que termina atando dos extremos. Pero es una tarea compleja explicar cómo opera la memoria en esos casos. Por mi parte, debo reconocer que vivo en una línea intermedia entre dos extremos de la memoria; que me reconozco viviendo, aquí y ahora, con la sensación de haber estado recorriendo pasos similares, en otra época. Tal vez por eso, mientras subía la montaña en Santa Marta, dando pasos para llegar al Mirador de los Pinos, sentía estar caminando, como cuando era niño, las calles de Mandela


Recuerdo que en esa época mis pasos intentaban ser más veloces. Perseguía los pasos de mi mamá, por la calle oscura que parecía ser eterna. Siempre nos deteníamos antes de entrar en ella, nos hacíamos la señal de la cruz, mirábamos la oscuridad la luz de las lámparas no era suficiente, el monte que crecía en ambos lados del camino, un monte inmenso para mis ojos de niño. Parado ahí, imaginaba los peligros: una serpiente gigante, un hombre que quisiera hacernos daño, la misma oscuridad cayendo sobre nosotros. Después de ese acto de fe, empezábamos el camino intentando andar lo más rápido posible, casi al trote. En Santa Marta, subiendo la montaña, seguía otros pasos, pasos más veloces, más largos que los míos, pero ahora no existía ningún temor. Tal vez el vínculo eran los pasos que querían llegan a un lugar, que atravesaban la naturaleza, o que recorrían un camino que resultaba en cierto modo desconocido. (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO)

miércoles, 1 de agosto de 2018

Rotos




Sentado en el baño de tu oficina, miras por la única ventana que hay en ese espacio. Algunos rayos de luz, las hojas, un cielo gris. Miras todo aquello sin mayor interés. Sientes que ese instante es lo más seguro que has tenido en días. Las baldosas siguen líneas rectas que imaginas son un laberinto, y corres a través de él, buscas la salida, el punto para volver. Caes. Detrás de la ventana una mariposa aletea. Un sonido te recuerda que no estás solo, que afuera sigue alguien.

Sales y tu compañera se despide. Atrás quedó tu imagen cuando descubriste tu cara en el espejo después de lavarte las manos. Esos ojos, grandes, redondos, oscuros, que buscaban saber algo de ti. Ahora que te sabes solo, vas al celular, abres YouTube y pones una canción vieja, de esas que te da un poco de pena reconocer que escuchabas: Paulina Rubio.  (CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

miércoles, 25 de abril de 2018

Fuego con dificultad




El mundo es una extensión del horizonte que termina en la carretera, en ese punto en el que la distancia se vuelve un lugar concreto.  El bus que no se llena, la gente ahí, como fichas silenciosas. Algunos días tienes dudas. Pero tomas la decisión. Te vas a la montaña con unos amigos, te alejas de todo y sientes el peso de una naturaleza que te reclama volver a ella. El barro, elverde inmenso, y ese aire distinto que logras respirar te hacen preguntas sobre tu lugar en el mundo.

Ocupar un lugar es, por momentos, ser una hoja que cae, distraída, sin sospechar el viaje. Ocupas ese lugar impreciso en el que vas y vienes, haces una curva, para terminar tocando tierra. Pero ese lugar, su posibilidad, se hace pequeña, cuando el ruido entra y lo invade todo.

Atravesar el camino en un Jeep, ir incómodo pero satisfecho. Cargar tus cosas en un bolso, justo lo necesario, llevar provisiones, ser otra cosa. Dejar atrás ese olor a oficina, a papeles viejos, el sonidito de las teclas. Ser un fuego pequeño que se aviva con dificultad, una llama, amarillo en medio de la oscuridad. (DAR CLICK EN SEGUIR LEYENDO)

martes, 30 de enero de 2018

Las grietas



Mi abuela está triste. Lo sé porque el sonido de la cocina no es el mismo. Antes, era un coro desafinado de platos, ollas y vasos. Ahora, es un eco nostálgico, un silencio prolongado, como si las cosas cayeran perezosas por el efecto de la gravedad, sin ninguna gracia. Los primeros días, cuando la casa quedaba a oscuras y llegaba la hora de dormir, me costaba conciliar el sueño. Por momentos, despertaba y podía escuchar ese sollozo profundo, seco, que venía del cuarto de al lado. Era mi abuela.

¿Cómo abrazarla y sanar ese dolor? Hay algo que se escapa de nuestras manos y es eso. El dolor ajeno. Por más que quería, solo me era posible estar a su lado, esperando que mi compañía le regalara algo de calma. Pero ni de eso estoy seguro. La ausencia de un hijo la acompaña ahora. Una ausencia que se manifiesta de infinitas formas: cando el teléfono suena y no es él, cuando mira los caballos en la televisión, cuando alguien la llama a decirle —después de estas semanas, que se acaba de enterar y lo siente mucho. De infinitas formas. (CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

lunes, 31 de julio de 2017

Descubrir Narnia


Afuera llueve. Lo sé porque escucho las gotas en el techo. Pero no es solo por eso. También lo sé porque cuando la lluvia empieza a caer en las noches, algo pasa en el ambiente. Es como una quietud extraña, el presentimiento de algo mayor. Como si la lluvia no fuese solo la lluvia, sino que además, mucho más allá, algo ocurriera. Quizás los dioses aprovechen la lluvia para salir de su escondite y recorrer el mundo: navegando entre arroyos y corrientes de agua lluvia. Dentro, en mi cuarto, el mundo está quieto. Suenan Los Prisioneros, es parte la programación que realizamos para un programa de radio en la universidad. El baile de los que sobran. La escucho en ese vacío de paredes. Vacío. Paredes. “Únete al baile, nadie nos va a echar de más”.  Afuera, los dioses deben estar jugando al escondido, haciendo de las calles su territorio de fábula. Adentro Ekhymosis, “estoy solo y pienso que”… la música, toda la música del mundo no alcanzaría para cubrir los espacios que quedan entre mis dedos y mis ganas de escribir cuando algo parece taponar el impulso.

¿Cómo se escapa a las expectativas? Tener una misión en el mundo parece ser un requisito necesario. Como casarte, tener casa, carro, una nevera con comida. Nada de eso.  Libros, una pila de libros leída que se caiga en el pasillo y en la sala, en el baño, en el cuarto. Libros que hablen de cosas distintas, que un día cuenten sobre dos niños que se pelean por determinar qué parte del pez gigante que atraparon se llevarán cada uno: ¿la cabeza o la cola?, y al otro día, cuenten sobre una mujer que ama a un balcón y este se cae. Y que yo pueda ser el pez y el balcón, al mismo tiempo, y de formas distintas. A veces un pez negro y en otras ocasiones un balcón estilo republicano. O un pez-balcón estilo barroco. O lo que sea. ¿Cómo se escapa de las expectativas? (CLICK EN SEGUIR LEYENDO)

martes, 7 de marzo de 2017

La vida más allá de las pantallas

Cuando mis hermanos y yo nos reunimos, siempre, surgen historias. Nos gusta manosear el pasado, a veces de frente, tomando ese toro por los chachos, otras veces, andando por las orillas procurando no pisar algún sendero que recuerde una herida que sigue sin sanar. Nos reunimos y contamos historias de cómo era antes todo, antes del círculo en el que nos sentamos como solían hacerlo los indígenas alrededor del fuego (o como aún lo hacen, no lo sé).

En una de tantas reuniones surgió el tema. Cómo era nuestra vida sin la parabólica. Sí, mientras en una parte de la ciudad disfrutaban de la llegada de la televisión por cable, y con ella, descubrían un mundo de contenidos nuevos, existía otra parte, esa que crecía en las barriadas más al extremo, que apenas estaba en la lucha por legalizar los servicios más básicos como la luz y el agua.

Era normal que en esa época, bajo cualquier excusa, el barrio quedara sin luz. Los apagones podían durar dos días, hasta que la gente se aburría y salía a las calles a quemar llantas. Cada habitante llevaba la luz a su casa de manera artesanal. Compraban los cables necesarios y siempre había un vecino que tenía el conocimiento mínimo en electricidad y se daba a la tarea de conectar el fluido eléctrico.

Con ese problema de la luz, la gente tenía miedo de perder sus electrodomésticos. Poco a poco el asunto fue mejorando y los televisores en algunas salas se encendían para mostrar los canales nacionales con ayuda de antenas de aire que la gente improvisaba. Pero es aquí, donde comienza la historia.  ¿Qué hacer cuando los televisores no eran una pantalla llena de cosas curiosas? Los más jóvenes se desbordan en busca de aventuras en las calles.  (DA CLICK EN SEGUIR LEYENDO).

martes, 8 de noviembre de 2016

La eterna ausencia



Han pasado algunas semanas desde que anunciaron la muerte de mi tía. La noticia llegó así, sin adornos. Y entonces, una brisa fue recorriéndome los ojos; una sensación de estar, una vez más, frente a una vieja conocida. Debo confesar que no logro recordar el rostro de mi tía. Llevaba tantos años en Venezuela que no logré establecer un vínculo con ella más allá de los recuerdos que tengo de cuando mis hermanos y yo éramos niños. Recuerdos en los que ella es una mujer sin un rostro preciso. Así suele pasar, nos volvemos un recuerdo sin rostro en la cabeza de los demás, y con el tiempo,  la muerte es una sombra que cruza por nuestra casa y deja esa sensación de fragilidad.
 
Mi papá estaba afectado, pero era un dolor distinto. Como si la distancia y el tiempo hubiesen cortado alguna parte del lazo entre hermanos, y quedara eso, un dolor delicado que iba por los alrededores de papá y le dibuja un rostro que se perdía mirando en la distancia, para intentar recuperar a la hermana que tenía en su cabeza. Mientras, en otros momentos, lo ponía a pensar en su propia muerte, en la fragilidad de su vida. (DA CLIC EN SEGUIR LEYENDO).

domingo, 31 de julio de 2016

La maleta que encierra el pasado



Mudarnos se volvió una costumbre. Íbamos de un lugar a otro como viajeros sin un rumbo preciso. Salimos de la casa de la abuela para recorrer caminos que empezarían a dibujar parte de nuestras vidas. Cargábamos en un camión nuestras cosas, y con cada viaje, las pertenecías disminuían. Así, el último viaje fue el menos cargado. Anduvimos con una carretilla improvisada de una calle a otra, llevando delante de nosotros lo que quedaba de las anteriores mudanzas.

En medio de todos esos chécheres que cargábamos, estaba la maleta de los adornos. Siempre fue la misma. Una maleta negra, pequeña, rectangular, antigua. Y dentro de ella, los recuerdos de otras épocas. Figuras de cerámica que tenían como misión, servir de artilugio para recordar el bautizo de alguien, el primero año de un fulanito que solo mamá recuerda, un matrimonio, ocasiones para celebrar.  Por eso, por su contenido, mi mamá recomendaba tratarla con mucho cuidado.

jueves, 16 de junio de 2016

Un álbum azul y negro


Llega el día en el que reconoces que el tiempo pasa sobre ti. Lo miras a la cara, mientras hace sus gestos de viejo sabio. ¿Qué te propones, Tiempo?, le preguntas, le pregunto. Ocurre así. Despiertas siendo una persona que debe asumir el camino andado por el reloj como si no fuese suficiente con ver a los otros pasar por lo mismo. También nos toca vivirlo.

Me pregunto a veces por qué me persiguen los recuerdos, por qué soy alguien que va con su memoria acuestas como el caracol. Pero les diré, que he ido descubriendo que pertenezco a una familia de nostálgicos. De gente que vive apegada a sus recuerdos. Son todos un montón de sentimentales que miran al pasado como abrazando a alguien conocido a quien quisieron mucho. Y yo no escapo a eso. Por eso abro mi álbum mental y repaso estos 27 años como si viera una película de Wes Anderson.

lunes, 18 de abril de 2016

Nadie se cuestiona el mar


Hemos nacido tan cerca de él, que nadie lo cuestiona. Nadie pone en duda su existencia; como si fuese demasiado obvia para sugerir que, quizás, es solo un sueño colectivo. Que todos nacemos para caer en el juego de imaginar un espacio lleno de agua que almacena en su interior un poder secreto. Nadie se cuestiona el mar. Ni sus olas, ni su espuma, ni ese sonido que viene con él por las noches. Ni ese miedo que produce la oscuridad que lo abriga mientras sus aguas siguen cantando como sirenas de mil años.

Ha estado por tanto tiempo ahí, que nadie sospecha de él. Nadie piensa que un día podría levantarse y con una sola de sus piernas hundiría el mundo que conocemos. Lo vemos ahí, tragarse el sol cada tarde. Anidar en su vientre montones de peces y algas. Teñirse de los más variados colores. Enfurecer durante los días de lluvia. Comerse kilómetros de playa.

lunes, 14 de marzo de 2016

La casa de mi tía Marta


 
Antes de llegar a la casa que más fija tengo en mis recuerdos, debo decir que mi tía Marta vivió en otros lugares. Esos otros espacios se han ido perdiendo en mi memoria, como el trazo de una tiza sobre el tablero cuando el profesor ha borrado el tema del día, y queda aún un rastro claro que poco a poco desaparece. En esa misma medida, las otras casas fueron desdibujándose en la memoria, dejando solo trazos muy claros que el tiempo amenaza con hacer desaparecer. Recuerdo las clases de costura de la muchacha que la ayudaba en la casa. Recuerdo el pantalón que me hicieron con el defecto en la cintura. Y esos detalles confirman el olvido inminente.
La que sigue en pie en mi memoria es la casa que se volvió en mi refugio. La de dos pisos, que fue cambiando con el tiempo. Que  adquirió nuevos detalles y acabados. Mis primos aún eran pequeños cuando empecé a visitar a mi tía y me quedaba con ella en vacaciones. Al comienzo, solo era una calle en esa urbanización. Frente  a la casa había una hilera de láminas de cinc que anunciaba que al otro lado estaba naciendo otro pedazo de ese barrio. Y mi tía era una figura de autoridad que regañaba una sola vez. Y nos consentía con comida.
La casa guardaba en su interior objetos mágicos: un televisor poderoso, una biblioteca maravillosa y una nevera llena. En la casa de mi tía conocí la televisión por cable. Mi primo y yo durábamos horas pegados al televisor viendo Cartoon Network. En ese entonces, él aún era más pequeño que yo. Y yo tenía más fuerza. A veces cuando no quería jugar con él, le decía a mi tía y ella dejaba lo que estaba haciendo y me preguntaba: ¿qué pasa? Jueguen sin pelear. Y jugábamos de mala gana al comienzo, pero al final todo fluía.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Secretos de Teatreros

En el año 2008 estuvimos entre bambalinas en la presentación de la obra "Del otro lado, nunca olvidas", rastreando algunos secretos. 


En un extremo, un banco con una tela roja daba la impresión de una pequeña mesa. Sobre esta, una botella de vino tinto y una copa. Al otro lado, un banco un poco más alto igualmente decorado, pero en éste, un teléfono fijo bien instalado. Entre cada uno de ellos había una distancia perfectamente calculada y dividida por un baúl que llenaba de incógnita el escenario.

Una colcha de cuero negro cubría todo el piso. Mientras unas telas rojas sostenidas a penas por unos delgados alambres, que desaparecían cuando la penumbra se asomaba, eran el elemento que daban a todo el conjunto la sutil sugerencia del romance y la pasión.  Detrás de todo lo anterior, un telón negro suponía que algo más se ocultaba. El secreto de los teatreros, ese que jamás debe ser revelado.

Jota había caminado varias calles sin poder conseguir el par de pilas que necesitaba, para cargar la cámara que tenía. En el Centro Histórico es sencillo hallar turistas, artesanías y precios elevados,  pero, un par de pilas doble AA alcalinas solo se consiguen si estamos cargados de una gran dosis de paciencia y determinación, más aun, cuando son las 6:45 de la noche y lejos de los centros comerciales.

Arnaldo, suele preparar cuidadosamente cada detalle de su obra. Nada es poco importante. Nada merece menos atención. Ser el director es algo que requiere compromiso, y Arnaldo lo sabía. Además, cuando se ha sido actor y espectador, se tiene una visión de lo que se quiere mostrar. Aun así, no se puede evitar sentir estrés.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Nociones sobre el olvido



En cien años de soledad,  los habitantes de Macondo se enfrentan a la perdida de la memoria. Un suceso que los envuelve a todos. Empiezan a olvidar el nombre de las cosas y van creando mecanismos para detener lo inminente. Escriben el nombre de cada cosa, pero luego olvidan para que se usan. Entonces escriben el nombre y la utilidad. Es cuando empiezan a olvidar cómo leer las palabras. Una metáfora perfecta de esa angustia que nos produce quedar en blanco, quedar sin nada que nos una  a nuestra vida. ¿Existe una vida sin recuerdos? ¿Habrá acaso una existencia por fuera de la memoria? 


Muchos hablan sobre el olvido. Sobre cómo llegaremos a ser eso de lo que tanto huimos. Un día simplemente nadie nos recordará. Entonces, toda nuestra lucha por permanecer quedará reducida a eso. A nada. Como si el final de la vida fuese ese.  Por eso, cuando hablamos de la memoria y de todas las formas del recuerdo, desembocamos ahí, en ese olvido inminente. Hablamos de cómo la memoria termina siendo casi que un asunto de alquimia. Nunca sabemos dónde comenzó la memoria, ni dónde terminó. Solo sabemos que un día estaba ahí. Pero ese lugar en el que almacenamos todo, va dando paso a recuerdos más recientes. Una vez más aparece el olvido.  Se hace necesario dejar de lado ciertos momentos de la vida, para tener el recuerdo de otros más importantes, sorpresivos, impactantes, ahí vigentes, brillantes. Por eso decimos que hacer memoria es hacer olvido y que ese olvido está repleto de memoria.